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Permanencia y actualidad del pensamiento marxista en la historiografía

José Roberto Conde Morales

Año 0, No. 4, mayo 2014

Marx se sitúa en la historia con el sólido
Aplomo de un gigante: no es un místico
Ni un metafísico positivista:
Es un historiador, un intérprete de los documentos
Del pasado, pero de todos los documentos,
No sólo de una parte de ellos.
(Antonio Gramsci)

Si fuera el marxismo no más que un pensamiento construido durante el siglo XIX, no más que la obra e ideas de un autor muerto hace ya más de 130 años, no habría tanta resistencia en el mundo por parte de los ideólogos del capitalismo actual a los conceptos que dicho pensamiento propone. Tan actual como el capitalismo, es el pensamiento de este filósofo, economista, sociólogo e intelectual que legó a la humanidad las bases de una construcción de mundo originadas a través del estudio del pasado y el presente. La reticencia a dicho pensamiento por aquellos que defienden el modo de ser del mundo moderno esconde en su interior un temor.
Fue el siglo XIX la época de las grandes revoluciones, la era del capital como la identificó Eric Hobsbawm. Grandes adelantos tecnológicos y científicos se mezclan en la escritura que sobre este siglo se ha hecho. Pero de igual forma, fue la época de los movimientos sociales más sobresalientes en Europa, así como el momento en el que el capitalismo apareció en la historia con su fuerza creadora de modernidad. Nuevos actores sociales saltan a la vista desde la génesis de este periodo; a menudo se le ve como una era en la que la burguesía se encontró ya consolidada, al mismo tiempo que se hace notar la figura de un actor de relevancia en la historia: el capitalista. Sin embargo, el siglo XIX se caracteriza por la presencia de una nueva clase, la más revolucionaria de la historia: la clase obrera.
La aparición de esta clase ha sido una de las condiciones para que naciera una nueva forma de concebir la historia de las sociedades. Me refiero al materialismo histórico. Es precisamente sobre este modelo y sobre la influencia que Marx ha tenido en la historia que se basa este ensayo. La aportación de este pensador a las ciencias sociales es de relevancia ya que gracias a sus conceptos y modelos devino una nueva concepción metodológica en el campo del estudio de las relaciones humanas. Siguiendo a Eric Hobsbawm se tratará de definir cuáles fueron las aportaciones de Marx a los historiadores para saber, como este autor titula uno de sus ensayos, qué le deben los historiadores a Karl Marx. También se usarán a autores como Carlos Antonio Aguirre y Adolfo Sánchez Vázquez para esclarecer cuál es la importancia y actualidad de Marx en nuestra disciplina. El trabajo que se presenta en esta ocasión se conforma por dos apartados que forman parte de un trabajo más grande que girará en torno a la obra de Bolívar Echeverría y su influencia en la construcción de una historia cultural con una fuerte base marxista. Partiremos de lo escrito en dos obras. La primera se trata del libro Sobre la historia, del historiador británico Eric Hobsbawm; y la segunda es el libro titulado Retratos para la historia, de Carlos Antonio Aguirre. Qué dice el primer autor sobre la influencia de Marx.

Sobre lo que los historiadores le deben a Marx

Durante el siglo XIX los grandes logros intelectuales al parecer no se dieron en la disciplina de la historia. Estos fueron canalizados en otras áreas del saber cómo se dio en el caso de la filosofía, la antropología y de la sociología en especial. Fue el momento en el que la historia Rankeana estuvo en su mayor apogeo, con su premisa de objetividad y con la idea fundamental de conocer la historia tal y como fue. Esta pretendida objetividad científica ocultaba una intención de fondo que iba más allá de presentar a la historia como una más de las ciencias comparables a las ciencias naturales. Su función real, como lo dice Josep Fontana, era la de “servir, por un lado, para la educación de las clases dominantes y, por otro, para la producción de una visión de la historia nacional que se pudiera difundir al conjunto de la población a través de la escuela.” (Fontana: 2002, p.9) A pesar del cientificismo con el que la historia quería ser asociada, puede apreciarse que su función no se alejaba tanto de la vieja postura de la historia como maestra de vida. Seguía siendo la historia de los grandes hombres, de la política, de las batallas, etc.; que serviría de ejemplo a las clases que contaran con las condiciones favorables de recibir instrucción para construir normas ético-morales. A esto se le sumaba en ese momento la utilidad de ser instrumento de legitimación y dominio por parte de los nacientes Estados nación.
Sin embargo, Hobsbawm apunta a que si bien la historia daba un paso atrás en cuanto a lo que debería de ser su función real dentro de la sociedad, esto es el conocimiento de las relaciones sociales dentro del marco de lo humano, tenía algunos puntos favorables como fue la implementación de nuevas técnicas de investigación. La historia académica de este periodo hizo bien en dejar atrás ciertas generalizaciones apoyadas de forma insuficiente en hechos o respaldadas en hechos poco fidedignos.

“En cambio, concentró todos sus esfuerzos en la tarea de determinar los <<hechos>> y de esta manera aportó poco a la historia, excepto una serie de criterios empíricos para valorar ciertas clases de documentos (por ejemplo, registros manuscritos de acontecimientos en los que intervino la decisión consciente de individuos influyentes) y las técnicas auxiliares necesarias para este fin.” (Hobsbawn: 2004, p. 148)

Podemos ver que metodológicamente esta historia sí aportaba algo nuevo en cuanto al trato de las fuentes. Pero a su vez, basaba las investigaciones tan sólo en la disponibilidad de los documentos con los que se contaba. Por ese lado se encontró limitada en su campo de estudio ya que era hasta cierto punto imposible realizar una investigación si para ello no se contaba con el suficiente material disponible. La historia en ese momento tan sólo se encontraba en las fuentes, en la impronta que el pasado dejaba como huellas materiales.
A pesar de esto, no sólo las fuentes determinaban lo que el investigador estudiaba. Dentro de la historia académica existió la tendencia hacia la discriminación de ciertos temas que podían ser vistos como poco merecedores de tiempo de estudio. No se concentraban en la <<historia de los acontecimientos>> y metodológicamente se inclinaban hacía la utilización de la cronología para dar soporte y coherencia sus narraciones. Los temas en los que no existía lo que puede llamarse una perspectiva histórica basada en la génesis y finitud de un proceso dentro de la historia eran poco abordados. Nos dice Hobsbawm que aunque los temas no se limitaban a la historia de la política, de la guerra y la diplomacia, sí se veía en estas historias el conjunto central de los acontecimientos a los que el historiador debía de prestar mayor atención. A esto el autor lo llama la “Historia en singular.” (Hobsbawn: 2004, p. 149) Partiendo de estos temas y siéndolos tratados con erudición y con una metodología proveniente de otras áreas, podían desprenderse para formar otro tipo de historias a las que simplemente se les calificaba como historia económica, historia eclesiástica, historia cultural, historia del arte, etc. Este tipo de historias eran tratadas al margen de una historia general y, por lo mismo, su relación con ella no parecía la apropiada con el cuerpo central.
Tratándose del siglo XIX no se puede dejar de lado la increíble influencia que el positivismo tuvo en los historiadores y en los científicos sociales en general. Hobsbawm habla en su ensayo ¿Qué deben los historiadores a Karl Marx? de la existencia de una “inocencia” por parte de los historiadores. Indica que es muy probable que estos no se dieran cuenta de que su positivismo, conformado hombres que así como aceptaban que ciertos temas eran relevantes (la política, lo militar y la diplomacia) y que veían como zonas de estudio tan sólo a la Europa occidental y central, de igual forma aceptaban ideas del positivismo de manera poco crítica, como las ideas del “pensamiento científico popularizado, por ejemplo, que las hipótesis surgen automáticamente del estudio de los <<hechos>>; y que la explicación consiste en un conjunto de cadenas de causa y efecto, o los conceptos del determinismo, la evolución y así sucesivamente. Daban por sentado que del mismo modo que la erudición científica podía determinar el texto y la sucesión definitiva de los documentos que publicaban en complejas e inapreciables series de volúmenes, también determinaría la verdad terminada de la historia.” (Ibíd.)
Tomando en cuenta la situación de la historia en ese momento la idea del autor es la de buscar qué otras formas fructíferas salieron a relucir en cuanto a la exploración del pasado. Incluso en aquella época en la que los conceptos de las ciencias humanas se encontraban en plena formación y realización, la historia, como lo dice Hobsbawm, se encontraba atrasadísima e incluso, el autor nos menciona, esto podría ser casi de forma deliberada. Las aportaciones que la historia daba a la comprensión de las relaciones humanas, las pasadas como las presentes, carecían de un verdadero significado o incluso tan sólo eran accidentales. Por esto mismo, tenían que darse otro tipo de soluciones en cuanto al estudio del pasado; soluciones que dejaran tras de sí las viejas normas académicas de la época. Hobsbawm encuentra nuevos aires que venían a revivir la forma del estudio del pasado en el pensamiento de Karl Marx.
Más o menos cien años después de la partida de Ranke ya eran visibles ciertas posiciones en la historia que eran contrarias a la concepción de éste alemán. El autor de Historia del siglo XX, cita a Arnaldo Momigliano para resumir algunas de las transiciones que la disciplina ha sufrido. Para la década de los cincuenta el estudio de la historia se inclinaba hacia las siguientes tendencias:
1) L a historia política y religiosa había decaído de forma acusada, a las vez que las <<historias nacionales parecen anticuadas>>. A cambio de ello se había producido una notable curva a la historia socioeconómica.
2) Ya no era habitual, o, mejor dicho, fácil, utilizar <<ideas>>como explicación de la historia.
3) Las explicaciones predominantes se daban ahora <<en términos de fuerzas sociales>> aunque esto planteaba de forma más aguda que en tiempos de Ranke el asunto de la relación entre la explicación de acontecimientos históricos y la explicación de acciones individuales.
4) Ahora (1954) resultaba difícil hablar de progreso o siquiera de evolución con sentido de los acontecimientos en cierta dirección (Hobsbawm: 2004, pp. 149-150)

