año 1 no 11

Tres reflexiones des-coloniales. Tercera

Rafael Bautista S.

Año 1, No. 11, julio 2015

El racismo: mito fundacional de la modernidad

A mis abuelos

El racismo es no sólo una invención moderna. Es su mito fundacional. En toda la historia de la civilización humana, no se encuentra referencias que describan una sistemática devaluación absoluta de la humanidad del distinto; ese tipo de devaluación absoluta caracteriza, precisamente, al racismo. Explotación existe, y parte de la dominación del trabajo ajeno, de ese modo también se genera la esclavitud, a partir del fenómeno de las deudas; el colonialismo mismo tiene larga data, pero está más referido a la reducción tributaria de las colonias. Pero la dominación colonial moderna es distinta, porque ningún fenómeno de dominación se había expresado en los términos de una naturalización de ésta. Lo que hace el racismo es devaluar de tal modo la humanidad de las víctimas que desaparecen en cuanto víctimas; encubriendo su condición de víctimas, desaparece su humanidad y son reducidas como seres biológicamente inferiores sin condición humana. Su dominación entonces se hace expedita y la explotación misma del trabajo se puede desarrollar y sofisticar en base a esta inferiorización como devaluación absoluta de la humanidad del otro, humanidad que encubre sistemáticamente el mundo moderno.
Esta devaluación absoluta de la humanidad del otro, del distinto, aparece en el desarrollo mismo de la conquista del Nuevo Mundo. La conquista es el suelo práctico-histórico, el fundamento histórico-existencial en el que se funda la nueva subjetividad moderna. En ese sentido, el racismo se constituye en el mito fundacional de un proyecto, gracias al cual, Europa sale de su enclaustramiento civilizatorio (relegada, desde griegos y romanos, a ser el anglae terrae, el ángulo del mundo, o sea, el fin del mundo, la más recóndita extensión periférica del Mediterráneo) y que, desde la conquista e invasión del Nuevo Mundo, no sólo provoca su despegue civilizatorio sino que afirma para lo venidero, a sangre y fuego, su nueva condición de centralidad ahora mundial.
Afirmarse centro no es una operación unilateral sino que involucra la producción de una periferia. El precio de ser y saberse centro no lo va a pagar el centro sino lo va a pagar absolutamente su primera periferia. En la experiencia de la conquista y posterior colonización es donde irán apareciendo los términos exclusivos de la dominación que ha de ir desarrollando el mundo moderno. Para desarrollarse a sí mismo, debe hacerlo a costa de su primer conquistado, el indio, luego del afro; en estos descarga, en primera instancia, los costos reales (materiales y existenciales) de su proyecto de dominación global. Entonces, ser y saberse centro constituye la primera determinación del mundo moderno, lo cual traduce la subjetividad moderna como ser y saberse superior.
Esta condición es inédita para una Europa periférica del todo. Europa ya no es nunca más la misma después de la conquista. La propia historia medieval que arrastra no le proporciona una base existencial que pueda traducir en proyecto civilizatorio. Frente al apogeo árabe, turco, persa, hindú, chino, etc., no tiene contrapeso alguno. Por eso la conquista le es fundamental, porque cambia toda la consciencia que tenía de sí misma. La imagen devaluada que la subjetividad europea tiene de sí, empieza a re-evaluarse, por eso el concepto de nuevo mundo no es nada casual, porque en éste acuña la concepción que, de sí, empieza a reconstituirle; el nuevo modo (el sentido original del concepto “moderno”) será el proceso de reconstitución de una subjetividad a costa de otra; re-evaluarse significa reconstituirse, pero no será una reconstitución desde sí sino una reconstitución por desconstitución.
Entonces, para reconstituirse, la subjetividad europea no parte de sí, parte del otro, por eso debe desconstituir a alguien, al otro que encontró allende la Mar Océano: el indio. Transfiere lo que es en el otro, lo que ya no es y no quiere ya ser, lo transfiere al otro, pero antes debe despojarle la humanidad al otro, lo que le saca es lo que le llena una vez que el otro ya carga con todos los estigmas que le ha transferido, de modo que la humanidad negada del otro retorna como reconstitución suya. Cuando transfiere al indio sus propias miserias, se ve libre de ellas, entonces su humanidad aparece reconstituida y empieza a concebirse en los términos que ahora adscribe exclusivamente para sí: se concibe como “superior”.
