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Reflexión sobre la Primera Esclavitud Universal desde los presupuestos de la Filosofía de la Liberación

Isabel Guerra Narbona

Año 0, No. 5, julio 2014

 

Ponencia presentada en el XIII Congreso Mundial de Filosofía Atenas 2013

1.- Introducción

A simple vista, puede parecer que vivimos en un mundo en el que una parte de la humanidad está sometida a una dominación política, económica, social y cultural, mientras, en cambio, otra parte muy pequeñita goza de una libertad que le permite disfrutar de una serie de derechos y privilegios con los que poder desarrollar una vida digna y próspera. Pero, pensar de ante mano que, por un lado, existe una situación de dominación, y, por otro, de una completa libertad es una consideración un tanto simplista, ya que mantener tal idea nos podría llevar a afirmar que el problema de la miseria y la opresión que sufre la periferia bien podría eliminarse algún día si ésta llegara a alcanzar un estatus económico-político similar a Occidente. Más concretamente, se podría argumentar que terminar con la esclavitud de la periferia supondría alcanzar la libertad propia de Europa o Estados Unidos. Lo que supone pensar que dicha esclavitud es justo lo opuesto a la libertad que defiende el liberalismo en nuestras sociedades. Nada más lejos de la realidad. Porque visto así, la única solución que habría para eliminar tal esclavitud sería construir un mundo en el que se respetaran las ideas de progreso, dignidad y libertad que defiende Occidente. Muchos optimistas del actual sistema opinan que ésta es, sin duda, la misión particular de la Globalización. Nosotros, por nuestra parte, pretendemos, desde los presupuestos defendidos por Marx, Dussel y Hinkelammert, criticar esa pretendida libertad occidental, esto es, desvelar su ser oculto, porque en realidad estamos convencidos de que se trata de la misma dominación que oprime a la periferia, sólo que al manifestarse en el territorio de la totalidad capitalista se percibe como todo lo contrario, como una libertad que aparentemente “permite” a los seres humanos desarrollarse plenamente. Para señalar la veracidad de tal idea, queremos comenzar nuestro discurso mostrando la relación entre dos acontecimientos que supuestamente parecen no tener ninguna relación dada la lejanía en el tiempo en la que tienen lugar y la gran distancia geográfica que los separa. Nuestra pregunta expresa la siguiente inquietud: ¿existe alguna relación entre el hecho terrible de que una mujer se haya prendido fuego delante de una sucursal bancaria en España en pleno siglo XXI y lo ocurrido en el siglo XVI en el Caribe, cuando muchos arahuacos Taínos decidieron suicidarse antes de ser esclavizados por las tropas invasores europeas? Con esta pregunta, pretendemos poner de relieve varias conclusiones.
En primer lugar, queremos mostrar que la esclavitud que sufrieron los amerindios a partir de 1492 por parte de los invasores europeos sigue hoy todavía presente bajo la opresión que ejerce el sistema capitalista.
En segundo lugar, consideramos que esa continuidad de la opresión y explotación, que viene desarrollándose desde la primera Modernidad hasta el presente, no sólo se puede percibir en la trágica historia de empobrecimiento y explotación de las naciones periféricas, sino que además dentro de las fronteras del mundo occidental existen hechos, acontecimientos cada vez más numerosos, que muestran igualmente que existe una conexión entre el duro sometimiento que ejerció Europa a Amerindia hace más de quinientos años y el ejercicio dominador que llevan a cabo los bancos, e incluso la llamada democracia liberal, a los ciudadanos europeos.
Por último, defendemos la idea de que eliminar la esclavitud de la periferia supone también acabar con la libertad individualista propia del hombre occidental, ya que pensamos que se trata del mismo fenómeno, sólo que desarrollado desde ámbitos diferentes. Al fin y al cabo, todos en cierta manera vivimos encadenados y obligados a aceptar la dominación bien como pobres, bien como consumidores, pero en realidad, todos vivimos alojados en un mundo que no nos pertenece, porque sencillamente es inhumano. Se trata entonces de una esclavitud universal, la primera.

