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Reflexiones éticas de los movimientos sociales desde la perspectiva de la filosofía política de Enrique Dussel

Luis Díaz

Año 2, No. 13, noviembre 2015

Los precursores del capitalismo —Hobbes y Smith entre otros— han naturalizado la idea de que el individuo, y no la comunidad, es lo más importante. Smith (1958) declara que existen diferencias sustanciales entre los individuos, y los más aptos tiene el derecho de tomar ventaja. En ese sentido, han promovido la competencia entre las personas en búsqueda solamente del bienestar propio. La preponderancia de esta ideología en el mundo actual ha causado una enorme brecha en los estándares de vida de los desposeídos en comparación con los más ricos del planeta, así como en el creciente número de los primeros. La disparidad económica se perpetúa en la participación política, ya que a las víctimas del sistema no se les permite el acceso al proceso en la toma de decisiones. Desde esta mirada, en el presente ensayo hablaré de los movimientos sociales como una forma de responder ante la exclusión. Argumentaré —desde la filosofía política de Enrique Dussel— que los movimientos sociales son una herramienta vital para forzar cambios radicales en la organización política de una sociedad; y, que para alcanzar todo su potencial, es necesario que se organicen como grupos fraternales no excluyentes.
Para entender el poder de los movimientos sociales se requiere entender primero cómo se constituye el poder del Estado. Veámoslo pues. En un primer momento el poder está en la forma de potencia, definida como el poder de la comunidad, pero que “no tiene todavía existencia real, objetiva, empírica” (Dussel, 2006, p. 29). Para que dicho poder pase a un ejercicio externo y sea entonces un poder fuera de sí mismo, es necesario que el poder indeterminado pase a constituirse como potestas. Este paso “comienza cuando la comunidad política se afirma a sí misma como poder instituyente […] Decide darse una organización heterogénea de sus funciones para alcanzar dichos fines diferenciados” (Dussel, 2006, p. 30). El encausamiento del poder se da entonces en el establecimiento de instituciones de gobierno. Sin embargo, debido a las condiciones materiales y humanas, con el tiempo las instituciones se fetichizan y ya no responden a los intereses de la comunidad, sino a los de los gobernantes. En consecuencia, dependiendo del grado de descomposición de las mismas, tienen que ser reformadas o sustituidas. El proceso es impulsado por personas emergentes que perciben las fallas en el sistema. A este poder emergente, Dussel le llama hiperpotencia y lo define como: “el poder del pueblo, la soberanía y autoridad del pueblo que emerge en momentos creadores de la historia para inaugurar grandes transformaciones o revoluciones radicales” (2006, p. 97). Nuestro autor teoriza profusamente tales temas en sus obras: 20 tesis de política (2006), Política de la liberación vol. I (2007) y II (Dussel, 2009), y ya se encuentra trabajando en el volumen III. Pero, para fines de este trabajo, me detendré en el tema de la hiperpotentia. Procedamos pues.
Argumenté que la hiperpotentia se da en los momentos críticos en que las instituciones se han fetichizado y el pueblo se organiza para recuperar el poder que había delegado. Dados estos presupuestos, los movimientos sociales son un componente vital en la conexión entre una democracia directa y una participativa, pues crean un espacio donde existe la participación directa y organizada en la representación de los intereses de las personas, a la vez que propician un sentido de comunidad donde se reconcilian y unifican los intereses particulares y los comunales.
El surgimiento de un movimiento social no es gratuito ni espontáneo, pasa por diferentes etapas. El primer paso es la toma de conciencia. En palabras de Dussel (2011): sólo algunos grupos de personas pasan “desde la no-conciencia […] a la conciencia ético-crítica” (2011, p. 309). Es decir, la condición de oprimido no es condición suficiente para el surgimiento de un movimiento. Considero que la conciencia de la opresión, y no la opresión en sí misma, es lo que causa la creación de un movimiento social. Así pues, las personas consientes de la opresión, la sufran o no en carne propia, se unen en lazos de fraternidad y luchan hombro con hombro para lograr la supresión del sistema opresor. Para que la lucha sea fructífera es necesario afianzar los lazos de corresponsabilidad y fraternidad entre las mismas víctimas; así como en las personas que han acudido a su llamado. En palabras de Dussel: “Este es el tiempo-ahora mesiánico de W. Benjamin. Los enemigos de sistema son ahora los amigos de los que se juegan por su liberación” (2006, p. 97).
