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Franz Kafka y lo moderno

José Javier Capera Figueroa

Año 2, No. 15, marzo 2016

Empezar a comprender la crisis de los tiempos turbulentos es una apuesta constante, ver la realidad liquida, sentir lo efímero de la vida, oler los aromas de la contradicción y hacer parte de la historia postergada de nuestra época es el reto del sujeto. Es así que, intentar hacer un análisis del discurso que constituye el pensamiento de Kafka simboliza comprender el lenguaje, la mentalidad, la cultura, la identidad y los procesos de constitución del sujeto en su interior.
Por ello, la narrativa de Kafka responde a una posición existencial, un estilo de vida, una cultura en particular. La cual, tiene relación con los avatares de la modernidad y la representación inmersa en la escritura Kafkiana y una posición sobre el entramado entre el discurso, la praxis y la modernidad como punto crítico de enunciación histórica.
La concepción de un mundo “Moderno”, se encasilla históricamente en la polémica francesa entre los “anciens” y los “modernes”, en dicho espacio polémico se constituye ideas de tipo ilustrado como lo son el progreso, el desarrollo, la sociedad civil, los derechos y deberes y el ciudadano entre otras. Mostrando así que en un elemento de la filosofía política del siglo XVIII, donde se considera la sociedad como “Un sistema perfectible, que se sujeta progresivamente a paradigmas más racionales de acción”.
En este sentido la modernidad pasa a ser una categoría polisémica, la cual responde a un momento histórico y suscita una serie de elementos como: el descubrimiento del hombre como objeto de estudio, el laicismo proveniente de la separación de la fe y la razón de la cual Kafka elabora todo un análisis, el desarrollo de la ciencias naturaleza, los aportes desde la estética, el arte en la pintura y la forma de describir los cuerpos, lo que muestra un tipo de pintura más realista, simbólica en ciertos casos, y el interés por el conocimiento del mundo, la expansión y apertura de los canales como rutas marítimas y de comercio.
Ya en el campo cultural, la conformación de dos tipos de clases antagónicas: la burguesía y el proletariado. Así mismo, un mundo moderno – caracterizado por la visión histórica – político y económico, ya expuesto por Marx en el capital, de la misma forma la creación de las condiciones de la llamada “Acumulación Primitiva” que en términos más simples se vislumbraría en la transformación entre lo tradicional y lo moderno, la fe y la ciencia y una sociedad agrícola a una industrial.
Por otra parte, el proceso de consolidación del capitalismo como modo de producción hegemónico, hace que se recree una connotación del mundo moderno desde la esfera de lo global llegando a la periferia. Lo que demuestra el proceso de lo cultura y lo humano y como este se ha fragmentado por la condiciones materiales e inmateriales proveniente de los proceso de modernización y a la apuesta por imponer un proyecto de tipo mercantilista.
En este sentido, la finalidad del presente texto consiste en realizar una aproximación sobre la modernidad presente en el pensamiento de Franz Kafka, relacionándola con elementos inherentes de lo moderno como son: la identidad, la escritura y narrativa, convirtiéndose así en componentes del procesos de la modernidad, haciendo énfasis en las metamorfosis Kafkianas que constituye la dinámica entre el sujeto, la realidad y su enunciación histórica- política. Finalizando con la concepción del saber en Kafka y su interrelación con las dinámicas del proyecto moderno del siglo XX.

