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Eurocentrismo y denigración popular en “Amalia” de José Mármol. Una lectura decolonial

Fernando Limeres Novoa

“El rasgo que domina la historia latinoamericana desde su incorporación a una unidad mundial cuyo centro está en Europa es: la situación colonial”. Halperín Donghi, “Historia contemporánea de América latina”. “Esto es lo que Calibán significa en el mundo de Próspero.Y esta significación es, pura y simplemente la del esclavo. Calibán, aún aprendiendo el lenguaje, la palabra, de Próspero, no podrá ser jamás su semejante. (…) solo podrá ocupar un lugar inferior en el mundo de Próspero. Zea, Leopoldo. Discurso desde la marginación y la barbarie. “La clase dirigente se esfuerza por impartir el signo ideológico un carácter eterno, superclasista, por extinguir u ocultar la lucha entre los juicios sociales de valor que aparecen en aquel, por hacer que el signo sea uniacentual.” El signo ideológico y la filosofía del lenguaje.

José Mármol (1817-1871) constituye el primer novelista rioplatense. Sus coordenadas de producción son dos; a saber: en primer lugar se imbrica en la interpretación del movimiento romántico en su versión autóctona y en segundo lugar, la totalidad de su obra tanto en prosa como en verso se organiza a partir del cruzamiento entre literatura y política. Por otra parte, es verdad que su preponderancia en el canon literario argentino es menor que otros autores coetáneos como Echeverría o Sarmiento; esto a partir de las operaciones críticas realizadas por Borges primero y por Piglia después. Sin embargo, su valor tanto literario como ideológico no son menores dado que junto con los anteriores contribuye a articular y fortalecer la dicotomía sarmientina de “Civilización o Barbarie” omnipresente en el “Facundo” (1845) sarmientino y tópico de aliento prolongado en la literatura y el pensamiento argentinos durante dos siglos. Ahora bien, la disyuntiva sarmientina no ostenta polisemia y pese a que Sarmiento la consagra literariamente, sus múltiples vinculaciones interetextuales la revelan como profundamente vinculada con el sistema conceptual operante a mediados del siglo XIX en las élites intelectuales rioplatenses. La anterior, no sin dogmatismo, implica el rechazo de lo autóctono americano por suponerlo un avatar telúrico de la barbarie y la asimilación de las formas de sociabilidad e institucionalidad europeas por ser percibidas como civilizadas y por ende proclives de progreso y adelanto económico y técnico. La densidad de la dicotomía sarmientina adquiere su génesis en la literatura romántica para quedar ulteriormente fijada en la tradición literaria argentina. Tal posición criticada entre otros por Marti y Leopoldo Zea, no ha operado con la ingenuidad de un simple prejuicio sino que ha constituido el cimiento ideológico para el exterminio de la población autóctona en el peor de los casos y su asimilación a posiciones de subalternidad social, en el caso más benévolo. La erradicación de razas consideradas atrasadas e incapaces para el progreso estaba sustentada a su vez en afirmaciones de autores del romancismo conservador alemán, verbigracia Herder pero asimismo se alimentaba de las posiciones racistas de Gobineau y otros.

Lo anterior era menester tanto como el reemplazo por población del norte de Europa; necesidad reiterada una y otra vez por Alberdi, miembro también de la generación romántica, como condición sine qua non para el progreso de la nueva nación en su lucha con las grandes extensiones “deshabitadas” que consolidaban su atraso. De manera que la limpieza étnica se piensa como una tarea inexorable si se quiere consolidar la modernidad. En definitiva, lo que se está jugando en la “cruzada” que realizan estos intelectuales argentinos es la incorporación de la nación al espacio occidental y su capitalismo considerado como sinónimo perfecto de progreso económico y democratización política. Frente a lo anterior, los pueblos originarios, los colectivos de color que sustentan el poder político de las provincias interiores y especificamente el poder de Rosas (1793-1877) en Buenos Aires constituyen el escollo más vehemente contra el proyecto de la ilustración romántica porteña a la cual pertenece José Mármol. Mármol publica la primera parte de su novela “Amalia” en 1851 en el diario “La semana” de Montevideo, bajo la modalidad de folletín; modalidad que imprime sus marcas en el texto novelístico. Interrumpida la publicación por el pronunciamiento de Urquiza contra Rosas; la publicación definitiva en forma de libro se realiza en Buenos Aires en 1855 con el aditamento de los ocho últimos capítulos.