Estos cambios provenían ya de una fuerte tradición materialista dada desde mediados del siglo XIX. Durante todo este siglo se vivió una confrontación entre científicos de tendencias progresistas y otros de posición conservadora. Los primeros trataron de enfocar las investigaciones desde un marco materialista, mientras que los segundos seguían aferrados al idealismo. Una preponderancia de la posición progresista es la que inclinó la balanza hacia los estudios económicos sociales. Las historias de tono idealista, como la política, empezaron a ya no tener la misma fuerza ni a llamar tanto la atención de los estudiosos. Lo que importaba a la historia a mediados del siglo XIX era el <<problema social>> y este dominó la historiografía del momento. De forma alegórica, Hobsbawm compara este paso de una postura a otra con una batalla:

“Obviamente, tomar las fortalezas de las facultades universitarias y escuelas de archivos requirió bastante más tiempo del que supusieron los enciclopedistas entusiásticos. En 1914 las fuerzas atacantes habían ocupado poco más que los puestos periféricos de la <<historia económica>> y la sociología de orientación histórica y los defensores no tuvieron que emprender una retirada total –aunque de modo alguno fueron derrotados- hasta después de la segunda guerra mundial. No obstante, el carácter y el triunfo generales del movimiento contrario a Ranke no se ponen en duda.” (Ibídem.)

Era este un momento transcendental en la historia debido a su importancia conceptual metodológica. En el modo del estudio de la historia desde la corriente idealista, la importancia del individuo y de sus creaciones mentales seguía teniendo determinando a los procesos mismos. Desde el materialismo, esto venía a subvertirse. Las fases tenían su coherencia desde las relaciones sociales y, en especial, desde la concepción de Marx, desde las relaciones de producción existentes en la sociedad.
Esto último lleva a la cuestión central del tema. Si la historia se encontraba en una situación de atraso, incluso con respectos a esos criterios nacientes de las ciencias del siglo XIX, y no existía un tipo de relevancia en sus estudios que fuera sustento de un conocimiento apropiado de la sociedad, ¿qué lleva a que en el transcurso del siglo XIX al XX la historia empiece a tener una mayor participación en el estudio y conocimiento de las relaciones humanas? Eric Hobsbawm se hace dos preguntas: ¿Hasta qué punto esta nueva orientación se ha debido a la influencia marxista? Y ¿De qué manera la influencia marxista sigue contribuyendo a ella?
El autor contesta que no cabe duda de que el marxismo tuvo una temprana influencia en la historia. Sin embargo, no puede dejar de lado la existencia de la otra corriente fuerte de la época: el positivismo. Este apuntó de igual forma a una reconstrucción de la historia. Su aporte fue el de introducir conceptos, métodos y modelos de la ciencias naturales en la investigación social y el de aplicar a la historia los descubrimientos de las ciencias naturales que parecían adecuados. Se trataba de usar un tipo de analogía entre los descubrimientos dados en áreas como la geología o la biología, como es el caso del evolucionismo de Darwin, y la historia. Se trató de ver en la teoría de la evolución un modelo de cambio histórico, esto influenciado a partir de 1859 con el Darwinismo. Pero al final, ver a la historia desde esta teoría resultaba limitado ya que se convertía en un modelo muy esquemático e insuficiente. Sin dejar de lado la importancia de esta escuela positivista, puede apreciarse una cierta debilidad en su manera de tratar a las ciencias sociales. Hobsbawm explica cuál fue su punto débil:

“La debilidad del positivismo (o del Positivismo) fue que, a pesar de que Comte estaba convencido de que la sociología era la más elevada de las ciencias, tenía poco que decir acerca de los fenómenos que caracterizan a la sociedad humana, a diferencia de los que podían derivarse directamente de la influencia de factores no sociales o tener por modelo a las ciencias naturales. Las opiniones que tenía sobre el carácter humano de la historia eran especulativas, cuando no metafísicas.” (Ibíd: p. 151)

Así pues, el ímpetu principal para la transformación de la historia provino de las ciencias sociales con inclinación histórica como la economía. Y sin lugar a dudas, bastante tuvo que ver la influencia de Marx. Fue tanta la admiración y el reconocimiento por este autor que a menudo se le atribuyeron logros que el mismo Marx no veía como concepciones propias:

“El materialismo histórico se calificaba habitualmente – a veces por parte de los mismos marxistas- de <<determinismo económico>>. Aparte de negar esta expresión, es seguro que Marx también hubiera negado que él fuese el primero en recalcar la importancia de la base económica del desarrollo histórico, o en escribir la historia de la humanidad como la de una sucesión de sistemas socioeconómicos. Desde luego, negó la originalidad al introducir el concepto de clase y de lucha de clases en la historia, pero fue en vano.” (Ídem).