Kafka y su relación con la modernidad

Porque somos como troncos de árboles en la nieve. Aparentemente sólo están apoyados en la superficie, y con un pequeño empellón se los desplazaría. No, es imposible, porque están firmemente unidos a la tierra. Pero atención, también esto es pura apariencia (Kafka, Los árboles en La condena, 1980, pág. 57)
Considerar a Kafka como un escritor moderno implica realizar un abordaje minucioso de sus obras, por una parte las obras kafkianas se caracteriza por ser un conjunto de ejemplos y procesos donde se enmarca la modernidad como un paradigma fundamentado en la razón. De igual manera, la posición del sujeto en la obra de Kafka se entrelaza reiteradamente con los relatos y representaciones de animales, producto en gran parte de la fragmentación y la influencia que ejerce la sociedad y la familia en su entorno y desarrollo como sujeto (escritor).
Por ende en gran parte de sus cuentos, los protagonistas son seres que padecen un metamorfosis, originada por los sufrimientos y resentimientos que se desligan de la narrativa y los sucesos, terminando en hombres convertidos en animales de fabulas, caracterizados por un estado de pesimismo en la obra de Kafka situando en un nivel de pesimismo- existencialista del sujeto inmerso en una sociedad decadente.
Es así como el sujeto Kafkiano de la modernidad se encuentra en un estado donde su existencia carece de fundamentación, un sujeto que deja de ser el centro del universo, y ahora se expone como un fuerte receptor de la crisis, un sujeto que solo se deja llevar de la razón y menosprecia lo sentidos, las emociones y el afecto a la hora buscar la verdad, sumándole el sentido a la vida y su fuerte contiendan con las deidades.
La narrativa de Kafka manifiesta ciertos rasgos modernos, como son la identidad en los espacios, las figuras y descripciones de los personajes centrales, la relación de los familiares con el sujeto, influyendo así en la vida de las escenas, incluso las diferencias entre exterior- interior y los estallidos psíquicos consecuencias de los estados mentales del escritor y los personajes.
Al mismo tiempo la literatura kafkiana desarrolla un análisis valorativo del mundo no amable y burgués, igualmente del hombre moderno y su visión de superar la univocidad de la superficie, la linealidad de lo lineal, lo impensado y oculto del saber, traducido así en “ El placer y el dolor conforman esta nueva estética que traduce lo Problemático en arte”.
Tal como es manifestado por el: Estoy separado de las cosas por un espacio vacío, a cuyos confines ni siquiera intento acercarme (Kafka F. , 1983), sumándole la faceta de la metamorfosis en gran parte de sus ratificando: “hemos aprendido que el hombre no es, deviene: somos ante todo transformación, metamorfosis. La modernidad nos ha enseñado lo ilusorio de las creencias en formas pretendidamente sustantivas de identidad. Mirar a los demás con la mirada de un anima (Kafka F. , “Resoluciones”, en La condena, 1980)
Lo que constituye que la metamorfosis sea un elemento que caracteriza a los personajes, relacionándose implícitamente con la representación de la existencia en el sujeto moderno, que es un punto de inflexión de la crisis del ser y de la crisis del acto en ser. Sumando así, los estados y procesos mentales, asociándolos al psicoanálisis en su manera de actuar y relacionarse con diversos individuos. En donde el individuo moderno se sitúa, en un marco donde existen seria dudas con respecto a la identidad, un claro ejemplo es el caso de Gregorio Samsa o el humano que fue simio, pues el insecto fue humano. Desprendiéndose una serie de cuestionamientos como “¿Quién es Gregorio Samsa? Pasa a ser “¿Qué es Gregorio Samsa?
Con base a lo expuesto, encontramos en Kafka una propuesta con matices particulares pero con una narrativa enmarcada en la universalidad del sujeto moderno, donde se puede exponer un proceso de un mundo industrial, en cual se caracteriza por el apogeo del capitalismo en sus inicios, elaborando un sujeto que es inmanente a la realidad y es resultado de las trasformaciones sociales del medio, es términos de Kafka: “La incertidumbre iniciada por la certeza de un poder fantasmagórico, extrañamente acusador, invisible por la incapacidad de saber por qué estamos condenados, qué es necesario saber de aquello que saben sobre nosotros”.

Kafka una diatriba modernamente constituida

“Franz Kafka y la modernidad”, en el cual sugiere, precisamente, el cúmulo de reflexiones que quiero presentar ahora, diciendo textualmente: “Kafka es el drama de la identidad y de la identidad buscada”. Estanislao Zuleta.

Últimamente leí la siguiente
Historia perteneciente a una
“Historia de fe en el diablo”:
“Un clérigo poseía una voz tan
Dulce y bella, que el
Escucharla proporcionaba el
Mayor de los placeres. Un día,
Tras haber escuchado esa
Delicia, exclamó un sacerdote:
Esa no es la voz de un
Hombre, sino la voz del
Diablo. En presencia de todos
Los admiradores conjuró al
Demonio para que saliera,
Quien, en efecto, salió, tras lo
Cual el cadáver (pues era el
Diablo, y no el alma, quien
Había animado a aquel cuerpo
Humano) se derrumbó sobre
El suelo y comenzó a heder”.
Similar, totalmente similar es
La relación que existe entre la
Literatura y yo, sólo que mí
Literatura no es tan dulce
Como la voz de aquel monje.
Franz Kafka