A priori una perspectiva de lectura ingenua consideraría la obra de Mármol como arquetipo de los novelones sentimentales decimonónicos fiel a sus modelos franceses. Sin embargo, la historia de amor de sus protagonistas pierde entidad en el transcurso de la diégesis novelística; en favor de la historia de horror que el narrador omnisciente va narrando y explicando en los extensos excursos de una sociología avant la lettre, destinados a consignar las causas que han provocado el poder omnímodo de Rosas y su correlato de violencia. Dado que Rosas no solo ha tergiversado las instituciones sino que ha porducido una hybris al violentar la organización de la estructura social elevando a la plebe a una posición de preeminencia en relación con sus intereses políticos inmediatos. La demagogia rosista no solo es abyecta para la ideologia de Mármol sino asimismo antinatural por lo que necesariamente debe resolverse en términos de una violencia política sistémica. Efectivamente, es la lucha política referida, mediante la antinomia de civilización y barbarie, la unidad trans o metatextual, es decir, el hiperónimo, que organiza las subunidades que constituyen el sentido primordial que organiza el carácter sígnico sgnico de la novela y sus modos de significar, de nombrar y de connotar. Así la literatura romántica argentina, en su contexto de producción -el gobierno de Rosas-, es construida por sus autores como una dialéctica negativa de doble negación del sistema político que en principio los ha negado, esto es, que los ha proscrito. Por consiguiente, su contexto histórico de escritura se establece en un desgarro paranoide en la subjetividad de los autores que se debaten entre entre lo anacrónico que esta sucediendo, que asume encarnadura política en el totalitarismo rosista y un porvenir de modernización que se va percibiendo cada vez más como utópico. Estas condiciones de alienación respecto de la propia realidad vertebran múltiples paradojas que constituyen la base tanto de su programa político como la de su escritura que opera como instrumento del anterior. Quizás una de sus paradojas fundamentales haya sido, según Oscar Terán, la proyección imaginaria de la nación que elaboraron se había desarrollado en un vacío de nacionalidad. Por ende, son textos de lucha política y como tales han sido estructurados de modo antinómico: a partir de la dicotomía civilización/barbarie se organizan de modo antagónico predicados contrarios. Los que pueden describirse desde el concepto de Boaventura de Sousa Santos de pensamiento abismal que se plasma mediante líneas radicales que dividen la realidad social en dos universos.

El universo de “este lado de la línea” y el universo “del otro lado de la línea”. La división es de forma que “el otro lado de la linea desaparece como realidad, se convierte en un no existente y de hecho es producido como no existente. El pensamiento abismal en su carácter maniqueo instituye dos dimensiones irreconciliables la civilización vinculada a la cultura urbana, a sus instituciones, a sus praxis y a la futuridad y la barbarie vinculada con el campo, la cultura rural y el pasado colonial. En este aspecto, tanto la praxis de Mármol, como la de Echeverría y la de Sarmiento piensan y escriben el país homologando civilización con eurocentrismo.

Estos autores suscribirían las palabras fantasmagóricas que se resisten a asumir su aquí y ahora americano del escritor argentino Héctor Murena en “El pecado original de América” (1954): He aquí los hechos: en un tiempo habitábamos en una tierra fecundada por el espíritu, que se llama Europa, y de pronto, fuimos expulsados de ella, caímos en otra tierra, en una tierra en bruto, vacía de espíritu, a la que dimos en llamar América”. Pág 33. Así en pos de la recreación de Europa en América, la novela de Mármol configura una estrategia discursiva que supone que para consolidar definitivamente la civilización, en primer lugar, se articule una imagen negativa de lo autóctono, esto es, las clases sublaternas y los mismos caudillos rosistas, lo suficientemente convincente para fundamentar la propia posición civilizatoria y legitimar también la erradicación ulterior del bárbaro En otras palabras, construye un dispositivo discursivo que hiperboliza de tal modo la inferiorización de los grupos étnicos autóctonos, de los negros y gauchos representados como la otredad absoluta, reducidos a obstáculos, que por tanto, resultan no asimilables en el proceso modernización/europeización. El efecto de lectura entonces, divulgará y justificará el imperativo de la la lógica social de la aniquilación. Casi al mismo tiempo en el que transcurren los hechos de Amalia 1840; Sarmiento escribe en periódico El progreso de Chile en 1844: ¿Lograremos exterminar los indios?. Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”. “El Progreso”, 27/09/1844, “El Nacional”. . De este modo, afirma Rodolfo Kush en Geocultura del hombre americano: lo americano en sí es situado siempre en un margen de inferioridad (…) América toda está estructurada sobre este criterio de lo superior y lo útil por una parte, y lo inferior e inútil por otra.Ahora bien, es pertinente preguntarse: ¿cómo opera discursivamente la ideología de Mármol?; ¿cuáles son las propiedades textuales que explicitan su radical idealismo romántico en la construcción de la otredad?. En primer lugar, el retrato de los protagonistas en todos los casos expresa refinamiento y sensibilidad construida discursivamente con el ornato de la hinchazón retórica romántica que opera de dos modos, en le caso de Amalia; en primer lugar el narrador destaca la belleza en términos clásicos (pitagóricos) como relación proporcionada de las partes del cuerpo; y en segundo lugar, se construye la figura asimilándola a una serie histórico/mítica clásica precedente; ambos para enfatizar la naturaleza divina de la protagonista. De este modo Amalia es descripta en los siguientes términos:

“ En ese momento, Amalia no era una mujer, era una diosa de esas que ideaba la poesía mitológica de los griegos. Sus ojos entredormidos, su cabello suelto, sus hombros y sus brazos descubiertos, todo contribuía a dar mayor realice a su belleza. Era así, dormida y cubierta por un velo más descuidado que ella misma, como algunos escrtitores de la Roma antigua describían a Lucrecia, cuando se ofreció por primera vez a los ojos de Sextus, de quien el bárbaro crimen debía perder la mujer y salvar a la patria quinientos años antes de Cristo. Y cuando Cleopatra llegó hasta su vencedor, en su galera, con pompa de oro, con velas de púrpura y remos de plata, venía dormida entre cojines egipcios, sirviendo de verlo a su seno de alabastro sus cabellos negros como la noche, y Antonio olvidó Roma y a sus legiones y se hizo el esclavo de la diosa dormida. Así, en ese momento, y de este modo, Amalia, repetimos, no era una mujer, sino una diosa.”. (M: 204) Observése la focalización enunciativa de los subalternos en las aclaraciones denigratorias, en la adjetivación que intenta ser epitética y en la innominación peyorativa reforzada en el diminutivo en el último ejemplo:

“Aquel que iba delante de todos era Juan Merlo, hombre del vulgo; de ese vulgo de Buenos Aires que se hermana con la gente civilizada por el vestido, con el gaucho por su antipatía a la civilización, y con el pampa por sus costumbres holgazanas.”(M:49). “(…) los negros están ensoberbecidos, (…).” (Mármol: 70). “El pobre mulato miraba a su amo y se rascaba la espalda.”(M:100) “(…) estaba despidiendo una densa nube, a través de cuyos celajes se descubrían sus tostados y repulsivos semblantes.”(M:190) “Un minuto después emtro en la alcoba una negrilla de dieciocho años o veinte años, rotosa y sucia.”. (M:355) De este modo, enn el caso de la novela de Mármol, los fragmentos descriptivos, por ejemplo no cumplen la función de adornar el decurso narrativo, función clásica desde Aristóteles a Genette; más bien, construyen una relacion dialéctica, dicotómica, correlato de la antinomia civilización/barbarie que sustenta todo el relato. Esta se establece entre la descripción de los protagonistas por una parte,: Amalia y Daniel Bello y los personajes/criados; gente de color, por otra. El antagonismo de los anteriores puede formularse desde el punto de vista espacial a partir de sus posicionamientos connotados: en tanto que los primeros presentan y representan lo alto, lo divino, la moral, lo perfecto y la belleza, en definitiva, lo europeo; los otros, los que ni siquiera son nominados por el narrador expresan lo bajo, lo infrahumano, lo inmoral, lo defectuoso, lo feo, lo americano. Por consiguiente, mientras que existen personajes denotados y connotados en lo alto; existen otros denotados y connotados para y en lo bajo. Tal ambivalencia es constante en la novela y constituye una vehemente jerarquía axiológica que califica a unos personajes en tanto descalifica a otros. En términos de sentido, expresa el maniqueísmo dogmático de la idealización romántica del que Mármol es tributario.

Sin embargo, Mármol no solo procura el contraste; además el contraste presenta una función: esta orientado a explicar y ejemplificar el determinismo racial que orienta unos a la civilización y a los otros, a la barbarie. En este sentido, no cabe duda que la novela narra el conflicto de civilización/ barbarie; eufemismo para describir un conflicto entre lo europeo civilizado y lo bárbaro americano. En esta línea se autoperciben los civilizados en el la arenga de Daniel Bello con la que insta a la rebelión contra Rosas: “La asociación ante todo y siempre para ser fuertes, para ser poderosos, para ser europeos en América.”. (M:275).

Para terminar este breve análisis: Mármol en su novela plantea la quimera romántica de la equivalencia entre lenguaje y hechos; artificio lingüístico y realidad; confía en la mímesis como el realismo y el naturalismo lo harán unas décadas más tarde; de aquí que introduzca documentos de diversas naturaleza; fuentes primarias para dotar a su ficción de realidad; para hacer creíble su discurso narrativo sin embargo, su nominalismo entra en crisis cuando el artificio textual en las descripciones, es decir, el significante se propone como equivalente a lo significado, cuando la designación lingüística intenta pasar en la consideración lectora como equivalente con lo designado. Las ferviente construcción maniquea de sus personajes; su idealización hiperbólica o denigrante constituye una disrrupción inverosímil que impugna la procurada verosimilitud textual. Lo que sí es real es el lugar de enunciación prejuicioso desde el cual el autor construye su relato y particularmente fuera de la novela, la densidad histórica de idénticos prejuicios presentes en el decurso de la turbulenta historia de nuestra América

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