Pero para que haya “superior” debe de haber “inferior”. Por eso, para producir la “inferioridad” que necesita, como contraparte de su “superioridad”, debe vaciarle toda la humanidad que posea a su víctima. La violencia de la conquista se justifica por ese acto de transferencia; pues si lo que busca la nueva subjetividad, fogueada en la conquista, es desprenderse de todo lo que era, no hay otra forma que acabar con eso que era, que ahora lo representa el otro. El otro le recuerda lo que era (y sigue siendo) y quiere negar a toda costa, por eso la saña inicial se hace metódica y produce sistema. La violencia, la guerra y la dominación se vuelven forma de vida.
Si la conquista despliega una crueldad inimaginable hasta para los propios cronistas y hasta denunciada por los religiosos críticos (que saben de las atrocidades de la Inquisición y la Reconquista) es porque en el suelo histórico fundacional del mundo moderno se retrata los contenidos del proyecto que está naciendo. Por eso el conquistador es el prototipo del nuevo modelo de humanidad que abraza la subjetividad moderna. Inferiorizar a las víctimas, privarles de humanidad, será fundamental para concebirse, desde entonces y para siempre, en los términos de la primera dicotomía moderna, explícitamente racista: superior-inferior; en términos ideológicos, que enmarcarán para siempre el discurso científico moderno, aparecerá del siguiente modo: civilizado-bárbaro.
La categoría de “raza”, porque se trata de un marco hermenéutico de clasificación antropológica, empieza a constituirse en el criterio de toda posterior clasificación, ya sea social, del trabajo, etc.; y, siendo antropológica, establece las fronteras de lo humano y lo no humano. Nace con el mundo moderno y, mediante una naturalización de las relaciones de poder y dominación, clasifica a la humanidad biológicamente en “superiores” e “inferiores”, es decir, las diferencias culturales y civilizatorias las naturaliza, bosquejando, en cuanto discurso científico (ya ideologizado) una línea evolutiva, que sitúa al hombre blanco europeo-moderno en la culminación de aquella supuesta línea evolutiva; las otras “razas”, aparecen rezagadas del todo y condenadas a su desaparición, todas ellas se encontrarían en la prehistoria de la humanidad. Por eso no habrían producido propiamente cultura o civilización. Para que la misma ciencia parta de aquel marco hermenéutico de clasificación antropológica, supone que el acto de transferencia ha despojado absolutamente de humanidad al resto de la humanidad que no es “blanca”.
El precio de la humanidad, ahora exclusivamente blanca-moderno-europea (después norteamericana pero siempre anglosajón-blanca), lo paga absolutamente la humanidad restante. El precio es la devaluación de todo lo que son y esto significa transferir, en la dominación colonial que sufren, ya no sólo riqueza sino vida en sentido estricto. Lo que son diferencias culturales, son ahora fronteras biológicas entre lo humano y lo no humano, por eso hasta los caracteres fenotípicos se clasifican de modo moral: lo blanco es la imagen fenotípica de lo que es “puro”, de la bondad, de lo “limpio”, hasta lo “inmaculado” y consagrado, etc., mientras lo negro retrata siempre lo “sucio”, “impuro”, por naturaleza (hasta el día de hoy, las características criminales fenotípicas se corresponden con esa clasificación).
La naturalización de las diferencias ha producido las más sofisticadas relaciones de poder y dominación que hayan jamás existido; han hecho posible que estas relaciones de poder y dominación sean mucho más estables, sólidas y duraderas (produciendo, hasta en los racializados, identidades homogeneizadas según patrones excluyentes que provocan nuevos tipos de discriminación). El racismo moderno es la convención pre-lógica que adopta el desarrollo moderno en su disposición (geopolítica, geoeconómica y geofinanciera) centro desarrollado-periferia subdesarrollada, condenando a la mayoría de la humanidad a su desaparición, justificando aquello –hasta científicamente– por una suerte de “selección natural” que adopta la propia “mano invisible” del mercado (la propia ciencia moderna, su racionalidad, presupone, como su núcleo mítico, los prejuicios racistas de clasificación antropológica).
