año 1 no 11

El hoy es un buen día para atrevernos, una vez más, a cambiar la Historia!

Daniel E. Florez Muñoz

Año 1, No. 11, julio 2015

Quizá el derecho constitucional, al igual que toda literatura de ficción, sólo pretende establecer variaciones infinitas de modelos de imitación de estrategias conducentes a perpetuar el cuerpo del rey, a postergar su muerte y, con ella, la posibilidad de reconocer que su autoridad depende en últimas de seres de sangre y carne. Desde esta perspectiva, encontramos una nueva dimensión a la afirmación del famoso jurista lacaniano que afirmaría que “la gran obra del poder consiste en hacerse amar”. Y es que precisamente amamos lo que no somos, amamos lo que no podemos ser, amamos desde la falta y por la falta. En últimas, encontramos en el amor lo que creemos es el secreto mejor guardado por los dioses, ese secreto que contiene la receta mística que nos permita dejar de ser animales enfermos de muerte, ese secreto que extinga para siempre la penosa necesidad que nos condena a ser seres finitos y a partir de ahí poder soñar con ser algo más que lagrimas bajo la lluvia. La política que hace justicia con la memoria silenciada de aquellos condenados a no ser por los siempre rimbombantes pasos del progreso, en su arrogante marcha sobre la historia escrita bajo el mismo gesto de los antiguos relatos homéricos en los cuales sólo los dioses y los héroes podían figurar en ellos, es esa política que suspende la temporalidad misma, esa linealidad cronológica que proyecta la ilusión de desarrollo y avance permanente, me refiero a la política del acontecimiento, de la ruptura radical, del kayros, es esa política la que lleva al sujeto actuante al lugar en el que por fin la finitud deja de ser un problema ya que la misma es anulada a partir del acto que funda a partir de sí mismo un nuevo tiempo. Es por tal razón, que la política entendida como fundamento puede llegar a significar la forma más elevada de amor.
Toda política que merezca tal nombre no puede hacer más que avizorar el incendio, llevar la acción colectiva a la altura de la tragedia de su propio tiempo y desde las cenizas de las promesas rotas encontrar las llaves que nos permitan abrir las puertas para la insurrección que viene. Es cierto que en el presente el enemigo ha demostrado que sus tentáculos se afianzan en lo más profundo de las pasiones de los individuos llamados al cambio. Pero también es verdad que asistimos a un interesante periodo de recomposición del pensamiento político emancipatorio radical, y en esto conviene ser lo suficientemente claro, ya que a pesar de que muchos y muchas aún abracen los rancios cadáveres de las lecturas progresistas del american dream o de la utopia habermasiana de la unión europea, la experiencia reciente ha evidenciado lo que a pesar de no ser tan reciente no había sido sacado a la luz, me refiero al lugar estructural que el racismo y la subalternización de la otredad ocupa en el corazón mismo del actual orden global, aquello que ayer fuera denunciado por Fanón y Cesaire, hoy no puede seguir siendo disimulado, la putrefacción de un modelo social decadente ha llegado a los cielos mismos de la opulencia del imperio y su propia realidad mediatizada. Lo anterior sólo nos deja una alternativa viable, a saber, aquella que entiende que ser radical es asumir la matriz colonial como unidad de análisis para desde ahí repensar la totalidad del horizonte de sentido en el que se inscriben desde los discursos emancipatorio clásicos hasta nuestras propios acciones de resistencia. No hay referentes, sólo mercaderes que pretenden seguir insistiendo en jugar el rol de faro político, los mismos que insisten en seguir siendo esa vanguardia cuya arrogancia la lleva a jugar al director de orquesta de la revolución. El tiempo de los profetas ha llegado a su final, porque la redención por fin ha llegado a la puerta. Asistimos al momento histórico en el cual los velos se caen y los especuladores del mercado no pueden evitar sonrojarse con cada informe sobre la tasa de utilidades derivadas de los desahucios, guerras y políticas de austeridad. Hoy sólo está la acción colectiva movida por la sabiduría -ayer denominada superstición- que en los pueblos del sur es la base del “Buen Vivir. Frente a esto sólo queda lugar para la academia de retaguardia de la que habla Boaventura de Sousa Santos, esa academia activista de tan larga data en los pueblos del Sur y que hoy en Europa encuentra referentes en compañeros como Monedero, Errejón, Aristodemou y Douzinas. Se trata de una academia que -como lo diría el maestro Oralndo Fals Borda- esté comprometida hombro a hombro con una genuina transformación social. Hoy todos defendemos lo mismo, ya que en el momento en que la crisis toca nuestras puertas, todo mero espectador no es más que un cómplice o un cobarde. Hoy más que nunca es necesario a aprender a vivir sin maestros.