Dentro del marxismo, Hobsbawm identifica dos clases de posiciones con respecto a los conceptos que se utilizan para la explicación de la historia: una es la del marxismo vulgar en la que las ideas son sencillas y no son necesariamente de Marx; y la otra, la del marxismo propiamente dicho como aquel que surge del pensamiento maduro de Marx. A continuación se enumerarán las ideas del marxismo vulgar:
1) La <<interpretación económica de la historia>>, esto es, la creencia de que <<el factor económico es la base fundamental de que dependen los demás>> (según dice R. Stammler): y, de modo más específico, del cual dependían fenómenos que hasta ahora no se consideraban muy relacionados con asuntos económicos.
2) El modelo de <<base y superestructura>> (que se usa para generalizar la forma de explicar la historia de las ideas). A pesar de las advertencias de los propios Marx Y Engels y las observaciones de algunos de los primeros marxistas, por ejemplo; Labriola, este modelo solía interpretarse como una simple relación de dominio y dependencia entre la <<base económica>> y la <<superestructura>>.
3) <<El interés de clase y la lucha de clases>> Uno tiene la impresión de que varios historiadores marxistas vulgares no leyeron mucho más allá de la primera página del Manifiesto comunista, y la frase de que <<la historia (escrita) de todas las sociedades que han existido hasta ahora es la historia de la lucha de clases>>.
4) <<Las leyes históricas y la inevitabilidad histórica. >> Se creía, acertadamente, que Marx insistía en una evolución sistemática y necesaria de la sociedad humana en la historia, la cual se excluía en gran parte lo contingente, en todo caso en el nivel de la generalización sobre los movimientos a largo plazo. De ahí la constante preocupación de los primeros escritores sobre historia marxista se han preocupado por problemas como el papel del individuo o de la casualidad en la historia. Por otro lado, esto podía interpretarse –y así se hacía en parte- como una regularidad rígida e impuesta, por ejemplo; en la sucesión de formaciones socioeconómicas, o incluso un determinismo mecánico que a veces se acercaba a sugerir que no había ninguna alternativa en la historia.
5) Temas específicos de la investigación histórica que se derivaban de los intereses del propio Marx: veamos, el interés por la historia del desarrollo capitalista y la industrialización, pero, a veces, de comentarios más o menos fortuitos.
6) Temas específicos de la investigación que se derivaban no tanto de Marx como del interés de los movimientos asociados con su teoría: por ejemplo, el interés por la agitación de las clases oprimidas (campesinos, obreros), o por las revoluciones.
7) Varias observaciones sobre la naturaleza y los límites de la historiografía, que se derivaban principalmente del número 2 y servían para explicar los motivos y los métodos de los historiadores que afirmaban no ser nada más que buscadores de la verdad y se enorgullecían de determinar sencillamente wie es eigentlichgewesen (Ibídem., pp. 152-153).
Como puede apreciarse, la integración de estos elementos a la investigación histórica vino a provocar una reconstrucción de la misma. El hacer una interpretación económica de la historia provocaba un movimiento contrario, la tendencia de hacer investigaciones en las que el factor político y la acción de las ideas de los hombres daban forma a toda una realidad histórica; lo económico se establecía como centro del cual salían todas las demás manifestaciones de la relación entre los humanos en la sociedad. El modelo de base y superestructura servía para explicar la relación entre los modos de producción existentes hasta el momento y la forma en la que la sociedad reaccionó ante ellos a través de la implementación de un cierto orden coherente y proveniente del mismo modo de producción. Conceptos como la lucha de clases ayudaban a explicar la existencia de tensiones dentro de la relación de las fuerzas de producción y las relaciones de producción existentes en los modos (esclavismo, feudalismo, capitalismo). En cuanto a la inevitabilidad histórica, se creía que desde la teoría de Marx era apreciable la idea de que todo fluye en la historia de una manera lógica; las contradicciones existentes en los modos de producción por sí mismas venían a revolucionar el orden y a crear uno nuevo, la historia tenía un fin determinado. Estás ideas fueron aplicadas al conocimiento histórico y fueron vistas como influencia directa de Marx, pero, como ya se ha comentado arriba, no necesariamente eran originales del pensamiento de este autor. Cabe recordar que la idea de la interpretación económica de la historia tiene raíces muy antiguas que se remontan hasta pensadores como Aristóteles. Él fue el primero en darse cuenta de la existencia del vínculo entre lo que los hombres producían y la forma de funcionar de la sociedad.
A pesar de esto, Hobsbawm no deja pasar de largo un punto importante de estas ideas con relación a la historia:

“Esta selección de elementos del marxismo o asociados con él no fue arbitraria. Los elementos 1-4 y 7 del breve resumen del marxismo vulgar que acabamos de hacer representaban cargas concentradas de explosivo intelectual creadas para volar partes importantísimas delas fortificaciones de la historia tradicional, y, como tales, eran inmensamente potentes; tal vez más potentes de lo que hubieran sido versiones menos simplificadas del materialismo histórico y, desde luego, suficientemente potentes en su capacidad de dejar entrar la luz en lugares hasta ahora oscuros, para tener a los historiadores satisfechos durante mucho tiempo.” (Idem., p. 153)

La tendencia del marxismo es la de transformar a la historia en una ciencia social. Y se ve como principal aportación la crítica que hace al positivismo, el cual buscaba un enlace entro lo social y lo natural, entre lo humano y lo no humano. Hobsbawm explica este punto de la siguiente manera:

“Esto entraña el reconocimiento de las sociedades como sistemas de relaciones entre seres humanos, de las cuales las que se establecen para fines de producción y reproducción son principales para Marx. También entraña el análisis de la estructura y el funcionamiento de estos sistemas como entes que se mantienen, tanto en sus relaciones con el entorno exterior –no humano y humano- como en sus relaciones internas. El marxismo está muy lejos de ser la única teoría estructural-funcionalista de la sociedad,(…)pero difiere de la mayoría de las demás en dos cosas. Insiste, en primer lugar, en una jerarquía de fenómenos sociales (como, por ejemplo, la <<base>> y la <<superestructura>>), y, en segundo lugar, en que en toda la sociedad existen tensiones internas (<<contradicciones>>) que contrarrestan la tendencia del sistema a mantenerse como empresa en marcha.” (Ibídem.,pp. 154-155)

Son estas particularidades del marxismo las que en la historia sirven para explicar la evolución social; el cómo y por qué de los cambios y transformaciones de la sociedad. Hobsbawm menciona que la inmensa fuerza de Marx radica en la existencia de la insistencia por parte del autor en una estructura social y en la historicidad de la misma. Esto es, a grandes rasgos, su dinámica interna de cambio. Esto es importante debido a la tendencia en la actualidad de aceptar la existencia de sistemas sociales sin tomar en cuenta su historicidad. Tales sistemas no son resultado de una generación espontánea, sino de un proceso histórico que involucra necesariamente al cambio.
En cuanto a este punto, sobre los estudios antihistóricos, el marxismo entraña dos críticas importantes a estas teorías que predominan en las ciencias sociales. La primera va contra la forma mecanicista y la segunda contra las teorías estructurales-funcionales.
Parafraseando a Hobsbawm, podemos apreciar que la primera crítica va contra el mecanismo. Esta teoría últimamente ha influenciado a gran parte de los estudios sociales, especialmente en los Estados Unidos, y recibe su fuerza de la fecundidad de depurados modelos mecánicos provenientes de la actual fase de desarrollo científico y de la búsqueda de métodos para alcanzar el cambio en la sociedad por otros medios que no sean necesariamente una revolución social. Debido a la cantidad de dinero y a las tecnologías que los países avanzados llegan a invertir en el campo social, este tipo de <<ingeniería social>> llega a ser muy llamativa; se le llega a ver como teorías que en esencia son ejercicios para la <<resolución de problemas>>. Estos modelos son rudimentarios y primitivos incluso comparados con los aplicados en las ciencias sociales durante el siglo XIX. De esta manera, muchos científicos sociales, ya sea de modo consciente o de facto, reducen todo el proceso de la historia al cambio social de la sociedad tradicional a la moderna o industrial. Esta sociedad moderna se traduce en los términos de los países industriales avanzados, incluso en lo que se refiere al caso de los Estados Unidos a mediados del siglo XIX, y la tradicional a los países que carecen de modernidad. Lo que hacen los científicos sociales en la práctica es que, de este paso único, se sacan subdivisiones más pequeñas insertas en el cambio de sociedad. Lo que este modelo hace es simplificar los mecanismos de cambio histórico incluso para tratar este breve periodo de tiempo.
La segunda crítica se enfoca a las teorías estructurales-funcionales, que, inmensamente más depuradas que la mecánica, en algunos aspectos resultan más estériles debido a que llegan a negar la historicidad totalmente o a convertirla en otra cosa. Estos puntos de vista son de importancia ya que incluso llegan a liberar al marxismo de ataduras propias del siglo XIX como son los conceptos de evolución y de progreso. Pero la pregunta es por qué debería de seguirse esta tendencia liberadora. El propio Marx fue visto como el descubridor de la ley de la evolución social. Marx no hubiera deseado que su teoría fuera desarticulada de estos conceptos. Esto Hobsbawm lo explica de la siguiente forma:

“La cuestión fundamental en historia entraña el descubrimiento de un mecanismo tanto para la diferenciación de varios grupos sociales humanos como para la transformación de un tipo de sociedad en otro, o la falta de tal descubrimiento. En ciertas cosas que los marxistas y el sentido común consideran cruciales, como, por ejemplo, el control que el hombre ejerce sobre la naturaleza, entraña, desde luego, cambio o progreso unidireccional, al menos durante un periodo suficientemente largo. Mientras que no supongamos que los mecanismos de tal evolución social son los mismos que los de la evolución biológica, o semejantes a ellos, parece que no hay ninguna buena razón para abstenerse de utilizar la palabra <<evolución>> para referirnos a ello.” (Idem.,p. 156)

Las teorías estructurales-funcionales se encuentran en desacuerdo con el marxismo en dos puntos. El primero incumbe al juicio de valor sobre diferentes tipos de sociedades; a la posibilidad de clasificarlas en cualquier tipo de orden jerárquico y acerca de los mecanismos de cambio. Los estructuralistas no aceptan, por razones válidas, la idea de clasificar a las sociedades en superiores e inferiores; esto debido a que en la sociedad no debería de ser descrita desde la postura en la que existen unos civilizados que estan por encima y gobiernen a los bárbaros desde una idea de superioridad fundamentada en la evolución social. Desde un punto de vista funcional, para éste tipo de científico, no existe una jerarquía como tal en las sociedades, debido a que cada una de ellas cuenta con la capacidad de satisfacer sus necesidades y tienen sus propias formas de organización que funcionan de manera correcta dentro de ellas.

“Los esquimales resuelven los problemas de su existencia como grupo social tan bien a su manera como los habitantes blancos de Alaska, y algunos estarían tentados a decir que mejor. En ciertas circunstancias y según ciertos supuestos, el pensamiento mágico puede ser tan lógico a su modo como el pensamiento científico e igualmente apropiado para su fin. Y así sucesivamente.” (Ibíd.: pp. 156-157)

A pesar de la valides de dichas observaciones, éstas teorías se ven limitadas en cuanto no puedan aportar al historiador, o a otros científicos sociales, una manera de explicar el contenido específico de un sistema; lo que hacen es dar a conocer la estructura general del sistema. Todas las sociedades para existir deben de ser capaces de administrarse de manera adecuada, de lo contrario desaparecerían; al existir sociedades, se aprecia claramente que han logrado este último cometido. Lo que el marxismo critica en cuanto al estudio de las sociedades desde el análisis de sus comportamientos es que al compararlas tan sólo desde sus relaciones internas entre los miembros se están comparando cosas iguales. La diferencia viene cuando se compara la forma en que dichas sociedades se relacionan con la naturaleza exterior; es su capacidad de controlar y transformar la naturaleza, es ahí cuando surgen las diferencias. De este modo, es inevitable que surjan las clasificaciones y los niveles si se estudian en cuanto a los rasgos distintivos de evolución social de cada una de las sociedades. Esto claro no justifica el control de una sobre otra, pero sí lo explica.
La segunda discrepancia encierra un punto fundamental. La mayoría de las teorías estructuralistas- funcionales son sincrónicas, y, por lo mismo, resultan inclinarse hacia lo estático en la sociedad. El elemento dinámico que llegue a explicar el cambio ya depende de cada pensador. Es común entre ellos, la idea de que un mismo análisis no llegue a explicar el cambio y la función de la sociedad.” El camino más sencillo para el estructuralista consiste en omitir ese cambio y dejar que de la historia se ocupe otro, o incluso, como alguno de los anteriores antropólogos sociales británicos, negar virtualmente su pertinencia. Sin embargo, dado que existe, el estructuralismo debe encontrar maneras de explicarlo.” (Ibídem., p. 157)
Hobsbawm dice que estás maneras del estructuralismo bien deberían de acercarlo más al marxismo o, de plano, dejar el cambio evolutivo. Ve en la teoría de Lévi Strauss una tendencia más hacia la segunda postura.

“Aquí el cambio histórico se convierte sencillamente en la permutación y combinación de ciertos <<elementos>> (…) de los cuales cabe esperar que, en un plazo suficientemente largo, se combinen para formar pautas diferentes y, si son suficientemente limitados, agotar las posibles combinaciones. La historia es, por así decirlo, el proceso de agotar todas las variantes en la etapa final de una partida de ajedrez. Pero ¿en qué orden? En este caso la teoría no nos proporciona ninguna orientación.” (Ibídem., p. 157-158)

Sin embargo, el marxismo sí trata de dar respuesta al problema de la evolución social. Y es esto lo que diferencia a Marx de otros estructuralistas-funcionales. En el pensamiento de Marx deben de tomarse en cuenta dos peculiaridades en su teoría: el modelo de los niveles, en el que resalta el de las relaciones de producción como principal, y la peculiaridad de la existencia de contradicciones internas dentro de los sistemas, en el cual el conflicto de clases es tan sólo un caso especial.
La jerarquía de niveles explica por qué la historia tiene una dirección. La progresiva emancipación del hombre con respecto a la naturaleza, el control y transformación de la misma, es lo que ha dado el carácter de orientada e irreversible a la historia en su conjunto. El proceso y progreso del control por parte del ser humano de la naturaleza no sólo entrañan cambios en las fuerzas de producción, sino que también en las relaciones sociales de producción. Estos cambios se dan a la par, son inseparables; es de esta unión que se crea cierto orden de la sucesión de sistemas socioeconómicos. Porque si algo tiene como característico el pensamiento histórico de Marx es el no ser ni propiamente sociológico ni solamente económico, sino ambas cosas a la vez. En esta orientación de la evolución histórica es donde se dan las contradicciones al interior de los sistemas socioeconómicos que proporcionan los mecanismos de cambio que se convierten en evolución. Hobsbawm señala la importancia de tales contradicciones:

“Lo importante de tales contradicciones internas es que no pueden definirse sencillamente como <<disfunciones>> excepto basándose en el supuesto de que la estabilidad y la permanencia son la norma y el cambio es la excepción; o incluso en el supuesto más ingenuo, frecuente en las ciencias sociales vulgares, de que un sistema específico es el modelo al que aspira todo cambio. Se trata más bien de que, como ahora reconocen los antropólogos sociales de forma mucho más generalizada que antes, un modelo estructural que prevea sólo el mantenimiento de un sistema es insuficiente. Es la existencia simultánea de elementos estabilizadores y perturbadores lo que debe reflejar tal modelo. Y es en esto en lo que se ha basado el modelo marxista, aunque no las versiones marxistas vulgares del mismo.” (Ibídem., p. 159)

Como conclusión de lo escrito por Hobsbawm podemos asegurar que la influencia de las ideas y concepciones históricas de Marx entre los historiadores no se pone en duda. Tal fue la fuerza de su pensamiento, y lo sigue siendo, que ayudó a la transformación de la historia de manera determinante. Si la historia en el siglo XIX se veía como atrasada e incapaz de proporcionar explicaciones de la sociedad que promovieran una visión más amplia del pasado humano, con el marxismo se descubrió toda una dinámica dentro de los procesos históricos que ya no se encontraban necesariamente conectados con la influencia de los individuos y sus ideas, sino a fuerzas que estaban más allá del hombre como ser capaz de crear historia. Lo social y lo económico tomó su papel relevante en los procesos históricos. Las fuerzas productivas y la relación de producción existente vinieron a dar nuevos aires a una historia que había caído en la mediocridad.