El racismo es el mito fundacional del mundo moderno porque actúa como el meta-relato legitimador de su dominación, ya no en términos clásicos sino resignificados novedosamente a partir de su naturalización, esencializando las relaciones de dominación y no como producto de historias de poder. La conquista le es fundamental porque en ella se despliegan las condiciones históricas para reconstituir una subjetividad desvalorada en subjetividad moderna; este proceso de reconstitución, en los términos que adquiere, es imposible sin el racismo, pues se trata, como ya dijimos, de una reconstitución por des-constitución; la transferencia de humanidad de la víctima al conquistador es esencial para objetivar esa nueva subjetividad como “superior”. El despojo material es apenas la consecuencia de un despojo más perverso.
El impacto de la riqueza moderna, de la dinámica de la producción y consumo capitalista oculta aquello; pues nunca se había desarrollado, de modo tan cruel e infame, la explotación del trabajo (además nunca pagado) de millones de indios y afros (no sólo se habría hecho un puente con toda la plata que se llevaron sino todo un océano con toda la sangre de los mitayos); nunca se había aprovechado, de un modo tan despiadado, de las materias primas, los recursos energéticos, los alimentos, de toda la riqueza de la humanidad restante, exclusivamente hacia un centro único, de carácter mundial. Por eso la conquista nunca ha cesado, por eso, en cada nuevo proceso de acumulación, debe reproducirse nuevas conquistas, como el fundamento de un proyecto que, retornando siempre a lo que es, nos muestra lo perverso de sus propósitos (Dostoievski decía que el criminal siempre vuelve al lugar del crimen).
En ese sentido, el racismo, en cuanto mito fundacional, es el que estructura el sistema de creencias de la modernidad, que se traduce en el horizonte de prejuicios que asimila la subjetividad moderna, como el núcleo desde el cual organiza su concepción de la vida y del mundo y que, por mediación del conocimiento científico y filosófico, se traduce en proyecto de vida. El cual se concibe siempre en términos de dominación. La racionalidad moderna ha formalizado, desarrollado y sofisticado de tal forma la dominación, que ya no aparece como tal, por eso las víctimas aparecen sin historia, de ese modo la dominación nunca se des-encubre históricamente.
Entonces, para auto-comprenderse y desarrollarse la subjetividad moderna, exclusivamente a sí misma, debe partir siempre del marco hermenéutico de clasificación antropológica (esto se vuelve dramático en la no correspondencia que encuentra la víctima en proceso de modernización, en su fenotipia por ejemplo; el mestizaje en cuanto asimilación por negación es lo que delata su verdadero carácter trágico); desde aquellos prejuicios acumulados por reiteración cultural y asimilación pedagógica, esta subjetividad se concibe como una voluntad de dominio y poder. Para toda subjetividad moderna, ser significa ser dominador. La dominación le brinda la posibilidad de concebirse en términos exclusivos de “superioridad”. De ese modo clasifica, ordena, despliega y hasta critica las posibilidades que se brinda, a sí mismo, en un mundo comprendido bajo la lógica de la dominación, o sea, se auto-interpreta también como mediación propicia para la realización de los fines de la dominación estructural.
En ese sentido es que el racismo no puede reducirse a ser concebido como una mera teoría o ideología política. Constituye, según lo descrito, el núcleo mítico fundacional de la modernidad. Toda racionalidad no parte de sí, sino de las estructuras míticas que le otorgan sentido último. El logos no es nunca superación del mito sino su explicitación. La racionalidad moderna, que se cree la superación de todo mito y se concibe como lo único racional, también contiene mitos (como toda racionalidad). El racismo la constituye y funda sus propias posibilidades. Por eso el eurocentrismo y el “paradigma de la conciencia”, prototipos del ego auto-centrado moderno, son la más acabada expresión formalizada de los prejuicios racistas que sostienen al pensamiento moderno.
El racismo, una vez formalizado, ya no precisa mostrarse de modo explícito; pero cuanto más encubierto se encuentra, más afirma el prejuicio que estalla como indignación ante toda crítica a los fundamentos del mundo moderno: “sin la modernidad, la humanidad seguiría en la barbarie”. La modernidad necesita del racismo para aparecer ella sola como lo único deseable de ser desarrollado, como lo único racional y verdadero; inferiorizando la humanidad del otro, inferioriza también su cultura, su religión, su arte, su ciencia, su medicina, sus alimentos, su música, su lenguaje, su filosofía, en suma, inferioriza, deshumaniza toda su civilización, para que sólo y exclusivamente el mundo moderno aparezca como lo único posible.