En primera instancia lo fundamental, de la escritura de Kafka, se encuentra en la experimentación de sus personajes frente a las adversidades ejercidas en la mayor parte por las familias y los enemigos de la tradición católica con principios universales y de alta moralidad y de procedencia cultural ortodoxa. Sin olvidar, las explicaciones de Kafka al decir que todo estaba hecho y era cuestión de literatura, que lo que no fuese literatura era sumamente aburridor para su vida.
Dicha razón, se articula con la lógica de que uno de los mayores horrores de la vida era lo cotidiano, lo simplista lo estéril, como lo es: la familia, el trabajo, el hogar, la casa, el estudio rudimentario, en síntesis todo aquello que considera vacío, simple, obvio, tortuoso, melancólico, falaz, es por eso que Kafka solo podía ver su realidad a través de la literatura.

Tal como lo escribió al sentirse impotente en su vida: No tengo memoria ni para lo que aprendo ni para lo que leo, ni para lo que vivo ni para lo que oigo, ni para las personas ni para los acontecimientos, me doy a mí mismo la impresión de que no hubiera vivido nada, de que no hubiera aprendido nada, de hecho sé de la mayoría de cosas menos que los niños de una escuela de párvulos, y lo que sé lo sé tan superficialmente que a la segunda pregunta no puedo ya responder. Soy incapaz de pensar, al pensar tropiezo constantemente con limitaciones, aisladamente puedo coger al vuelo algunas cosas, pero en mí un pensamiento coherente y susceptible de desarrollo es completamente imposible. Tampoco sé narrar propiamente, ni siquiera sé hablar; cuando narro tengo una sensación como la que pudiera tener un niño pequeño que realiza sus primeros intentos de andar, pero no en respuesta de una necesidad propia, sino porque los adultos, la impecablemente andante familia, así lo quiere. (Kafka F. , Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 1977, pág. 135)

Rehusando a manifestarlo frente a su amada Felice Bauer, al mencionarle que su “anti-musa” Nada de una inclinación por la literatura, fíjate lo que te digo, queridísima Felice, nada de inclinación, sino absolutamente yo mismo. Una inclinación es cosa que puede ser extirpada o suprimida. Pero es que yo consisto en escribir. (…) Yo no tengo interés alguno por la literatura, lo que ocurre es que consisto en literatura, no soy ninguna otra cosa ni puedo serlo (Kafka F. , Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 1977, pág. 477).
Es así como encontramos en Kafka un sujeto moderno pues ya no se halla en su “Yo”, sino que busca caer en el mundo de la Literalidad, en un mundo donde no veía más allá de las letras y de su escritorio, un Kafka que balbuceaba, un personaje salido de la realidad de su contexto, socialmente rechazado pero en especial al escribir que le estaba sucediendo:

Escribo diferente de lo que hablo, hablo diferente de lo que pienso, pienso diferente de lo que debería pensar y así sucesivamente hasta la más profunda oscuridad (Kafka F. , Escritos sobre sus escritos, 1974, pág. 156).Terminando de manifestar su inconformidad al expresar: “No enseñes esta carta a nadie, ni la dejes a la vista. Sería mejor que la rompieras en pedazos, y que después los repartieras entre las gallinas del patio. No tengo secretos con las gallinas”.