Si ser radical es atender a la raíz de los problemas en el presente, más que en cualquier otro tiempo, queda claro que la raíz se encuentra justo en el momento en que el encuentro con el otro se redujo al encuentro con lo mismo. Enrique Dussel lo ha dicho hasta el cansancio: el Ego Cogito de René Descartes encuentra como presupuesto el Ego Coquiro de Hernán Cortes descendiendo en costas mexicanas. Hoy no podemos seguir pensando el derecho y la política ignorando sin más las letras de Fanon, los escritos de Mignolo, Sanín, Guardiola-Rivera y Gordon. Todos ellos nos hablan de lo mismo, nos hablan de lo que está inscrito en la historia de cada uno de los pueblos que hoy lucha por su autodeterminación. Se trata en últimas de comprender que es a partir de esa nebulosa zona de no-ser desde donde es proyectado el reverso que constituye la positividad del orden que se nos plantea como natural y necesario. El gesto ideológico por antonomasia consiste en la negación o encubrimiento de las condiciones de gestación de una determinada situación, privando de existencia su origen suspendemos la situación en una temporalidad abstracta muy similar a la naturaleza misma, anulando su origen la hacemos eterna, suprimiendo su nacimiento, la hacemos inmortal. Es el mismo gesto que Marx tenía en mente en 1873 cuando nos habló de fetichismo de la mercancía, hecho curioso, que este concepto haya sido tomado directamente de los diarios de viaje escritos por colonos portugueses durante la explotación de seres humanos en África. La teoría social, en palabras de Theodor Adorno, está llamada a hacernos despertar de ese hechizo ideológico que el genio de Frankfurt asociaría con el pensamiento identitario, el cual, al limitar al sujeto anula a su paso el poder de transformación del orden del cual él mismo depende. El primero paso para cualquier estrategia de superación de lo señalado, es comprender que todo pensamiento crítico encuentra su materialidad en el silenciado origen de la denuncia directa de dicha barbarie, denuncia hecha por quienes fueron y todavía son los tributos humanos sacrificados en los altares transnacionales de los ídolos de oro y plata, son las victimas los portadores de la experiencia de sufrimiento concreta, en cuya memoria y capacidad de acción reposa la fuerza suficiente para asumir la tarea de escribir un nuevo principio.
Guamán Poma de Ayala será el primero en plantear aquello que muchas décadas después Jacques Lacan precisaría: la víctima tiene su propia verdad, por tanto, el sujeto no tiene ninguna sustancia, ninguna “naturaleza”, que él mismo depende tanto de las leyes contingentes del lenguaje como de la historia, siempre singular, de los objetos de su deseo. Lo anterior devela la impostura que soporta la humanidad universal: ese hombre colonial que demanda de las bestias del sur para encontrar su propia humanidad, humanidad que adquiere rasgos positivos sólo en la medida en que es negada a otros, me refiero a la implementación política –y poco secularizada- del ojo de dios, del hombre eterno e inmortal, el verdadero hombre, aquel que asume el lugar del eterno para nombrar las cosas por su nombre y ponerlas en el lugar respecto de sí mismo. Es contra ese dios, el dios de la filosofía y el derecho eurocéntrico, contra el que hoy se levanta quien ayer murió siendo uno, pero que hoy ha vuelto siendo miles.
El constitucionalismo liberal, articulado con el orden de la escritura que en América Latina establecerá los límites entre lo humano y lo animal, entre el civilizado y el bárbaro, entre el paramilitar y el terrorista, entre el ciudadano y el desplazado; ha sido una plataforma privilegiada desde donde imponer imaginarios coloniales y proyectar discursos que performativamente aplanarían el horizonte cultural para las demandas del capital y el mercado. El derecho, y especialmente el derecho constitucional, junto con el discurso de la ciencia ilustrada, la urbanidad de Carreño y la literatura popular, establecerán imaginarios sociales de subordinación racial y social, imaginarios que fueron naturalizados y percibidos como necesarios aún por los mismos domesticados, que reproducen en el presente con una ingenuidad que en algunos sectores raya con la complicidad, los mitos que defienden a América Latina como una región racialmente inocente, en la que se ha superado el racismo gracias a la “democracia mestiza”. Lo anterior, obviando el hecho de que son esos imaginarios los que han precisado los límites sociales del derecho, estableciendo las fronteras de la ciudad, el lugar de sus murallas y, a partir de ahí, ese más allá condenado seguir no-siendo. En conclusión, ni el mestizaje superó las diferencias y jerarquías raciales, ni el constitucionalismo moderno superó la explotación y subordinación social que niega de plano la posibilidad misma de participar como ciudadanos al interior del espacio político. Ambos aspectos aún hoy siguen siendo, quizá las más importantes, tareas por realizar en América Latina.