2.- La esclavitud de los oprimidos del Sistema-Mundo

Reflexionar sobre la esclavitud capitalista de nuestros días sería un ejercicio imposible de realizar sin recurrir a los que consideramos los dos grandes críticos del capitalismo, Karl Marx y Enrique Dussel. Dichos filósofos mantienen en sus discursos que el capitalismo es un mecanismo complejo que se fundamenta principalmente en la dominación y la explotación de los seres humanos, y que incluso llega hasta poner en grave peligro toda clase de vida en nuestro planeta. En concreto, en El Capital, Marx (2007) mostró la relación de explotación que mantiene el capitalista con respecto al trabajador, relación que da lugar al plusvalor, que es la causa, por una parte, de la miseria de la clase trabajadora y, por otra, del enriquecimiento de la clase burguesa:

El capitalista tiene su propia opción sobre esta última Thule, el límite necesario de la jornada de trabajo. En cuanto capitalista no es más que capital personificado. Su alma es el alma del capital. Pero éste no tiene más que un instinto vital, el de valorizarse, el de crear plusvalía, de absorber con su parte constante los medios de producción, la mayor masa posible de plustrabajo. El capital es trabajo muerto que sólo revive, como los vampiros, chupando trabajo vivo, y vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupe (p. 311-312).

Teniendo en cuenta la cuestión de la plusvalía que Marx explica para hacer evidente el robo que sufre la clase obrera a manos de la clase capitalista, el filósofo mexicano de forma inteligente supo articular este fenómeno a la explotación que sufren los pueblos periféricos con respecto a los países metropolitanos del Norte. Dussel (2001), entonces, asume las categorías de Marx y las aplica a la realidad del Sistema-Mundo:

Sólo Marx tiene un marco teórico-categorial (de economía crítica o de crítica de la economía) que nos permite “descubrir” y “explicar” estos “hechos”, invisibles para la economía “funcional” (neoclásica, neoliberal, etc.). La masiva pobreza de naciones periféricas es un hecho no-intencional de la globalización del capital productivo, comercial y financiero, estructura material fundamental del Sistema-Mundo (p. 378).

Los planteamientos desarrollados por la Filosofía de la Liberación nos mostraron que la Modernidad, comprendida desde la apertura al Atlántico y la conquista de Amerindia a partir de 1492 por parte de los europeos, se caracteriza principalmente por ser el periodo que dio lugar al nacimiento del primer Sistema-Mundo (Dussel, 1996). Éste lo integra un centro dominador, que es Europa, y su periferia oprimida, que corresponde a América Latina, África y Asia. Como describe Dussel en sus obras, hasta 1492 el centro del sistema se hallaba en torno a Bagdad y la India, por lo que Europa era todavía periferia de toda esta zona. Pero, la inesperada invasión de ésta sobre Amerindia, en especial México y Perú, dio a Europa una ventaja sobre aquellas tierras. Llegamos a una primitiva Modernidad. Ya en esta etapa preparatoria de lo que luego será la hegemonía occidental se produce una gran revolución en el paradigma científico de la Europa periférica medieval que tuvo como uno de sus logros importantes la primera “vuelta” de la Tierra dirigida por Magallanes. De todas formas, Europa necesitará durante tres siglos acumular riqueza (oro y plata), desarrollar tecnología militar, controlar el poder y avanzar en la administración de la centralidad del Sistema-Mundo. Sólo así se pudieron ocupar las regiones de Asia y posteriormente “invadir” África. Sin embargo, Europa no consigue convertirse en la hegemonía mundial que es hoy hasta la Segunda Modernidad propiamente burguesa (siglo XVII).
A finales del siglo XX, el Sistema-Mundo cumple ya quinientos años. Es la historia del sistema de la Modernidad, del capitalismo mercantil, industrial y transnacional, que tuvo lugar gracias a la sangre derramada del Otro, del inocente. Es entonces la historia de una época marcada por la esclavitud y por su consiguiente e inevitable miseria extendida por todos los continentes como si de una pandemia se tratara. Desde esta perspectiva, Dussel nos muestra que ese sacrificio fue el origen irracional de la Modernidad. Esclavitud que hoy sigue siendo combustible para el progreso racionalizado del Centro, de Occidente. Porque el sistema actual se ha construido gracias a los millones de hambrientos y explotados que fueron sacrificados para la instauración de un nuevo sistema que tiene como origen la acumulación de capital.

