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Las emociones: una parte periférica de los estudios migratorios

Lorena Guadalupe García Mello

Año 0, No. 1, noviembre 2013

Preludio al tratamiento de las emociones

Dentro del marco de las teorías migratorias una parte que se ha quedado marginada. Es el estudio de la afectividad, lo anímico y las emociones que experimentan los sujetos alrededor del fenómeno migratorio. Parte de este alejamiento tiene que ver con una herencia de la doctrina sociológica que indica la necesidad de validar todo por medio de métodos científicos, dejando a un lado aquello que no se puede comprobar o bien que no se puede tratar como objeto.
No obstante, gran parte de la tradición sociológica aborda las cuestiones de la condición humana y social. Teóricos clásicos y contemporáneos de la sociología han tratado residualmente el tema de las emociones, tal es el caso de Emilio Durkheim que en su estudio sobre el suicidio muestra el fenómeno afectivo como una respuesta colectiva a fenómenos de desviación social. Bericta, E. menciona al respecto de la obra de Durkheim, que en ella hace “una sociología del ritual y de la sacralidad que sólo puede entenderse cabalmente atendiendo a los vínculos afectivos que constituyen la esencia de lo social” (2000: 147). Así pues, Durkheim incorpora el componente afectivo en relación al orden social como un aspecto natural y fundamental de todo fenómeno social.
Siguiendo esta línea Max Weber, aborda en “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, el ámbito afectivo sin ser el elemento central. Desde su perspectiva: “comienza el análisis ideológico de una religión, sigue con los efectos emocionales que esta ideología provoca en sus adeptos, básicamente cruel humillación, y termina con la modificación de pautas conductuales claves para el desarrollo del capitalismo” (Bericat, 2000: 147). Con lo cual muestra el carácter residual de las emociones, al identificar la acción afectiva como un tipo de acción o conducta pasional central en el desarrollo de la estructura social.
Algunos otros sociólogos contemporáneos han incorporado el componente emocional en sus teorías, tal es el caso de Talcott Parsons creando el concepto científico de catexis, para abordado la afectividad como mecanismo de cambio social. Otro sociólogo contemporáneo que aborda la afectividad es Anthony Giddens, cuando alude a un referente motivacional, como impulso a la estructuración de la estructura social. Norbert Elias, en su obra “El proceso de la civilización”, narra el proceso psíquico y sociogenético de los humanos, asociado al autocontrol de los impulsos y a modificaciones de la estructura de las sociedades en la modernidad” (Bericat, 2000: 148). Por su parte Erving Goffman, en sus estudios de vida cotidiana “muestran las conductas externas de los encuentros sociales desde la perspectiva del reconocimiento o negación del estatus de los participantes en la interacción social, proceso directamente asociado a los sentimientos de diferencia o respeto en unos casos, y de turbación o vergüenza en otros” (Bericat, 2000: 148)
Actualmente los estudios sobre las emociones comienzan a desarrollarse en formas muy particulares, cubren determinadas dimensiones, sean sentimientos, comportamientos, afectos, entre otros, enmarcados en un fenómeno determinado. Estudios emergentes de la década de los setentas comienzan a incorporar las cuestiones emocionales. Tamotsu Shhimbutani, por ejemplo, crea una teoría sociológica del rumor en donde destaca el contexto y el clima emocional del que suelen surgir los rumores. Willlar Galin estudia la naturaleza, las funciones y los contextos en los que emerge la rabia. Frank Furedi se pregunta las razones sociales del miedo. Y en el caso de los estudios laborales, Richart Sennett y Jonathan Cobb estudian a los trabajadores de cuello azul en Boston destacando el sentimiento de indignación con base en el estatus (Bericat, 2000). Sin embargo, a pesar de que existe una amplia gama de estudios que tratan las emociones, los afectos y los sentimientos, ya sea de forma residual o directa, en la lectura de los estudios migratorios no se ha podido desarrollar ampliamente esta dimensión.