Mientras en ciertos fragmentos tropezamos con un Kafka que su “Yo”, lo incita inesperadamente a esconderse de Dios, de las cosas mundanas del mundo, de los productos herméticos de la sociedad, poniendo en juego su ser, escondiéndose en la escritura y solo manifestándose en sus personajes descritos y su narraciones en medio de su familia, de la burocracia de su Praga, de los laberintos mentales en su forma de relacionarse pues nunca llega a expresarse nítidamente y solo llega a buscar pretextos para disociarse y ser convertirse en un ser considerado monstruoso en el peor de los casos.
Rememorando en estas circunstancias a un Kafka que considera que pensar no es un logro sino una infinita perdida, mostrando sus contradicciones como elementos que definen su estado patológico y psíquico. Pues llega a reconocer su estado de angustia, de pesadez, por tal motivo no encuentra satisfacciones en sus capacidades cognitivas ni de escritura, en esta forma considera que se enfrenta a una lucha desigual contra la naturaleza que es cada vez, más cruel para el hombre, mostrándolo que: “Al hombre no le es dado “no pensar” y esa es su tragedia: ir hacia el final, no le es dado “no pensar” y esa es su tragedia: ir hacia el final de cada pensamiento hasta encontrarse totalmente indefenso.
Como se puede encontrar en “El Castillo” (y también en la actitud de Josef K. en “El Proceso”), donde existe una incertidumbre de la que nadie puede socorrerlo, más que su narrativa e intelecto, tal como lo señala al indicar que cuenta con todas sus facultades modernas: El entendimiento, la imaginación, el conocimiento, la sensibilidad con el fin de lograr sus objetivos, en particular hacer de su ser el punto máximo de la literatura.
Adicionalmente se puede detectar una relación entre la tendencia existencia y el pensamiento Kafka, cuando manifiesta que la duda no es una manera de invitación para el conocimiento del mundo, sino una clara muestra de los hechos, por este sentido Dios o el ser, son un plena herida para el hombre, pues lo reprimen y solo lo llevan a estar enajenado en su forma de pensar y de consultar las ataduras del mundo.
Argumentándolo de la siguiente manera:

¿Y qué es lo que te sostiene, la idea del judaísmo o la de Dios? ¿Sientes – y eso es lo principal- vínculos ininterrumpidos entre ti y una altura o profundidad tranquilizadoramente lejana, posiblemente infinita? El que siente tal cosa constantemente no se ve en la necesidad de correr de un lado para otro como un perro perdido que, mudo, lanza a su alrededor miradas implorantes, no se ve en la necesidad de desear deslizarse en la tumba como si esta fuera un saco de dormir calientito y la vida una gélida noche de invierno, no se ve en la necesidad, cuando sube las escaleras de la oficina, de figurarse que al mismo tiempo, vacilante en la incierta luz, dándose la vuelta en la precipitación del movimiento y sacudiendo la cabeza de impaciencia, cae desde lo alto del hueco de la escalera (Kafka F. , Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 1977, pág. 283)

Por consiguiente encajar a Franz Kafka en un Josef K. o un Samsa, Josefina, Georg Bendemann y todos aquellos que viven en su vida, en sus escritos, en su pluma mordaz. En fin se puede hallar un Kafka, que conoce de arte, de estética, de especulación literaria, de cinismo pero ante todo de formular una bifurcación entre lazarse a los vacíos de su vida como literato o buscar el vacío dentro de sus cosas en sí mismo.
Es evidente que Kafka en sus escritos llegue a plantear su existencia en la disciplina de la escritura, pues hace de ella su actividad primordial es su quehacer cotidiano, llegando al punto de afirmar que si no escribe, no existe en este mundo, tal como lo expresa: Es posible que mi literatura sea una nulidad, pero igualmente seguro e indudable es, en tal caso, que yo no soy absolutamente nada. Si me reservo en este terreno, en realidad, y bien mirado, no me reservo, sino que me mato (Kafka F. , Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 1977, pág. 74).
Un contundente ejemplo los encontramos en Kafka en su cuento la Construcción, en donde el autor describe un animal subterráneo, el cual se embarca en la tarea de construir una madriguera para su habitación, pues la obra contiene como objetivo proteger y alejarlo de cualquier intruso, de alguien que sea un peligro a su alrededor, por tal razón destina todo su tiempo a dicha obra. En dicha proceso construye, bóvedas, celdas, Laberintos de entrada y salida. Pasadizos, puertas falsas y verdaderas, para poder así engañar a los posibles invasores. En fin dedica todo su vida a la construcción de esta obra, convirtiéndolo así en lo cotidiano, en su único recurso, es decir en su salvación.
En este sentido podemos apreciar la representación elaborada por el mismo:

La obra me tiene demasiado atareado. Rápidamente me he alejado de la entrada, pero pronto retorno. Busco un buen escondrijo y acecho la puerta de mi casa –esta vez desde afuera- durante días y noches. Se dirá que es estúpido, pero a mí me proporciona indecible alegría y me tranquiliza. Es como si no estuviera delante de mi casa sino delante de mí mismo, mientras duermo, como si tuviese la dicha de poder a un tiempo dormir profundamente y vigilarme en forma estricta. Hasta cierto punto no tan sólo me caracteriza la capacidad de ver los fantasmas nocturnos durante la confiada inocencia del sueño, sino también la de enfrentarlos en la realidad con la plena fuerza de la vigilia y con serenidad de juicio. Y encuentro que mi situación no es tan desesperada como creía a menudo y como probablemente volverá a parecerme cuando descienda a mi casa. En este sentido, y también en otro, pero especialmente en este, tales excursiones son realmente imprescindibles (Kafka F. , Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 1977, pág. 74)