Aunque pueda, en la actualidad, demostrarse “científicamente” la falacia de los argumentos racistas, éstos siguen intactos en la subjetividad moderna como estructurantes de su propio sistema de creencias, y actúan en su vida cotidiana, a modo de prejuicios, es decir, como una convención pre-lógica que adquiere, ya decíamos, por acumulación cultural y reiteración pedagógica; además por toda la objetividad estatal que reproduce la clasificación racializada y la naturalización de las relaciones de dominación. La objetividad del Estado se corresponde con la subjetividad social.
De ese modo, objetiva y subjetivamente, el racismo atraviesa todas las esferas de la existencia, agudizando y agravando todas las discriminaciones existentes que, con la naturalización de las relaciones de dominación y la inferiorización de toda posible víctima, desata una violencia inaudita. Constituye al conjunto social como reserva de reclutamiento para sostener el orden impuesto por la clasificación racializada; “restaurar el orden”, es siempre la consigna conservadora que afirma un mundo constituido en torno a una dominación naturalizada y una clasificación racializada (fundamento de toda clasificación social colonial). La reserva de reclutamiento (por lo general la llamada clase media) es la que suele protagonizar las asonadas contrarrevolucionarias cuando los inferiores osan desafiar lo que se concibe como “orden natural”.
El racismo no desaparece por una ley o por la buena voluntad de la gente, es algo cuya consistencia es estructural, y no sólo objetivamente sino, sobre todo, estructural a nivel de la subjetividad de los individuos. Como fundamento que estructura nuestro sistema de creencias, el racismo no siempre se evidencia de modo claro sino que siempre se amplifica en un continuo proceso de resignificación (uno puede ser racista sin advertirlo). Su formalización y sofisticación, en cuanto conocimiento y pensamiento, puede entonces expresarse sin jamás advertir la identificación de sus contenidos con lo que es el racismo; por eso hasta puede prescindirse de la palabra raza, sin que ello signifique abandonar las dicotomías prototípicas de la modernidad. Superior-inferior, civilizado-bárbaro, son el fundamento que expresan las dicotomías actuales: centro-periferia, desarrollado-subdesarrollado, atrasado-moderno, Norte-sur, etc., tienen sentido sólo a partir de la clasificación antropológica que inaugura el racismo.
Entonces, ¿cómo podría proponerse una superación del racismo? Como se habrá visto, el racismo y todo aquello que ha producido, no puede ser enfrentado, únicamente, en el ámbito de la objetividad institucional. Lo que se colige de todo lo señalado es, ante todo, un proceso de reconstitución de la subjetividad de las propias víctimas, de su mundo, de su cultura, de su espiritualidad y de todo aquello inferiorizado por la modernidad; de un proceso de liberación de toda naturalización de las relaciones de dominación y de clasificación antropológica jerarquizada de roles, trabajos y funciones. Se trata, en suma, de una compleja lucha que señala la transformación global del Estado, porque el Estado es, en definitiva, la objetivación de la eticidad constitutiva de la subjetividad de una nación. Si la subjetividad enfrenta un proceso de liberación de toda dominación naturalizada, entonces lo que objetiva es lo que produce en sí, esto quiere decir que una superación del racismo sólo podría acontecer en una reconstitución de la subjetividad en nueva humanidad.
Entonces, la transformación objetiva o política coadyuva a la producción de una nueva subjetividad, pero, en última instancia, es la transformación subjetiva la garantía de toda transformación objetiva. Las estructuras coloniales de una sociedad y un Estado, que basan su clasificación social en una clasificación racializada, manifiestan toda una forma de vida que se funda en una dominación naturalizada; por eso la injusticia es estructural, porque opera, tanto a nivel objetivo, como en la propia subjetividad de los individuos. La transformación de todo aquello no puede ser parcial sino propone una transformación integral que se objetive, no sólo en un nuevo Estado sino en una nueva subjetividad; esta subjetividad reconstituida es la que podría depositar en el Estado (que ya no podría partir de sí sino del proceso de liberación que protagoniza la voluntad que le confiere soberanía plena) su propia transformación, como objetivación de la nueva forma de vida que porta una subjetividad reconstituida en proceso continuo de liberación de toda forma de dominación.