3.- La esclavitud de los privilegiados del Sistema-Mundo

De esa relación de esclavitud que ejerció el hombre europeo con el amerindio surgió un nuevo ser humano, el individuo propietario y calculador. En esta cuestión nos ha servido de gran ayuda un artículo que escribió Hinkelarmmert (2000) titulado “La vuelta del sujeto humano reprimido frente a la estrategia de la Globalización”, en el que el filósofo alemán nos muestra la subjetividad del hombre moderno, la cual nos es muy útil para ver precisamente dónde se fundamenta esa libertad individualista, que es defendida por el liberalismo al considerarla propiamente el motor del progreso y la felicidad humana.
Ahora bien, este sujeto que describe Hinkelammert tiene su antecedente ontológico en la visión que desarrolló el enfoque cartesiano, cuando interpretó al ser humano como un sujeto pensante que se enfrenta al mundo exterior de los objetos para poseerlos. Este sujeto interpreta toda corporeidad como su objeto, incluso no sólo la corporeidad del Otro, sino también la suya propia:

Este sujeto del pensamiento es a la vez el individuo poseedor. La relación sujeto-objeto es la relación en la cual el individuo se dirige al mundo para dominar y poseer. Es la res extensa, frente a la cual se puede comportar como este individuo, que tiene relación de propiedad con todo el mundo externo, considerando su propia corporeidad como mundo externo. Por tanto se interpreta como propietario de su propio cuerpo, de las reacciones de este cuerpo y de todos sus pensamientos (p. 204).

Sobre dicha cuestión es muy interesante el planteamiento defendido por la Filosofía de la Liberación, desde donde Enrique Dussel (1996) supo interpretar correctamente que el origen de esta nueva subjetividad del europeo moderno, fundamentada en el “yo pienso” cartesiano, tuvo su origen precisamente en el “yo conquisto”: experiencia europea de superioridad, la primera como hombre europeo. Porque ese ego nació ante las regiones que fueron dominadas y sometidas al control del poder militar. Después, dicho ego se convertiría en fundamento de todo discurso, de toda filosofía, de toda razón e ideología europea que empezaba a proclamarse universal e incuestionable. Por ello:

Desde el “yo conquisto” al mundo azteca e inca, a toda América; desde el “yo esclavizo” a los negros del África vendidos por el oro y la plata logrados con la muerte de los indios en el fondo de las minas; desde el “yo venzo” de las guerras realizadas en India y China hasta la vergonzosa “guerra del opio”; desde ese “yo” aparece el pensar cartesiano del ego cogito (p.19-20).

Por su parte, Hinkelammert señaló que aunque más tarde esta interpretación del sujeto pensante cartesiano fue sustituida por el sujeto actuante, dicho esquema de sujeto pensante-objeto no sufrió grandes cambios, ya que dicho individuo siguió interpretando todo el mundo corporal de nuevo como un objeto de su propiedad, y lo único que cambió fue entonces la forma de acceder a ellos. Al respecto, expresa Hinkelammert (2000):

Sigue interpretando todo el mundo corporal como su objeto de acción, pero se ve a sí mismo más bien como una sustancia calculadora, que se mueve en un mundo de puros objetos, y calcula su posibilidad de acceder a este mundo consumiéndolo y de acumular como propiedad partes crecientes de él. Para este sujeto calculador el propio cuerpo sigue siendo un objeto igual como lo es el mundo exterior (p. 204).