Lecciones para la historia crítica

Cómo se aterriza el pensamiento marxista en la construcción de una historia diferente, sin remanentes de la historia positivista, ya decimonónica en realidad; una historia en la que el ser humano, o mejor dicho, la sociedad actual se reconozca de una manera autónoma, ya sin todas esas máscaras con las que se le trata de disfrazar para la legitimización de un sistema o de una ideología dominante; una historia que parta de la crítica real: historia no sólo de los ganadores y de su proyecto civilizatorio, sino también, siguiendo a Benjamin, una historia de todos aquellos proyectos que fueron vencidos, más no eliminados. Ésta es la cuestión que debe ser abordada.
Es indudable que a pesar de la reticencia existente en la actualidad en cuanto a la vigencia del pensamiento de Marx, las ciencias sociales en general, y la historia en particular, aún ven como horizonte intelectual la creación de este pensador. No existe pensamiento en la actualidad dentro del estudio social que no se apoye en Marx, ya sea como trabajo intelectual con influencia marxista o pensamiento científico social crítico de las ideas planteadas por él. Incluso en las ideas del pensamiento de derecha existen críticas o pseudocríticas basadas en una mala lectura que intentan deslegitimar el trabajo de Marx; esto, claro está, con toda falta de inocencia y con una meta particular de una clase.
Tomando en cuenta la pregunta arriba mencionada cabe referirnos a la importancia vigente de este pensamiento. Si Marx veía a la historia como la ciencia más importante, única ciencia de lo social humano en el tiempo, debemos tomar como punto de partita cuáles son las lecciones de este pensador. ¿Qué clase de herramientas conceptuales nos aporta su obra para la construcción de una historia crítica?
Ya hemos examinado con la ayuda de Hobsbawm la forma en la que el marxismo llegó a mediados del siglo XIX a revolucionar a la ciencia histórica con la introducción de los estudios con carácter social en detrimento de la historia positivista con aires de cientificismo no del todo acorde al estudio de lo referente a lo humano. Lo que comienza de forma aislada y tímida a mediados del siglo antepasado, irá tomando fuerza a lo largo del siglo XX corto con la división del mundo en los dos grandes bloques económicos e ideológicos (Hobsbawm: 1995, p. 614). De igual forma, van reafirmándose al mismo tiempo las posturas contrarias a lo que se conoce con el nombre de Materialismo histórico e incluso, como ocurre en el periodo conocido como crisis de la historia, a la historia en general. Ya esto será abordado en siguientes capítulos.
Para abordar las lecciones que el pensamiento de Marx puede dar a la historia es necesario el deshacernos de las ideas provenientes de las lecturas mal interpretadas de la obra de nuestro autor. Lo que se conoce como Marxismo vulgar es sin lugar a dudas uno de los puntos débiles en el utillaje mental de los historiadores dogmáticamente marxistas. Para contrarrestar tal tendencia es importante el encontrar y analizar los conceptos provenientes del marxismo profundo, aquel que emana del pensamiento maduro de Marx. Carlos Antonio Aguirre Rojas, en su libro Retratos para la historia (Aguirre: 2006, pp.5-29), enumera cuáles son las lecciones que nuestro autor nos da para la elaboración de una historia crítica que refleje la realidad de lo social.
Comienza planteando el pensamiento marxista como horizonte intelectual de las ciencias sociales en general. La manera en la que dicho horizonte sirve de guía a la investigación histórica toma forma en siete conceptos que se encuentran de manera intrínseca en la obra de Marx y que se ubican fuera de lo que Carlos Antonio Aguirre ve como una crisis del episteme parcelado en el que se encuentra la historia; entendida esta crisis como la imposibilidad de encontrar en la historia una totalidad.
La primera lección del pensamiento de Marx se refiere al estatuto mismo de la historia. El trabajo del historiador, así como sus resultados, se encuentran encaminados hacia la consolidación de una ciencia de la historia. Pero no en el sentido dado anteriormente en el que la historia se acercara por semejanza a las ciencias naturales. La historia debe englobar en su discurso a todas las actividades, aspectos y relaciones sociales que son estudiados en ese territorio de las llamadas ciencias sociales y que indudablemente se encuentran ya sea en el presente o pasado de los hombres. “Ciencia de la historia que entonces, y concebida en esta vasta dimensión, es para Marx una historia necesariamente global, una historia que posee la amplitud misma de lo social- humano en el tiempo, considerado en todas sus expresiones y manifestaciones posibles.” (Ibíd., p. 10) Si la historia no es entendida de dicha forma global se cae en la parcelación ya mencionada, esto es, en la pretensión de una historia ensimismada, carente de vínculos conceptuales y metodológicos con otras ramas de la investigación social. Esto deja al historiador como mero anticuario, recolector y coleccionador de datos y hechos aislados.
La mera descripción y narración de un acontecimiento, sin importar qué tan bien documentadas se encuentren, no alcanzan el estatuto de ciencia. Se queda en la estratósfera de la erudición y la clasificación; en el mero conocimiento de datos y fechas carentes de sentido en una investigación que pretende ser científica. En cambio, la ciencia engloba otros sentidos. Aguirre Rojas los esclarece de esta manera:

“la idea de ciencia conlleva necesariamente la de existencia de todo un aparato categorial y conceptual específico, organizado de una determinada manera, a través de modelos y teorías de orden general, y que busca y recolecta dichos hechos y acontecimientos históricos, para ensamblarlos e insertarlos dentro de explicaciones científicas comprehensivas, y dentro de modelos de distinto orden de generalidad, que definen tendencias de comportamiento de los procesos sociales, y regularidades de las líneas evolutivas de las sociedades, a la vez que dotan de sentido y de significación a esos mismos sucesos y fenómenos históricos particulares.” (Ibídem. P. 11)

Sin embargo, no se debe de caer en el mero ejercicio de ensamblar la realidad en la teoría o la explicación científica. Debe de existir un juego mutuo en dicho proceso. En el proceso de investigación no deben de existir formulas apriorísticas en las que el conocimiento se va construyendo a partir del seguimiento de modelos invariables con los cuáles éste mismo conocimiento sea insertado en las categorías aceptadas o establecidas por determinada teoría. Es el error en el que cae el marxismo vulgar, en el cual no se acepta la subversión de sus conceptos. Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en la forma de ver la historia desde el determinismo económico o por la mera lucha de clases; así como en la noción reaccionaria de seguir el modelo de estructura y superestructura de forma dogmática. Pero esto será abordado en los siguientes párrafos.
La misma historiografía, entendida como esa especie de historia de la escritura de la historia, da el ejemplo básico de la concepción científica de la historia. En ella se encuentran inmersos los diferentes cambios que ha tenido el proceso de la construcción del conocimiento del pasado: diferentes tradiciones intelectuales; paradigmas emblemáticos de una época en cuanto a la escritura de lo ya acontecido; debates de orden teórico en cuanto al pasado y su posibilidad epistemológica; los modelos teóricos y metodológicos que han sido aplicados en el tiempo, etc. Dicha historiografía demuestra que el saber histórico no es un mero encierro archivístico, mero revoltijo de papeles y polvo que mancha los dedos. La historia, por su misma historicidad, se enmarca en una tradición científica totalmente diferente y auténtica, sin reminiscencias de la ciencia natural:

“Porque nunca será dentro de los archivos, en donde el historiador se pondrá al tanto de esas tradiciones, debates y teorías que conforman el verdadero edificio de su ciencia. (…) así el buen historiador sólo va al archivo después de que ha asimilado lo que es y lo que debe de ser la historia, y luego de haber definido con claridad una problemática historiográfica determinada, desde y con las teorías, la metodología y los conceptos y categorías de su propio oficio.” (Ibíd. p. 12)

Siguiendo a este autor nos encontramos con otros de los aportes que el marxismo dio a la historia. Como ya había sido mencionado arriba, durante el siglo XIX comienza a existir en la historia un interés por aludir a todos aquellos grupos sociales que hasta habían sido excluidos hasta la fecha de las narraciones del pasado. De la historia de los personajes se pasa a la historia de los grupos sociales. Es esta una de las lecciones que para Aguirre forman parte sustancial del pensamiento marxiano: el carácter profundamente social de la historia.

