año 0 no 1

Apuntes para redefinir la izquierda

Jorge Abascal Jiménez

Año 0, No. 1, noviembre 2013

I

Muchas de las discusiones que ejercita la opinión pública, la opinión común, no académica, utiliza nociones tradicionales que, en la mayoría de las ocasiones, han sido superadas por los análisis más dedicados. Eso sucede, en México por lo menos, con las discusiones sobre la izquierda.
Me parece que la primera impresión que se tiene de la izquierda, retoma imágenes de gobiernos totalitarios, autoritarios y restrictivos de las libertades civiles básicas, o que, por el contrario, atentan contra la moral dogmática, fruto de la interpretación retrógrada de los jerarcas eclesiásticos del país. Es decir: o se especula que la izquierda significa una dictadura de imposiciones violentas que cohíben el libre flujo del mercado o la libertad de expresión (remembrando al viejo comunismo ruso o al vigente sistema cubano o venezolano), o se determina una izquierda que atenta contra valores inertes de la sociedad mexicana, que permite el aborto o el matrimonio entre homosexuales. Y bien, un espectador más atento e interesado sabe que la izquierda hoy, no se basa, de manera fundamental, en ninguna de estas dos posturas.
La izquierda hoy tiene el gran reto de redefinirse y conciliarse. El abrumador sistema económico mundial y la crisis civilizatoria, resultado del proceso globalizador contemporáneo, han demarcado contundentes e inamovibles directrices que parecen restringir el permiso incluso hasta de pensar en algún modelo alternativo de sistema que pueda ser real y aterrizable. La interdependencia global nos afecta individualmente hasta en lo más subjetivo, sostenidos por los pilares absurdos que representa el modelo de civilización vigente.
Es increíble que quienes viven en el campo, cosechando la comida que nutre al planeta, mueran lentamente de hambre alimentando a aquéllos que mueven los hilos del mercado global. La izquierda, en su esencia, ya sea bajo esquemas viejos o contemporáneos, debe luchar contra esto. El debate sobre la izquierda, por lo tanto, no discute sobre sus fines, sino las formas en que, en este contexto y en este momento histórico, debe actuar.
Dentro de la compleja variedad de puntos de vista dentro de esta corriente, me parece que, generalizado, las posturas de la izquierda se podrían clasificar en dos.
En primer lugar, aquella izquierda pragmática, que busca hacerse de un lugar en el sistema para reformarlo desde dentro. Una izquierda desarrollista que, bajo los mismos esquemas sistémicos actuales, opta por un modelo económico de crecimiento monetario, para luego, a través de las instituciones modernas (mercado, gobierno), repartir el dinero de manera justa y equitativa. Esto siempre bajo estándares de producción y consumo, pues, en este momento histórico, es insostenible e inviable desconocer este sistema y renunciar, de plano, a él.
En segundo, una izquierda antisistémica, antidesarrollista, que opta más bien transformar la cultura civilizatoria. La labor de esta visión progresista es mucho más complicada pues, en vez de intentar cambiar la macroestructura institucional de la burocracia y del mercado, busca transformar las relaciones intersubjetivas de los seres humanos y su relación con la naturaleza. Expresan, quienes defienden esta postura, que las instituciones modernas y el modelo basado en la producción y el consumo, no sólo ha traído polarización social y que esto es lo causante de la crisis de civilización, sino que ha comprometido la sustentabilidad del desarrollo, e incluso, de la supervivencia humana al explotar, inmensurablemente, los recursos naturales.
Estas posturas no han encontrado una conjugación eficaz y conciliadora. Conviven, incluso, contrapuestas y en disputa, y ambas, a su modo, han tenido logros significativos en estructuras nacionales, desde Brasil hasta Bolivia.
¿Qué postura le vendría mejor a México?

II

Uno de los problemas más importantes de México es la polarización, ya sea social, económica o cultural. En las últimas décadas, las brechas que dividen al país, en cuanto a ingresos o nivel de vida, se han acrecentado.
La entrada del modelo liberal económico al país consolidó las grandes fortunas de aquellas familias que controlan buena parte del mercado mexicano. Pero no sólo eso, los patrones de consumo de la población también cambiaron y con ellos, la visión que tiene la población mexicana sobre conceptos como progreso, bienestar y desarrollo.
En los 90, la resistencia indígena a este nuevo modelo estalló en un esbozo de revolución que intentara frenar de tajo la contracultura de consumismo que se venía, y que implicaba la destrucción violenta y contundente de sus usos y costumbres, de sus recursos naturales y sus identidades. Intentaron una revolución, como ellos dicen, “para que no cambie nada”. Hoy, su resistencia se ha menguado, pero los territorios donde continúa, siguen siendo el bastión de la izquierda antidesarrollista en México que busca retomar la sustentabilidad de las costumbres tradicionales de los pueblos indios.
En el otro flanco, la izquierda pragmática, nace de la herencia directa de la tradición progresista que viene desde la Revolución Mexicana. Buena parte de las instituciones sociales que tenemos son fruto de los esfuerzos de esta corriente mientras mantuvo el poder. Esta izquierda es la que más está inmersa en la política nacional. Se rigen por las instituciones modernas, principalmente el Estado Mexicano y, hoy, buscan ser oposición a la corriente neoliberal y globalizante, pero sobre todo, a los abusos de poder de quienes están en la cúspide de la jerarquía mexicana.
Ambas corrientes luchan por la mejoría del país, bajo los esquemas de un desarrollo progresivo y progresista, perdurable y benéfico para todos. Sin embargo, la falta de coincidencia en las formas de progreso ha resultado en una ruptura que les ha costado muy alto.
La primera (urgente) transformación de la izquierda, es la construcción de una buena sinergia entre sus corrientes. No parece haber ningún grupo (político, social, intelectual) que busque conjugar ambas posturas. Incluso, actores relevantes han profundizado la ruptura, desde el Subcomandante Marcos, desdeñando a la izquierda partidista encabezada por López Obrador en 2006, así las acciones de políticos y sus partidos que se dicen de izquierda y no hacen más que dinamizar la decadente maquinaria del modelo actual, o los resquebrajamientos de las “izquierdas” partidistas, incompatibles antagónicas.
Una nueva izquierda en el país, progresista y sustentable, no nacerá pronto. Ninguna de las corrientes parecer estar verdaderamente interesada en redefinirse bajo un diálogo constructivo. Sin embargo, la segregación que continúan no hace más que quitarles adeptos, dejando camino libre a quienes mantienen al país como está. Habrá un momento, necesariamente, para evitar la extinción de la izquierda en México, en que las corrientes de izquierda se conjuguen y uniformen para una causa común. Y, ya en su construcción, la sinergia que se emprenda, será la más benéfica para el país.

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