Serán dichos patrones sociales los que cobrarán vida en la historia política colombiana, al punto de privar de la condición de víctimas a quienes nunca han sido depositarios de una verdadera voz para denunciar su sufrimiento. El despojo de sus vidas en manos de la guerra colombiana no es más que el continum histórico de su propia historia despojada por un orden sin memoria. La modernidad-colonial niega la memoria por abrazar las históricas banderas del progreso. Si bien, memoria e historia tienen el mismo objeto, el pasado, la forma en la que uno y otro se relaciona con éste es diametralmente opuesta. La memoria no sólo habita en lo que fue, sino también en la promesa rota de lo que jamás pudo ser. Sólo la memoria puede conservar la sonrisa de aquel adolecente asesinado aún en el vientre de su madre, conservar aquello que la fuerza de los hechos nos privó de realizar pero que no por ello ha dejado de ser real.
Un constitucionalismo de la liberación no puede partir sino de la comunidad de víctimas; debe encontrar en su memoria de sufrimiento el material que le permita servir como vehículo a la verdadera poética del porvenir. Lo anterior plantea como necesario hegemonizar las categorías constitucionales a partir de la experiencia concreta de las comunidades que aún encuentran en la Constitución una forma de expresar la injusticia de su propia historia. La lucha por la política es también la lucha por la posibilidad de hablar el derecho. Por tanto, una política de la memoria debe necesariamente asumir el imposible de pensar un derecho que haga justicia con el pasado.
Es en este punto en el que vale la pena repensar la dimensión política de ese verbo que es “recordar”. Recordar en política es precisamente representar en el hoy aquello que del ayer sigue vivo en nosotros. Recordar es volver a nuestra memoria y hacerla hablar. Y es importante que hable, ya que condenar al silencio la barbarie del ayer es borrar el sufrimiento de quienes en el presente padecen su injusticia. Las palabras a través de las cuales se expresa la memoria son portadoras de valor y encarnación del mismo –nos dice el maestro Oscar Guardiola- las palabras son ofrecidas a otros como algo que viene de nosotros, como un regalo.
En el presente, Colombia atraviesa por una coyuntura que recuerda aquella bella idea lacaniana según la cual 1+1 siempre es igual a 3. Parecería que en el actual horizonte político se juegan únicamente dos opciones: por una parte, el retorno del fascismo sediento de sangre enarbolando la bandera de la guerra perpetua y, por la otra, el neoliberalismo desarrollista, el cual, vendiendo una paz negativa como la única paz posible, clausura toda posibilidad de justicia social. Sin embargo, la suma de uno y otro, no resulta en 2 sino en 3, es decir, hay un tercer elemento excluido de la serie. Me refiero a la postura que denuncia la complicidad del campo mismo en el que se presenta la aparente tensión de contrarios en el panorama político colombiano. Esa opción la representa la apuesta por una Colombia humana, comprometida con dignificación de las víctimas y la superación negociada del conflicto armado. Es la misma opción que defiende un concepto de Paz Positiva y que encuentra en el eventual escenario del postacuerdo, la oportunidad perfecta para –siguiendo a los amigos de Chiapas- imaginar un país en el cual quepan muchos países y en el que por fin la tierra sea para la vida y no para la muerte, para la vida de aquellos ausentes a quienes un día se les arrebató la tierra con la finalidad de que sus pies no dejaran huellas en esta, que es también, nuestra historia.
El conflicto armado colombiano representa una forma de insurrección social que se enmarca al interior de la conflictividad propia de tensiones internas, soportadas en tensiones externas. Diseños globales que promueven la guerra y la pobreza en las naciones, consideradas como simples objetivos estratégicos a los ojos del imperio. Las políticas transnacionales de securitización, por ejemplo, han sido un catalizador del conflicto armado en Colombia. Éstas hacen parte de una agenda neocolonial de administración global frente al cual el eventual escenario del post-acuerdo creará las condiciones de posibilidad para, no sólo repensar las condiciones bajo las cuales se desarrolla la política y la lucha social en Colombia, sino también, replantear las relaciones de dependencia con las potencias del centro y, a partir de ahí, comenzar a replicar formas de descolonización a todos los niveles.
Lo anterior constituye una oportunidad que nos debe permitir cuestionarnos del lugar desde el cual hoy hablamos y, en especial, cuestionar la responsabilidad de la academia frente aquellos que hoy siguen sin voz, viviendo en el silencio del olvido al que fue sometido su exigencia de reivindicación. Negar ese silencio -y con él ese olvido- no es sólo reconocer la injusticia perpetrada sobre las víctimas que hoy buscan en el Estado posibilidades de volver a soñar, sino que constituye también la posibilidad misma de decirle a aquellos que hoy no nos acompañan que aún siguen aquí con nosotros y que desde el presente jamás dejaremos callar el triste silencio de su ausencia. Colombia debe entender que asistimos a tiempos de esperanza y que hoy es un buen día para atrevernos, una vez más, a cambiar la historia.

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