La insistencia en la superación integral y multidimensional del racismo (que no significa acabar con el racista sino superar el mito fundacional que legitima la dominación moderna), tiene que ver con el hecho de que los procesos de liberación, en la modernidad, han reproducido siempre nuevas formas de dominación, porque si parten siempre de los prejuicios modernos, terminan afirmando al mundo moderno como lo único posible y, de ese modo, anulan toda pretensión real de liberación, pues la apuesta se diluye en incluirse al sistema-mundo que tanto se critica. En ese sentido, “modernizar” al Estado es la figura retórica que expresa un racismo resemantizado como apuesta desarrollista, y reedita el auto-desprecio del colonizado. La modernidad parte de sí misma, pero el colonizado por sus prejuicios, que debiera partir de sí, parte de lo mismo que afirma su colonización. Por eso no se libera.
Esa devaluación es consecuencia del racismo; su especificidad se concentra ya no tanto en la denigración fenotípica sino en la afirmación exclusiva de todo lo que es moderno. Cuando todo proceso de “modernización” aparece como bueno y deseable, entonces el racismo ya no necesita nombrarse, pues en esa “modernización” el colonizado ha asumido el horizonte de creencias del dominador y, en consecuencia, su forma de vida, sus valores y su liderazgo.
Por eso el racismo no es un fenómeno que atraviesa toda la historia de la humanidad, como si se tratara de una discriminación más. El racismo es el mito fundacional de la modernidad. La creencia en la “superioridad” moderna es lo innegociable en la subjetividad que se moderniza (blanqueamiento cultural), porque eso es lo que constituye la base y el fundamento de todos sus prejuicios, de ese modo devalúa ella misma lo que, en realidad, es; esto es lo que le imposibilita sacar algo positivo de lo suyo de sí, por eso no puede sino afirmar sólo y exclusivamente todo lo que proviene del dominador.
El racismo es un mito, porque constituye un horizonte de prejuicios que, como convención pre-lógica, legitima la creencia básica de la conquista: hay “superiores” e “inferiores” por naturaleza. Es ideológica, porque constituye la visión básica de una subjetividad colonial que, por asimilación e inclusión, tiende a afirmar lo ajeno antes que lo propio; valoriza más, en su propio yo, la forma de vida de los dominadores cuanto más desvaloriza su propia forma de vida, por eso llega a despreciar lo suyo, porque lo ve como “inferior” ante la plena admiración que rinde a los que considera “superiores”. Quiere ser como ellos, por eso se brinda gustoso a despojar más a los suyos para merecer el reconocimiento de sus admirados.
Por eso el racismo no puede considerarse la resultante negativa de alguna exacerbación étnica. Si fuera así, el racismo apenas sería el exceso espurio de algún etnocentrismo; pero ningún etnocentrismo previo ha desarrollado una clasificación naturalizada como lo hace el racismo moderno. Por eso no puede considerarse un fenómeno más; se trata del “núcleo esencial” de un mundo profundamente injusto que, en cinco siglos, ha desatado la más despiadada dominación planetaria, que nos está conduciendo a la acelerada destrucción de toda la vida. La riqueza que ha producido el capitalismo moderno es injusta porque es la producción sistemática de miseria en los no considerados humanos plenos según la clasificación antropológica que ha producido el racismo; toda la riqueza moderna chorrea sangre de la humanidad y de la naturaleza desde hace cinco siglos y constituye el despojo sistemático de toda la vida de la humanidad y la naturaleza.
Para hacer legítima esa injusticia estructural, a nivel global, la modernidad debe acudir a sus propios mitos para reponer sus pretensiones de modo “racional”. Su propia racionalidad contiene esos mitos y concibe como lo único racional el seguir afirmándose en ellos. El racismo queda de ese modo afirmado, porque el mundo moderno parte de él, como una de sus creencias básicas e irrenunciables. El racismo es un mito de dominación, porque es, en su esencia, irracional, impuesto contra toda la historia y la humanidad y promovido en función del aniquilamiento sistemático de todas las víctimas que produce la expansión moderna. La modernidad no puede admitir esto, porque eso sería admitir lo perverso de su proyecto de vida, por eso tampoco puede renunciar a su visión racista de la humanidad.