En nuestra propio discurso hemos tenido en cuenta el planteamiento de Enrique Dussel sobre la dominación que ejerció el conquistador europeo al amerindio, cuando interpretó a éste como un objeto que podía poseer para explotarle, y la hemos articulado a la descripción que establece Hinkelammert sobre ese sujeto calculador y propietario de todos los objetos del mundo exterior, cuyo horizonte de relaciones es el mercado, para mostrar que aquella dominación terriblemente violenta del europeo con respecto al indio, al africano y asiático se fue transformando poco a poco hasta dar lugar hoy a la dominación racional-calculadora propia de los capitalistas, de los Estados modernos, de los bancos y de las multinacionales en su afán de acumular capital, el cual se ha vuelto, como sabemos, fundamento del mundo. Veamos una serie de reflexiones con respecto a toda esta cuestión que empieza de una u otra manera a tomar forma y repercusión en nuestra crítica al sistema capitalista.
En primer lugar, el conquistador europeo al someter violentamente al Otro, y considerar sus tierras objetos exclusivos suyos, le llevó a construir todo un mundo basado en la relación de individuo-propiedad, en donde la propiedad podía ser tanto una casa como incluso una persona. De hecho, pensamos que el derecho de propiedad, que tanto defiende Occidente como un derecho inalienable, universal, nació precisamente del desprecio que sufrió el indio al ser tratado como objeto. Expresa Dussel (1996):

Entonces llega el español a América y se pregunta: “¿El indio es hombre?” Fernández de Oviedo nos aclara que es un hombre, es decir “un animal racional y de la misma estirpe de la Santa Arca de Noé, pero que se ha vuelto bestial por sus costumbres”. Decir que se ha vuelto bestial es decir que es bestia, pues ha perdido su racionalidad, y si ha perdido su racionalidad ha dejado de ser hombre para ser sólo ente; por lo tanto el indio es un útil, una cosa a “disposición-de”. Es así como los españoles piensan Hispanoamérica (p. 65).

En segundo lugar, el ansia absoluta de este individuo por poseer todos los objetos para sí mismo, incluyendo la propia naturaleza y la corporeidad del Otro, contribuyó a que la relación individuo-propiedad se fuera complificando, sistematizando o institucionalizando, hasta dar lugar al sistema capitalista que hoy conocemos, cuyo fin, como sabemos, está precisamente en convertir todos estos objetos en mercancía con la que poder poseer grandes beneficios económicos. Hinkelammert (2000) expresa al respecto:

Todo puede transformarse en esta visión en capital y se habla incluso de capital humano, en cuanto el ser humano es visto desde su posibilidad de acumular. El individuo poseedor entonces puede considerarse a sí mismo con su cuerpo y alma, como capital suyo. Todas sus habilidades y hasta todo su prestigio ahora lo puede emplear como capital en la persecución calculada de sus intereses materiales. Si hablamos aquí de intereses materiales, no se trata necesariamente de intereses en cosas naturales […] El cálculo es un cálculo de medio-fin, o insumo-producto (p. 205-206).