“Ya que es justamente a Marx, a quien debemos la incorporación sistemática de las clases populares como verdaderos protagonistas de la historia, al habernos ilustrado como han sido los esclavos y las comunidades arcaicas, lo mismo que los siervos, los obreros, los campesinos y los grupos sociales explotados y sometidos, los que en gran medida “han hecho la historia”.” (Ibídem. p. 15)

Es bien conocido el aporte que los llamados modos de producción han venido a introducir en el estudio de la historia. En cada uno de ellos la sociedad se ha gestado de forma original, la mayoría de las veces de una manera demasiado diferente de la forma precedente. Marx y Engels concibieron que ha cada modo o forma de producción en determinado momento histórico correspondía una determinada manera o cuerpo de la sociedad; en el meollo de esta sociedad se encontraba un lucha entre diferentes grupos sociales, explotados y explotadores. Podemos encontrar en este concepto, el de lucha de clases, la introducción del elemento social. Es una de las primeras veces en que los grupos vienen a mostrarse en el análisis de la historia. Y no sólo se trató de mencionarlos, de convocarlos al presente del siglo XIX. Estaba claro que la historia no negaba la existencia de determinados grupos, lo que negaba era la importancia de estos en el devenir de la vida humana en el tiempo. Mencionar a un grupo en la narración de nuestra historia no explica nada en absoluto, por otro lado, el análisis de la existencia de ese grupo, la explicación de las condiciones de existencia de ese grupo y de su antagonismo con el grupo de élite o dominante, sí ayuda a una mejor comprensión y conocimiento del historiador.
Lo social no sólo se refleja en el interés del historiador a partir de su enunciación en las teorías y conceptos marxistas. La sociedad comenzó a ser punto de partida en el estudio de otras disciplinas. Carlos Antonio Aguirre menciona:

“Y es claro que no hay historia científica o crítica posible, pero tampoco una sociología o economía serias, ni una antropología o psicología realmente científicas, que no tomen en cuenta, por ejemplo, a las formas de la cultura popular, o a los grandes movimientos sociales, a las expresiones de la lucha de clases o a los grandes intereses económicos colectivos, lo mismo que a las grandes corrientes de las creencias colectivas o a los diversos contextos y condicionamientos sociales generales de cualquier proceso, fenómeno o hechos social e histórico analizado.” (Ibíd. p. 15)

El carácter social que viene a introducir Marx en la historia no niega la importancia o participación del individuo. Lo que reafirma es que las elecciones, acciones, decisiones y formas de afrontar una realidad por parte del ser humano están condicionadas también por las condiciones sociales y materiales en el tiempo en el que dicho ser se desenvuelve. Este último punto puede servir de enlace para una más de las lecciones que Marx aporta a la construcción de una historia crítica.
La tercera lección podemos encontrarla en que así como Marx introduce un carácter profundamente social en la historia, de la misma forma introduce un carácter profundamente materialista en la misma. No hablamos en este sentido en cuanto a que lo ideal es simple reflejo de lo material. Va más allá. Lo que se afirma es que resulta imposible que lo ideal se explique por sí mismo, por algo que no se encuentre vinculado con su existencia material. Explicar a lo ideal como reflejo de lo material nos haría caer en el marxismo vulgar. Sin embargo, el estudio de las formas culturales, sociales, económicas, políticas etc., pueden ser estudiadas de mejor manera si tomamos como punto de partida que corresponden a una manera de ser de lo material. La producción material de la vida y la producción de las ideas que en ella se desarrollan sirven de horizonte para el estudio de la historia. Aguirre lo explica así:

“Porque las ideas no flotan en el aire, separadas de los hombres y de los grupos sociales que las producen, y los productos de la cultura, de la conciencia o de la sensibilidad, sólo se hacen vigentes en la medida en la que se encarnan y “materializan” en determinadas prácticas, en instituciones, en comportamientos y en realidades totalmente materiales. Lo que, sin embargo, no elimina el hecho de que el tipo de relación específica y concreta que se establece, entre esa dimensión intelectual y sus condiciones materiales de producción y efectivización, sea un problema abierto y por establecer, y que puede abarcar desde la forma de la condensación o la transposición sublimada que a veces se expresa en el arte, hasta la forma del “reflejo invertido” que en ocasiones descubrimos en la religión, y pasando por diversas y complejas variantes como la de la “traducción”, la negación, la simbolización, la construcción de fetiches o las múltiples figuras de una cierta reconstrucción diferente de ese mundo material en el nivel cultural.” (Ibíd., p. 17)

Este es una de las principales lecciones de Marx. Incluso en la historia de la cultura podemos encontrar ejemplos en los que se reafirma la manera en que la realidad material de la vida viene a darle forma a los aspectos identitarios de la producción cultural. Tomemos como ejemplo el libro de Robert Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa (Darton.1987, p 267). En este trabajo el autor hace una historia de las mentalidades de la Francia del siglo XVIII, (El autor llama a esto historia cultural debido a la falta de traducción de lo que en Francia se conoce como historia de las mentalidades. Menciona que puede recibir este nombre por la metodología usada en la que el trabajo es abordado a la manera en que los antropólogos estudian a las culturas extranjeras, pero aplicadas a la civilización occidental) la intención del autor es el conocer, o por lo menos acercarse, al pensamiento de los campesinos, de los obreros, de los burgueses, etc., que vivieron en el antiguo régimen. La finalidad de dicha investigación es la de saber cómo la gente común de aquella época entendía el mundo y sobre todo ¿qué hace la gente para pensar? “Donde el historiador de las ideas investiga la filiación del pensamiento formal de los filósofos, el historiador etnográfico estudia la manera como la gente común entiende el mundo. Intenta investigar su cosmología, mostrar cómo la gente organiza su realidad en su mente y cómo la expresa en su conducta.” (Ibíd. p. 11)
Darnton, en el primer capítulo analiza y clasifica varios cuentos franceses de la época. Encuentra similitudes y hace comparaciones con las versiones alemanas, italianas, inglesas e incluso chinas (como en el caso de la cenicienta), con los cuales pretende construir una visión del mundo mental de los grupos sociales bajos del antiguo régimen. Nos menciona el autor que la importancia histórica de los cuentos no se encuentra en su antigüedad, sino en su cambio. Los cuentos se vuelven históricos al cambiar; y al presentarse este cambio, la imposibilidad o el reto para entenderlos como fueron entendidos en su tiempo se hace presente. Cuando no entendemos lo que leemos se abre una brecha en la que vislumbramos el ocultamiento de algo. Cómo sacar a relieve lo que se encuentra escondido en ellos para poder significarlos de mejor manera es uno de los ejercicios que se lleva a cabo en dicho libro.
Las ideas que conforman a los cuentos analizados por el autor estuvieron basadas en una realidad material de la época. Aspectos como el hambre, la fortuna y la muerte son retomadas en los cuentos que pasaban de generación en generación. No es coincidencia la aparición de una madrastra malvada o de un hambre latente en los relatos de la época. Esto debido a las tasas de mortalidad entre la población. Darnton no se olvida de mencionarlas en su estudio. Las condiciones de la vida cotidiana en aquella Francia eran plasmadas en la tradición oral de los grupos de campesinos:

“La muerte era igual de inexorable para las familias que se quedaban en sus villas y se mantenían sobre la línea de la pobreza. (…) la vida era una despiadada lucha contra la muerte por doquier, en los albores de la Francia moderna. (…). EL 45% de los franceses nacidos en el siglo XVIII murieron antes de cumplir los diez años. Pocos sobrevivientes llegaban a la edad adulta antes de que por lo menos muriera uno de sus padres. Y muy pocos padres lograban vivir hasta el fin de sus años fértiles, porque la muerte se los impedía. Los matrimonios, que terminaban por muerte y no por divorcio, duraban quince años en promedio (…) un marido de cada cinco perdía a su esposa y después se casaba de nuevo. Las madrastras proliferaban en todas partes, más que los padrastros, ya que la tasa de segundas nupcias entre las viudas era de una de cada diez. Quizá los hijastros no los trataban como a Cenicienta, pero probablemente las relaciones entre los medios hermanos eran difíciles. Un nuevo hijo a menudo significaba la diferencia entre ser pobre o indigente. Aunque no fuera una carga excesiva para la alimentación de la familia, podría ser causa de penuria en la próxima generación, al aumentar el número de los herederos cuando la tierra de los padres se dividiera entre los hijos.” (Ibíd. p. 35)