Así pues, alejado del concepto liberal -que toma al individuo como un ser independiente en guerra constante con los otros individuos por el control de los recursos, los movimientos sociales críticos nacen cuando se da un sentido de comunidad, cuando se crea un nosotros, y no un yo. Para dar este paso del yo al nosotros, es vital reconocer que el ser humano no es un ser aislado, sino que siempre es parte de una comunidad (Levinas, 1978, p. 184). Sin embargo, además de la comunidad política en la que nos desarrollamos, es necesario crear lazos fuertes de unión. Este movimiento se da mediante el mutuo reconocimiento de las condiciones de opresión que viven las víctimas del capitalismo. Cuando las personas están unidas en su dolor y rabia, tenemos a un pueblo que va a luchar solidariamente para derribar el status quo que le niega su derecho a la vida.
La unión se establece cuando una persona pasa de ser sólo eso, una persona, a ser un actor político; entendiendo la política en el más noble de sus sentidos: la creación de las condiciones materiales para el disfrute de la vida de las víctimas. El actor político surge de experimentar la opresión en carne propia, pero también porque hace suyo el sufrimiento del otro, cuando se ofrece en sustitución del otro, lo que le obliga a responder al llamado del oprimido. En las palabras de Levinas: “Responsabilidad por el otro, esta forma de responder si un compromiso previo, es fraternidad humana en sí misma, y es anterior a la libertad”(1978, p. 184). Es aquí donde se forma una colectividad. Así pues, la más importante manifestación de lo colectivo es la ética. Aquí la ética, no se trata de una serie de normas elaboradas en abstracto, sino de una construcción constante por el conjunto de los actores sociales en referencia a la dignidad humana y al bien común.
En este breve ensayo, que sirve como el inicio de una investigación más profunda de una ética para los activistas sociales, propongo que el espíritu inspirador y normativo entre los movimientos sociales, sea uno cuyas acciones vayan más allá de las coyunturas políticas; y pasen de ser sólo grupos de presión avocados a defender la inmediatez de sus problemas, por supuesto sin descuidarlos, para ir a un actuar que privilegie la construcción de una sociedad más justa para todos donde, de acuerdo con Marx, el derecho a una vida humana digna sea la directriz dominante.
Argumento que dicha ética debe ser de fraternidad, de comunalidad. Esto significa un sentimiento más fuerte que el inspirado por la concepción liberal, donde el individuo, al buscar su beneficio, indirectamente promueve el beneficio de la comunidad. En otras palabras, aunque los individuos encuentran un punto de unión en respetar la promoción de sus propios intereses sin afectar los de los demás, la verdad es que en este contrato social, permanecen como tales: como individuos. Por el contrario, en los movimientos sociales críticos existen lazos éticos donde se reconoce la hermandad entre la humanidad.
En los movimientos sociales críticos se desarrolla un ambiente ético y de fraternal lucha contra el capitalismo. En ocasiones esta lucha conlleva arriesgar la integridad física. Evidentemente el vivir bajo condiciones de peligro lleva a estrechar los lazos de fraternidad con los otros miembros del grupo y a crear una identidad colectiva que en la unión les da fuerza para resistir los embates del ataque del capital.
La creación de esta identidad colectiva es ciertamente necesaria y buena, pero debe ser manejada con cuidado para evitar convertirse en un factor que juegue en contra del movimiento. Esto es, en la creación de una identidad colectiva existe el riesgo de que el deber ético hacia el otro que se ha desarrollado dentro del grupo, se quede sólo en el grupo, colectivo o movimiento y no se transfiera a esferas mayores. La consecuencia inmediata de mantener la lealtad y la visión del movimiento limitados a la esfera del grupo, en una suerte de activismo parroquial (Stryker, Owens, y White, 2000), es que no se creen alianzas con otros grupos que luchan por los mismos intereses, aunque con diferente agenda o diferentes puntos de vista, lo que evidentemente limitaría los alcances de un movimiento social.
En conclusión, a través de este breve ensayo, demostré que para que un movimiento social vaya más de allá de una coyuntura política, aumentando así su capacidad de influencia política, es necesario que sus participantes estén unidos por lazos de fraternidad donde los intereses de diferentes grupos se reconcilien y se vinculen. Sólo así se puede hablar de una verdadera hiperpotencia, la cual modifique a las instituciones en favor de las víctimas.

Bibliografía

Dussel, E. (2006). 20 tesis de política. México: Siglo XXI: Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe.
Dussel, E. (2007). Política de la liberación: historia mundial y crítica (Vol. I). Madrid: Editorial Trota.
Dussel, E. (2009). Política de la liberación arquitectonica (Vol. II). Madrid: Trota.
Dussel, E. (2011). Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión (7th ed.). Madrid: Trota.
Levinas, E. (1978). Autrement qu’être ou au-delà de l’essence (Edición original: Martinus Nijhoff). Le livre de poche. Biblio essaís.
Smith, A. (1958). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Fondo de cultura económica.
Stryker, S., Owens, T. J., & White, R. W. (Eds.). (2000). Identity Competition: Key to Differential Participation? In Self, identity and social movements (pp. 21–40). The United States of America: The University of Minnesota Press.

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