En tercer lugar, este cálculo al que se refiere aquí Hinkelammert tiene como objetivo fundamental para este individuo poseedor producir con determinados medios un producto cuantitativamente máximo, o un producto con medios mínimos empleados. Al conseguir todo esto, la acción de este sujeto, cuyos criterios máximos son la eficacia y la competitividad, se considera racional. Es desde el punto de vista de esta racionalidad que todo el sistema se transforma en un gran engranaje de funcionamiento, que persigue la acumulación de posibilidades para el aumento de los ingresos. En este sentido, todas nuestras acciones giran en torno a dicha acumulación. De hecho, como expresa Hinkelammert (2000): “Educación y salud se transforman en sectores de creación de capital humano, la distribución de ingresos en incentivación para la aceleración del proceso, la cultura en actividad que da sentido a este proceso sin sentido” (p. 206). Desde esta situación pareciera que el capital se haya convertido en una entidad autónoma, principio y fin de nuestras acciones humanas, que vive instalado en nuestro cerebro, y desde ahí nos domina.
Todas estas ideas nos llevan a cuestionarnos sobre el fundamento de lo que conocemos por libertad individual, aquella que tanto defienden los liberales y neoliberales, como Hayek o Friedman, al considerarla motor de progreso universal y fuente de derechos humanos. Al respecto, los planteamientos de Hinkelammert nos han sugerido que esta libertad que “disfrutan” los ciudadanos occidentales tiene como fundamento esa acción racional, individual y calculadora que, desde el mercado, nos llevaría a la consecución de intereses materiales, a los que el filósofo alemán llama utilidades calculadas, y que pueden ser tanto satisfacciones por el consumo como ganancias por la acumulación.
Ahora bien, atendiendo a todas estas cuestiones, defendemos la tesis de que esa libertad, que se mueve esencialmente por el ansia de acumular capital o consumir determinadas mercancías, no es realmente libertad humana, sino todo lo contrario, esclavitud. Una esclavitud muy sutil y difícil de percibir porque vive alojada bajo el manto pesado del mismo consumismo, que no es más que una actitud de completa sumisión al capital, y que limita en gran medida nuestra capacidad para comprender (y defender) que otro mundo más justo es posible para todos. Libertad individual que sólo sirve para garantizar la permanencia y desarrollo de la vida opulenta de Occidente, pero no del ser humano en cuanto tal. Porque pensamos que ese consumismo salvaje que nos domina es una herencia de aquella relación de propiedad y explotación que el invasor implantó en el mundo del Otro, desde un ansia enfermiza por poseerlo todo. ¿No guarda relación entonces aquel sentimiento avaricioso del europeo de dominar y poseer al Otro, y a sus tierras, con el ansia y la fiebre desmedida del consumidor por acumular mercancías, productos que en realidad están hechos con nuestra propia corporalidad, con nuestro sacrificio?, ¿Qué es entonces lo que realmente llegamos a poseer desde el mercado?
Por tanto, al igual que el invasor europeo dominó y explotó al amerindio a partir de 1492, desde una relación de violencia y desprecio a su cultura, lo mismo hace el capital en nuestros días, que nació de esa relación de dominación, y que desde ella se fue divinizando, absolutizando, por encima del ser humano, tanto del latinoamericano, africano y asiático como también del europeo y del estadounidense. Por eso, podemos llegar a pensar que si bien la dominación que padece el Otro, la víctima del mundo periférico, se manifiesta como miseria y hambre, la del occidental lo hará como consumismo, que es en realidad un ejercicio que oculta la reproducción, una y otra vez, de la propia codicia del capital por poseernos a todos como su propiedad. Ejercicio que va destruyendo nuestra humanidad, nuestra sensibilidad hacia el sufrimiento del Otro, y en su lugar va dejando sembrado un vacío doloroso, que siendo ocupado por el mismo egoísmo del capital, deja igualmente hambre, hambre y sed de liberación, hambre que nunca llega a saciarse completamente, así compremos enormes palacios o ciudades enteras. Libertad invertida, fetichizada, como nos diría hoy el mismo Marx.

Bibliografía

DUSSEL, E., Filosofía de la Liberación, Bogotá, nueva América, 1996.
__, Hacia una filosofía política crítica, Bilbao, DESCLEÉ DE BROUWER, 2001.
__, Política de la Liberación. Arquitectónica, Madrid, Trotta, 2009.
MARX, K., El Capital, I, Madrid, Akal, 2007.
HIMKELAMMERT, F., “La vuelta del sujeto humano reprimido frente a la estrategia de la Globalización” en El vuelo de Anteo. Derechos Humanos y Crítica de la Razón Liberal, Bilbao, DESCLEÉ DE BROUWER, 2000.

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