Puede servirnos esto de ejemplo de cómo en la investigación histórica el aspecto material de la misma ayuda de forma transcendental al mejor análisis de un elemento cultural. Darnton dará otros ejemplos a lo largo de la obra de dicha forma de hacer historia. Podemos encontrar lo mismo en la forma en que analiza el evento, el testimonio escrito, de la gran matanza de gatos; una broma que desde nuestro tiempo no es tal, pero que en la época viene a ser comprendida por el autor como un acto simbólico de rebeldía expresado desde las condiciones laborales de los aprendices de impresores en la Francia del XVIII. Pero este sólo es un ejemplo entre muchos. Sigamos con las lecciones de Marx.
Podemos tomar otra visión de cómo las ideas se encuentran presentes en la concepción marxista de la historia desde su materialización. Quien hace mención de cómo las ideas toman forma en la realidad no es otro más que Gramsci:

“Con Marx la historia sigue siendo dominio de las ideas, del espíritu, de la actividad consciente de los individuos aislados o asociados. Pero las ideas, el espíritu, se realiza, se pierden su arbitrariedad, no son ya ficticias abstracciones religiosas o sociológicas. La sustancia que cobran se encuentra en la economía, en la actividad práctica, en los sistemas y relaciones de producción y de cambio. La historia como acaecimiento es pura actividad práctica (económica y moral). Una idea se realiza (…) en cuanto encuentra en la realidad económica justificación, instrumento para afirmarse.” (Gramsci: 2005, p. 39)

La cuarta lección es quizás una de las que han provocado mayor grado de vulgarización del marxismo: los hechos económicos. La historia no se apoya necesariamente sobre los hechos económicos, sin embargo no puede negarse la importancia de estos. La base económica en las que la sociedad se ha desarrollado no sirve de pretexto para ver a la historia desde un determinismo económico. Esto es lo que ha pasado con muchos historiadores marxistas.

“Porque esta lección no implica, ni mucho menos, que todos los fenómenos sociales deben de “reducirse” a la base económica, ni que la economía es la “esencia” oculta o el “espíritu profundo” escondido de todo lo social, sino simplemente -¡simplemente!- que, en la historia que los hombres han recorrido y construido desde su origen como especie y hasta el día de hoy, los hechos y las estructuras económicas han ocupado y ocupan todavía un rol que posee una centralidad y una relevancia fundamentales innegables. Lo que significa que dichos procesos sociales globales son incomprensibles sin la consideración de las evoluciones y la naturaleza determinada de esa dimensión económica (…).” (Aguirre: 2006, p. 19)

El historiador debe de ser cuidadoso al abordar este punto. No se puede considerar a todo lo ocurrido en el devenir histórico, ni a sus manifestaciones (como el arte), desde la base económica; debe de saber hasta qué punto se pueden construir vínculos entre la estructura y la superestructura. Pueden existir hechos tan coyunturales que el explicarlos desde el aspecto económico puede hacernos caer en el error. “no significa, en cambio, que debamos de buscar cuál es, por ejemplo, “la base económica de la pintura de Picasso”, o la “estructura económica en que se apoya esa superestructura que ha sido el arte surrealista”, lo que es a todas luces una empresa ridícula y sin sentido” (Ibíd. p. 20). Seguir por este camino nos conduciría a una historia en la cual nuestra construcción del pasado histórico estaría basada en el seguimiento de fórmulas que pueden alejarnos más de nuestra meta.
La quinta lección de Marx a las ciencias sociales y a la historia en especial tiene que ver con la idea de construir una historia que abarque la totalidad. Esta visión ya ha sido esbozada en la historiografía del siglo XX con la idea de la multidisciplinariedad, que necesariamente debe de ser existente en cada investigación de nuestro pasado. Sin embargo, la concepción marxiana de totalidad es algo que, como su nombre lo indica, trata de no encontrar en la investigación rasgos de parcelación. Lo que se trata en este punto es la capacidad de detectar y descubrir de manera sistémica los diferentes vínculos entre el problema que tratamos y las “sucesivas “totalidades” (Debe de ser entendida la totalidad como al marco en el que un hecho se desarrolla: la sociedad capitalista del siglo XX, la sociedad china del siglo XIII; una la sociedad europea o una sociedad que se da en América latina. Los historiadores llegan a hacer de lado una cuestión tan simple). Que lo enmarcan, y que de diferentes formas lo condicionan y hasta sobre determinan. (Ibíd. p. 22)
Existen diferentes tipos de totalidades en la construcción de la historia. Las que normalmente manejamos como historiadores son las más básicas: el espacio y el tiempo en el que el hecho que investigamos se desarrolló. La totalidad es explicada por Carlos Antonio Aguirre de la siguiente forma:

“Y si estas coordenadas o “totalidades” más generales que son las del tiempo y el espacio correspondientes a un cierto hecho histórico cualquiera, son siempre relevantes y fundamentales para su adecuada comprensión, también lo son las “totalidades” diversas que constituyen los diversos contextos que enmarcan e influyen sobre ese hecho histórico y social. Pues es claro que dichos contextos geográficos, económicos, tecnológicos, étnicos, sociales, políticos, culturales, artísticos, psicológicos, etc., además de especificar y volver más concretas a esas totalidades o coordenadas espaciales y temporales, -acotando el espacio como área, región, lugar, país o entorno geográfico determinado, y al tiempo como una época, momento, coyuntura, era o periodo igualmente particularizado-, van también a establecer de manera igualmente concreta, todo el nudo de específicas conexiones que tendrá ese hecho social o fenómeno histórico investigado con esos diferentes y sucesivos medios contextuales en los que él se despliega.” (Ibíd. p. 23)

En qué radica la diferencia entre la totalidad y la multidisciplinariedad. Lo que se trata de establecer con esta idea es que los hechos no deben de ser sólo analizados desde una perspectiva específica. No debemos poner tan sólo un adjetivo a nuestra investigación histórica: historia cultural, historia económica, historia de la religión, historia política, historia social, etc. Lo que importa es estar conscientes de que cada hecho que abordemos en la investigación tiene un vínculo determinado con cada uno de los aspectos que la sociedad enmarca.
Lo que la multidisciplinariedad enuncia es el conocimiento de los métodos utilizados en las diversas ciencias sociales; conocimiento cuya importancia no puede ser negada, es más, debe de existir en el historiador. Por otro lado, la totalidad establece que el historiador debe de ser conocedor de los trabajos de las otras ciencias sociales. Debe de saber acerca de antropología como de sociología; conocer las principales obras de la psicología y de la lingüística, lo mismo en el caso de las obras filosofía; incluso el historiador debería de tener el acercamiento necesario a la literatura para una mejor construcción de su narración. El conocimiento de estas áreas del saber social es el que permite la posibilidad de establecer vínculos que de otra manera no podrían ser descubiertos o por lo menos vislumbrados.
La sexta lección trata de una perspectiva con la que la historia deja de ser algo muerto, algo que “ya pasó”. La historia positivista trataba de traer al presente las cosas del pasado “como pasaron en realidad”, con lo cual se establecía entre el presente y los hechos ocurridos una distancia innegable. Esta sexta lección viene a servirnos de ayuda contra este tipo de visión. La que se enuncia como sexta lección es la visión dialéctica de la historia.
Los hechos del pasado se nos aparecen a través de esta visión como hechos abiertos; hechos que no han sido sellados por el pasado y que se encuentran en devenir. No es para nada especulativo el preguntarnos en nuestra investigación cómo hubieran sido las cosas de ni haber ocurrido de la manera en que acontecieron. Este ejercicio puede traer a la mente toda una gama de posibilidades y vínculos que, no haciéndolo, no llegaríamos a tomar en cuenta. Si en la historia existe el éxito de un proyecto social y civilizatorio, como por ejemplo, el apogeo de una modernidad burguesa, esto no sirve como pretexto para la negación de proyectos que han luchado y luchan contra esta visión de mundo y que también deben de ser tomados en la narración.