Robert E. Park y el inicio del estudio de los afectos en la migración

Dentro de los umbrales de las teorías migratorias, la Escuela de Chicago fue una de las pioneras en observar los cambios en el panorama urbano y demográfico en las ciudades a causa de los grandes flujos migratorios que se dieron lo largo del siglo XIX y XX en Estados Unidos. En consecuencia a estos cambios Robert E. Park, uno de los principales representantes de la escuela de Chicago, ve el fenómeno de la inserción de migrantes a la sociedad receptora como un fenómeno de desorganización social dentro una sociedad en transformación.
Park señala que el simple movimiento de la población de un lugar a otro es una influencia perturbadora. Desde el punto de vista de la gente que emigra, este movimiento tiene un aspecto liberador, en el sentido que les abre nuevas oportunidades económicas y culturales, pero desequilibra tanto las comunidades que han abandonado como las que comunidades a las que se dirigen (1925: 380).
Para explicar el proceso de la incorporación de una nueva cultura a un nuevo espacio social Park crea en 1950 la teoría del Ciclo de las Relaciones Raciales (Race- Relations Cycle). Este ciclo de relaciones raciales describe el proceso de organización-desorganización-reorganización que marcan el conjunto de las interacciones entre inmigrantes y nativos, devela la actitud, la organización social y la desmoralización individual en el proceso de incorporación de los migrantes. Este ciclo tiene cuatro fases por las que el inmigrante o grupos étnico pasa:

La primera es la fase de rivalidad, donde la interacción social es nula y las relaciones sociales se reducen a la coexistencia económica y laboral. En esta fase el orden moral no surge hasta etapas posteriores; La segunda fase refiere al conflicto como herramienta de posicionamiento social; La tercera fase es la adaptación, supone una mutación donde remite el conflicto en un esfuerzo de reajuste entre los grupos e individuos: se toleran y controlan mutuamente; y finalmente, la cuarta fase es la asimilación, culmina el ciclo de relaciones raciales y supone una fase de acercamiento, fusión y mezcla de los valores de los grupos implicados así como la elaboración de un patrimonio común de normas y valores, así como nuevos repertorios de conducta. “La asimilación es el proceso de interpenetración y fusión en el cual personas y grupos adquieren las memorias, sentimientos y actitudes de otras personas o grupos, y, por participar en su experiencia e historia, son incorporados con ellos dentro de una vida cultural común” (Park y Burgess en Martínez, 2000 ).

Park es consciente de que esta asimilación presenta lagunas para determinados grupos en la medida que el distanciamiento y la segregación social tiene una base económica. Una segunda aportación fundamental de Park al fenómeno migratorio se expone en su artículo titulado “Las migraciones humanas y el hombre marginal” (Human Migrations and the Marginal Man), (Park, 1928) donde describe al migrante como un hombre marginal que cabalga entre dos fidelidades culturales, la suya originaria y la adoptada.
Probablemente, parte de la misma sensación de dicotomía moral y de conflicto es característica de todo inmigrante durante el período de transición cuando los viejos hábitos van deshaciéndose y los nuevos no han llegado a formarse. Se trata inevitablemente de un período de agitación interna y de intensa autoconciencia… es en la mente del hombre marginal donde la confusión moral que ocasionan los nuevos contactos culturales se muestra bajo las formas más obvias (Martínez, 2000).
Esta Teoría del ciclo de relaciones raciales y la figura del hombre marginal son pieza clave en el desarrollo de múltiples estudios dentro y fuera de la sociología. De alguna manera Robert E. Park, al señalar que lo cambios culturales no siempre son benéficos y pueden tener consecuencias desmoralizantes para los individuos, señala la naturaleza caótica de del fenómeno, así bien, muestra periféricamente el contenido psico-emocional que repercute en la tranquilidad anímica de los migrantes y las sociedades receptos. Park se adelanta a los estudios psicológicos y psiquiátricos que surgen en los ochentas respecto a la migración.