Por eso el racismo, en la retórica hegemónica mundial, pretende ser encubierto como una más de las discriminaciones que existen, que, además, en una argumentación sutilmente a-histórica, se pretende concebir al racismo como un componente inscrito en la propia naturaleza humana. De ese modo se constata que esa retórica no es más que la sofisticación ideológica de la misma naturalización de la dominación que ha producido el racismo. Por eso, algo recurrente que se deduce de una naturalización de las relaciones de dominación, es el abordaje del racismo al margen o fuera de la historia; cuando se hipostasian los prejuicios modernos por sobre toda la historia, estos aparecen referidos a la propia condición humana, como si se tratase de alguna esencia negativa, que supondría una metafísica de la naturaleza humana. De todos modos, la modernidad afirma siempre su inocencia, y la propia conquista, su suelo fundacional, aparece siendo apenas un episodio pasado y, como tal, supuestamente superado.
Lo que no se dice, y descubre el velo ideológico de toda la argumentación moderna, es que la injusticia monumental que ha producido el capitalismo y toda la política moderna, es producto de toda la historia de despojo sistemático que empieza con la conquista del Nuevo Mundo y que, sin jamás interrumpirse la historia de violencia y genocidio, explica la acumulación concéntrica de riqueza que, del tercer mundo siempre va en beneficio exclusivo del primer mundo. Es un robo sistemático, y amparado por el derecho liberal (ahora neoliberal) moderno, que se ha hecho y se sigue haciendo a la humanidad y a la naturaleza.
Si se pretendiera hacer aparecer al racismo como alguna “esencia metafísica”, siempre al margen de la propia historia, entonces, nadie tendría que hacerse responsable de las consecuencias que desata una devaluación absoluta de la humanidad del otro, ni siquiera el racista. La única responsabilidad tendría que imputarse a aquella esencia impersonal, metafísica, sin siquiera corresponsabilidad humana. En esto cae cierta vindicación moralista prototípica de un gnosticismo al servicio del poder. No otra cosa es imputar de “racismo invertido” a la reacción irreverente que prodiga el que manifiesta siglos de acumulación de desprecio; aun cuando el racista se sienta ofendido por la afrenta del que sigue considerándose “inferior”, él todavía mantiene el poder, para sí, del sermón y la reprensión (en un sistema de dominación, toda afrenta de las víctimas es sentenciada desde la moral del sistema). Ni el escarnio ni la injuria de las víctimas podrían “invertir” las relaciones de dominación, pues aunque la manifestación iracunda de humanidad pueda cobrar ribetes desmedidos, sigue siendo clamor impulsivo de reconocimiento; la propia resistencia a reconocer la humanidad del otro es lo que suele desatar la violencia. Para que haya racismo invertido, el blanco o el q’ara tendrían que constituirse como el otro, pero esto es imposible, pues el otro no es lo otro de una relación lógica sino lo negado, encubierto y subsumido como mediación de la realización del Uno. Un sistema de dominación, como el moderno, se constituye a partir de la afirmación de uno sobre otro, este otro es el negado en su humanidad, el que transfiere su humanidad negada como afirmación de la humanidad del Uno, este Uno es lo Mismo ante el otro, es lo que es ante lo que no es, es el Ser ante el no-ser. Por eso el otro no es una categoría social. El otro de lo Mismo de la modernidad, de la Totalidad cerrada ante toda exterioridad ha sido siempre el negado por ésta, que, por estar fuera de lo considerado humano, resulta siempre lo desconocido, hasta lo misterioso, pero siempre extraño, salvaje, lo que no es y no puede ser. Lo único posible, en una Totalidad cerrada como la modernidad, es el despliegue de lo Mismo. Por eso el otro es lo inaudito y su clamor de justicia es considerada rebelión maligna.
La lucha entonces no consiste en acabar con los racistas sino en superar el racismo; porque restaurar la humanidad de las víctimas significa también, y en última instancia, restaurar la humanidad de los victimarios. La liberación de las víctimas puede significar pérdidas cuantitativas para el victimario pero lo que podría ganar es más cualitativo, porque gana humanidad. Entonces, una superación del racismo es una tarea más compleja, porque implica una reconstitución de la subjetividad de las víctimas. Por eso la recuperación de la historia, sobre todo, de la historia nuestra, de nuestra espiritualidad, de la memoria de nuestros ancestros, de nuestros muertos, invisibilizada, excluida, negada, se hace fundamental en el proceso de reconstitución de lo humano en general. El racismo cumple una función legitimadora de toda forma de discriminación del mundo moderno; pues todo el conjunto de discriminaciones que conocemos se promueven siempre a partir de la devaluación absoluta del otro, lo que promueve la naturalización de las relaciones de dominación.

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