Sin embargo, podemos resaltar que Kafka era consciente de su vida, de las interpretaciones que construía, de las aventuras espectrales e imaginarias, donde el mismo enumera como: Yo estoy tan acostumbrado a jugar con las imágenes que ni siquiera puedo renunciar a dicha costumbre en la vida real, incluso aunque las palpitaciones de mi corazón me adviertan amenazadoramente que esta vez no se trata de otra cosa que de la realidad (Kafka F. , Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 1977, pág. 74)
En síntesis podemos apreciar que Franz Kafka es un literato con un discurso propio en crisis de la modernidad, pues el mismo entra y sale de un estado de dolor, derrotas, triunfos, alegrías, desilusiones y soledades, es así como su soledad demuestra que para el Dios, crea algo que no existe más, pero que como facultad de crear, el mismo tampoco puede llegar a existir en medio de su creación.
Igualmente, llega a un límite de buscar convertir la muerte en su escudo, una bandera para seguir escribiendo sobre lo que lo intriga, es donde encontramos una anulación de intereses, es decir, Kafka odia, critica, construye, destruye el mundo del que considera pura mentira y no llega a tener el valor de reconocerlo.
Del mismo modo llega a preguntarse: ¿Dónde estoy yo, vamos a ver? ¿Quién puede verificarme a mí?, de inmediato debe responderse: Desearía poseer una mano poderosa, sin otro fin que el de sacudir como es debido esa incoherente construcción que es mi yo (Kafka F. , Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 1977, pág. 302)
Continuando con sus noches de muertes diarias, pues debe sentarse, ante su tumba que es el escritorio, haciendo uso de sus herramientas las palabras mordaces y fáltales para describir toda su literatura modernista.
Es evidente como Kafka llega a comprender los que significa la derrota, convirtiéndose así en un héroe para desafiar y romper con lo tradicional y tentar al infinito, enunciado que él no busca del mudo real felicidad, sino que busca lo que le apetece de mundo irreal…
Pronunciado que “Lo único que tengo son no sé qué fuerzas que, en condiciones normales, son capaces de concentrarse a insospechada profundidad para hacer literatura” (Kafka F. , Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo, 1977, pág. 395)
Concluyendo con una tesis demostrando su postura, su literatura, su forma de escribir, de narrar, contar, descrestar, eludir, enamorar, atraer lo cual responde y se articula a todo la categoría de la modernidad:

Creo que sólo deberíamos leer los libros que nos hieren y desgarran. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta de un mazazo en la cabeza, ¿para qué lo estamos leyendo? ¿Para qué nos haga felices como usted dice? Dios bendito, precisamente seríamos felices si no tuviéramos libros, y los libros que nos hacen felices son los que nosotros mismos podríamos escribir si fuera preciso. Pero necesitamos libros que nos afecten como si de un desastre se tratara, que nos aflijan profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como ser desterrados a los bosques lejos de todo, como un suicidio. Un libro tiene que ser el hacha que parta el mar helado que llevamos dentro. (Boorstin, 1994, pág. 613)

Por ello, en Kafka se puede considerar que su ritmo literario y su crítica es reflejo de la modernidad desboca, viral y sin sentido que ha llevado a la mayor de las crisis, la perdida de la condición humana, la explotación del hombre, la decadencia de la dignidad y en particular la duda entre el ser, el sujeto y el individuo en un contexto turbulento, complejo y lleno de fragilidad, propios de la realidad del sujeto latinoamericano y porque no de las sociedades mercantiles, patriarcales y opulentas.

Bibliografía

Boorstin, D. (1994). Los Creadores. Crítica.
Kafka, F. (1974). Escritos sobre sus escritos. Barcelona: Anagrama.
Kafka, F. (1977). Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo. Madrid: Alianza.
Kafka, F. (1980). “Resoluciones”, en La condena. Madrid: Alianza.
Kafka, F. (1980). Los árboles en La condena. Madrid: Alianza.
Kafka, F. (1983). Diarios (1910-1913). Barcelona: Bruguera.

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