La migración y los aportes psicológicos

Los estudios clínicos que han tomado como objeto de análisis la migración abordan primordialmente los efectos desmoralizantes en los migrantes. Posturas psicológicas, hablan de los procesos de adaptación del migrante en la sociedad receptora; señalan que el fenómeno migratorio está caracterizado por situaciones conflictivas, crisis psicosocial, que se asemejan al duelo y tienen como característica la ambivalencia que se lleva a lo largo del procesos migratorio. “La característica y el grado de elaboración de esta ambivalencia, tanto por el inmigrante como por la comunidad receptora, va a definir el nivel de adaptación o integración vincular, considerada como la relación de integración y de aceptación mutua” (Sayed, Beirutí, Gázquez, Río en Martínez 2000).
Al igual que Park los psicólogos crearon un esquema que describe el proceso migratorio en siete fases que no necesariamente se completan o se recorren en totalidad: 1) asimilación, 2) integración/Aculturación, 3) interculturalidad, 4) multiculturalismo, 5) separación, 6) segregación y 7) exclusión. Estas fases se integran en tres etapas:
La primera etapa es la fase de asimilación, la cual inicia con la preparación del proyecto migratorio. La segunda etapa incluye las fases: dos (integración/aculturación), tres (interculturalidad) y la fase cuatro (multiculturalismo). Esta etapa inicia con la llegada del inmigrante, así como la adaptación y la interiorización de los valores de la cultura receptora. La tercera y última etapa, caracterizada por las fases: cinco (separación), seis (segregación) y siete (exclusión), inicia con el deseo del inmigrante de volver a su terruño, surge la búsqueda de su lugar de confort, lo que da paso a las últimas dos fases enmarcadas en una encrucijada donde el inmigrante se encuentra entre la asociación y disociación del espacio social, la moral y conducta, es una fase de conflicto individual en la que el emigrante trata de posicionarse en un lugar y que no puede encontrar. Lo que caracteriza esta fase de la migración es que se trata ya de un estado permanente y de la mezcla de sentimientos ambivalentes y en ocasiones ambiguos.
El contexto en el que se migra, la edad, la fisionomía, el género, el lugar que se ocupa en la familia, entre otros factores, suelen influir en la conclusión del ciclo de adaptación al llegar a otra cultura. Sin embargo, se debe considerar que estos factores se combinan, lo complejiza y hace más particular cada relato de los emigrantes.
Si bien, la psicopatología de los procesos migratorios da a conocer los factores de vulnerabilidad emocional y mental en el migrante, no se puede hablar de un único cuadro en el que se integren todos los síntomas y así concluir en un diagnóstico. Pero sobre todo, no se debe sobre valora el método aplicado por la psicología para explicar todos los procesos de adaptación o inadaptación de un inmigrante en la sociedad receptora. El hecho de que un migrante no se integre inmediatamente a un espacio social no siempre está vinculado a una patología, o viceversa, no todo migrante que aparentemente funciona en la sociedad receptora indica que se encuentre en estabilidad anímica y emocional. Cada sujeto que migra y cada sociedad en la que se inmersa, cuenta con múltiples dimensiones que hacen particular cada caso.

Conclusión

El encuentro de la sociología con los estudios migratorios en relación con las repercusiones en lo anímico, más que un convencionalismo, es una necesidad. La situación económica, política y social que nos aqueja tiene una gran influencia en nuestros estados anímicos. Por ello, compartiendo el pensamiento de Sinhji Hirai, y haciendo referencia a su obra titulada “Economía Política de la Nostalgia” (2009) podemos concluir que en los procesos económico-políticos se desencadenan procesos anímicos-sociales que afectan la tranquilidad de los migrantes y sus familias. Es decir, por un lado el migrante deja su hogar para satisfacer necesidades económicas, por otro se encuentra en una encrucijada política al no ser un sujeto reconocido en el país receptor, por otro la sociedad receptora no ve al migrante como un igual y agregándole un plus a este proceso, el migrantes debe lidiar con la nostalgia que le provoca no estar en su tierra natal y tratar de adaptarse a un mundo nuevo.
La obra de Hirai muestra una parte de esta dimensión anímica en la migración, sin embargo existen muchas otras repercusiones emocionales que pueden llegar a tener una gran magnitud en el funcionamiento de la acción social. Por ello debe existir la necesidad de observar los fenómenos desde lo que no se puede ver, desde lo que obviamos pero no entendemos. “La migración no debe ser estudiada simplemente en sus efectos más evidentes, tal como manifiestan los cambios de costumbres y de hábitos, sino que podría ser enfocada en sus aspectos subjetivos, como se expresa en el tipo modificado de personalidad que produce” (Martínez, 2000). Se debe partir de un enfoque que no se limite explicar los fenómenos como objetos.

Bibliografía

Bericat, E., (2000) “La sociología de la emoción y la emoción en la sociología” en Paper: Revista de Sociología, Nº 62, págs. 145-176.
Martínez E., (2000) “Estudio Introductorio. Migraciones, Cambios Sociales e Híbridos Culturales” en Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. (En Línea) Nº 75, Universidad de Barcelona, disponible en: http://www.ub.edu/geocrit/sn-75.htm (Accesado el 15 de agosto del 2013).
Hirai, S. (2009) Economía política de la nostalgia: un estudio sobre la transformación del paisaje urbano en la migración transnacional entre México y Estados Unidos. México, Juan Pablos Editorial y UAM.
Park, R. E. (1925) “Community Disorganization and Juvenil Delinquency”, en Park et al. The City, p. 99-112, citado en P.Hall, Ciudades del mañana, 1966. Barcelona, Ediciones del Serbal.
Park, R. (1928). Human Migration and the Marginal Man. American Journal of Sociology, 33(6), 881-893.

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