“Esta perspectiva dialectizante afirma por el contrario que todos los hechos históricos y sociales son realidades vivas y en devenir, a la vez que elementos de procesos dinámicos y dialécticos en los que el resultado está siempre abierto y en redefinición constante, a partir de las contradicciones inherentes y esenciales que se encuentran, tanto en esos mismos procesos, como en el conjunto de los hechos antes mencionados.” (p. 24)

Esta lección nos recuerda a lo mencionado por Walter Benjamin en sus tesis sobre la historia, en especial aquella que habla de la historia a contrapelo. Carlos Antonio Aguirre no se olvida de traerlo a la memoria:

“Porque para este enfoque dialéctico, la realidad social e histórica es como una manzana que sólo existe si lleva adentro el gusano que la corroe, o como un dulce que al chuparlo tuviese también un sabor amargo y agrio. Lo que explica entonces que, para este punto de vista, todo progreso es al mismo tiempo un retroceso histórico, y todo “documento de cultura es al mismo tiempo un documento de barbarie”, como lo ha afirmado y explicado tan brillantemente Walter Benjamin.” (Ibíd. p. 25)

Hemos llegado por fin a la última lección que Aguirre Rojas rescata del pensamiento marxista para la elaboración y construcción de una historia verdaderamente crítica y novedosa. Esta se refiere, redundantemente, a la posibilidad de construir siempre una historia y un análisis social profundamente críticos. Esta historia es la que va en contra de los discursos dominantes y de los lugares comunes. No es el tipo de historia de bronce, es la reacción a ella. Este tipo de análisis es el que más se apega al concepto de historia a contrapelo ya mencionado arriba. Lo que trata de hacer esta historia es rescatar a los pasados vencidos; no se contenta con la versión histórica de los vencedores. Trata de convocar la voz de todos aquellos que sistemáticamente han sido callados. Esto se logra “desechando las explicaciones lineales y simplistas, y elaborando una historia que sea realmente una historia profunda, compleja y sutil. Una perspectiva crítico-histórica, que sea también capaz de dar cuenta de todos esos fenómenos históricos desde explicaciones multicausales y combinadas”. (Ibíd. p. 26)
Para resumir podremos decir que la construcción de una historia crítica, como la que necesariamente debe de existir en la actualidad, no puede hacer caso omiso a lo planteado por Marx hace ya casi dos siglos. Las lecciones que este pensador nos deja ayudarán a la construcción de una historia que sea en primer lugar de carácter científico, sin ser éste entendido de la misma manera que en el siglo XIX; una historia en la que los grupos sociales sean los portavoces del discurso histórico, esto sin dejar de lado a los individuos que actúan siempre dentro de los límites de esos grupos sociales; una historia materialista que tome en cuenta el desarrollo de la sociedad desde el desarrollo de sus condiciones materiales de existencia y viceversa; una historia que ponga como un punto imprescindible la economía existente, sin que sea esta misma el punto de explicación de todo lo que ocurre en el devenir histórico; dialéctica, en el sentido de que todos los hechos no son cadáveres que se entierran en el tiempo, sino que se encuentran vivos y rondando entre nosotros con toda su actualidad; una historia que sea total, más allá de lo interdisciplinario.
La importancia del cambio dentro de la disciplina de la historia está condicionada a su vez por el cambio existente en el mundo en sí. La modernidad, entendiéndola a la manera de Bolívar Echeverría, que no es más que la modernidad capitalista, (Gandler: 2007, p. 621) no es ya la misma modernidad capitalista de la del siglo XIX; esta ha cambiado desde la aparición de Marx. Este mismo problema de cambio en la sociedad provoca que los problemas en los que la historia se inmiscuye sean tratados de formas diferentes a las que encontramos en obras historiográficas decimonónicas o de los principios del siglo pasado.
Cabe mencionar cuáles han sido los cabios existentes en el modelo capitalista de los cuáles Marx ya no fue testigo. Adolfo Sánchez Vázquez enumera algunos de los más importantes según su consideración:
“1.- La transformación del capitalismo para reforzar aún más su naturaleza explotadora y sujetar a ella a naciones y pueblos enteros.
2.- El desarrollo de las fuerzas productivas –cuyo carácter destructivo bajo el capitalismo no escapó a Marx- que hoy amenaza con una guerra nuclear o un desastre ecológico la supervivencia misma de la humanidad.
3.- El creciente reforzamiento del poder estatal que, sin rebasar su marco de clase, descubierto por Marx, alcanza hoy una autonomía que, si bien él la previó, no alcanzó a ver.
4.- La destrucción de las relaciones capitalistas de producción y del Estado burgués en una serie de países como resultado de las revoluciones rusa, yugoslava, china, en Vietnam, en Cuba, etcétera.
5.- la iniciación difícil y compleja del proceso de transición al socialismo después de la Revolución de Octubre en condiciones históricas y formas no previstas por Marx, proceso que por su peculiaridad ha dejado su marca peculiar en las nuevas sociedades.
6.- La transformación del sujeto revolucionario que, como demuestran las experiencias revolucionarias de nuestro continente, en Cuba y Nicaragua, no puede reducirse al proletariado industrial del marxismo clásico.
7.- Finalmente, la incorporación a la historia mundial, con sus luchas anticoloniales e imperialistas, de los pueblos que Marx, bajo la influencia de Hegel, situaba alguna vez entre los “pueblos sin historia”.” (Vázquez: 2000, p. 18)
Es de vital importancia el tomar a consideración estas transformaciones o evoluciones que ha tenido el mundo capitalista a lo largo de la historia. Es debido a dichas consideraciones que el marxismo dentro de la construcción histórica no puede ni debe seguir con los dogmatismos que a lo largo del siglo XX se llegaron a tener como fórmulas innegables del devenir histórico. Por eso mismo la distancia entre marxismo vulgar y el marxismo profundo o crítico debe de ser marcada de una vez por todas dentro de la concepción histórica en los trabajos de investigación. No podemos abordar los problemas sociales de la misma forma en la que Marx los hubiese tomado, existe una transformación en la modernidad que hace imprescindible el buscar otras soluciones a lo que se nos presenta como reto intelectual en la narración de los acontecimientos del pasado. El tomar en cuenta las lecciones mencionadas por Aguirre Rojas dentro del marco del pensamiento marxiano debe de ser el inicio. Sin embargo, vale la pena asomarnos a lo que otros pensadores marxistas han establecido conceptualmente y rescatar lo que ellos pueden proponer en la investigación histórica.

Bibliografía

Aguirre Rojas Carlos Antonio, Retratos para la historia, ensayos de contrahistoria intelectual, ed. Contrahistorias, México 2006, p.282.
Darnton Robert, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, FCE, México, 1987, p. 267.
Fontana Josep, La historia de los hombres: el siglo XX, Crítica, Barcelona, 2002, p230.
GandlerStefan ,Marxismo crítico en México: Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverría, FCE, México, 2007, p. 621.
Gramsci Antonio, Antología, siglo XXI, 15º ed, México, 2005, p.520
Hobsbawm Eric, Sobre la historia, Crítica, Barcelona, 2ª ed.2004, p298.
_____________, Historia del siglo XX 1914-1991, ed. Crítica, Barcelona, 1995, p. 614.
Sánchez Vázquez Adolfo, De Marx al marxismo en América Latina,Itaca, México, 2000, p. 263.

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