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Entrevista con Carlos Figueroa Ibarra

Aldo Fabián Hernández Solís

Año 1, No. 12, septiembre 2015

Intelectuales y la izquierda en la encrucijada neoliberal

Carlos Figueroa Ibarra es un reconocido sociólogo, investigador y militante de izquierda. Doctor en sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Su interés académico se ha centrado en los procesos políticos de Guatemala y México, en estudios sobre la violencia y sobre el neoliberalismo en América Latina. Entre sus publicaciones destacan: “El proletariado rural en el agro guatemalteco” (1980), “El recurso del miedo. (Ensayo sobre el Estado y el terror en Guatemala)” (1990), “Paz Tejada. Militar y Revolucionario” (2001) y “¿En el umbral del posneoliberalismo? Izquierda y gobierno en América latina” (2010).
Esta entrevista, a la par que recorre partes de la experiencia y trayecto de vida de Carlos Figueroa, se centra en el debate sobre el estado y perspectivas de la izquierda, sobre el neoliberalismo y sobre el papel de los intelectuales en las disputas políticas de nuestro tiempo.

El intelectual se forma en la vida, a partir de su experiencia, de su tiempo, de sus valores y también de sus elecciones. Profesor conociendo su trayectoria. ¿Dónde y cómo nace su compromiso militante? y ¿Cómo lo liga a su trabajo académico?

La pregunta que me haces me ha obligado a reflexionar acerca de las causas que hacen que la gente se involucre en un compromiso militante o deje de hacerlo. Una primera respuesta podría ser que yo nací y crecí en el seno de una familia cuyo jefe de familia lo tenía. En efecto, mi padre fue militante comunista desde 1951 cuando ingresó al Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) hasta el 6 de junio de 1980 cuando junto a mi madre fue asesinado en alguna de las calles de la ciudad de Guatemala. Crecí viendo a combatientes y militantes llegar a mi casa. Y a no pocos de ellos los vi muertos después en las páginas de los periódicos. Pero constato que ninguno de mis tres hermanos ha tenido el espíritu militante que yo he tenido desde que apenas estaba saliendo de la adolescencia. De los cuatro hermanos, he sido yo el que desde muy temprano y hasta el día de hoy ha tenido participación política.
Y tu pregunta me ha hecho recordar mi primera participación en la política. Debe haber sido en 1960 y yo tenía 8 años cuando una avioneta dejó caer en la calle donde yo vivía, volantes de propaganda del partido Redención que era encabezado por el entonces presidente Miguel Ydígoras Fuentes. Recuerdo haber recogido los volantes que habían caído en el patio, la acera y calle de mi casa. Y me puse a repartirlos a todas las personas que por allí pasaban… Un señor me dijo con una sonrisa “muchas gracias, ya voy al partido”. El anticomunista partido Redención se encontraba a una cuadra de mi casa. Y luego otro hombre pasó a mi lado y continuó su camino destruyendo con violencia el volante. Allí supe que había algo que era política y que la política era el terreno del conflicto. Cuando le conté a mi padre lo sucedido se mataba de la risa y me habló del presidente y de su partido…
He visto a hombres y mujeres nacidos en el seno de hogares con padres comprometidos que no heredan esa vocación. Y también he visto a hombres y mujeres nacidos en el seno de hogares apolíticos, acomodados o hasta reaccionarios, que terminan ofrendando hasta sus vidas por la revolución. Creo entonces que el compromiso político, particularmente en el de la izquierda, nace de una combinación de vocación por la transformación con la sensibilidad hacia la suerte de los condenados de la tierra. En mi caso yo comencé a acercarme al PGT sin decirle nada a mi padre. Fue Alfonso Solórzano, el esposo de Alaíde Foppa, quien me dio las primeras bases doctrinarias partidarias y me reclutó. Tenía yo 20 años y ya estudiaba marxismo en la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Por mi condición de extranjero no podía participar en el movimiento estudiantil, pero no había asamblea en la que no asistiera como oyente.
De esa época data mi primer contacto con la famosa tesis sobre Feuerbach de que los filósofos no deben sólo interpretar el mundo sino también transformarlo. Supe que mi papel no eran las armas pero tampoco la actitud contemplativa del intelectual pasivo. Tuve en México y en Guatemala ejemplos de intelectuales comprometidos: Ricardo Pozas Arciniegas, Víctor Rico Galán y el malogrado Gilberto Arguello fueron mis maestros en la UNAM; Severo Martínez Peláez de quien nunca fui alumno formalmente, pero quien fue mi mentor por excelencia. No puedo dejar de mencionar a Eduardo Perera Álvarez, en apariencia solamente un abogado vinculado al sistema judicial pero que en realidad era un operador en las catacumbas de la guerra fría. Eduardo también fue mentor de mi muy querido Gilberto López y Rivas. Luego tuve maestros como Theotonio dos Santos, Vania Bambirra, Agustín Cueva, René Zavaleta. Y ejemplos como los de Ruy Mauro Marini, Clodomiro Almeida, Sergio de la Peña, Enrique Semo y Roger Bartra. Supe que era posible vincular el trabajo académico con la política y que ésta última le daba sentido al primero. Eso lo aprendí de todos ellos.

Nació a mediados del siglo XX, un siglo de horrores y de grandes esperanzas, viendo el pasado desde hoy y desde este pedazo de mundo, ¿qué queda y que se ha ido?, con respecto a la lucha política de izquierda. ¿Cómo definiría lo que es ser de izquierda en estos tiempos? ¿Qué sería una novedad en la izquierda con respecto a tiempos pasados?

Desde aquellos años de los cuales acabo de hablar (las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX) muchas cosas han sucedido, y es un lugar común decir que el mundo es otro enteramente. Para empezar el horizonte socialista y la actualidad de la revolución, al menos como los concebíamos en aquellos años no existen más. Esto es lo que se ha ido. Y lo que se ha quedado es la voracidad capitalista en su versión más despiadada, la neoliberal. Por lo tanto en mi opinión sigue vigente la necesidad de superar al capitalismo y ahora en calidad de urgencia porque si no el capitalismo terminará acabando con la humanidad.
Pero hoy la tarea más inmediata es acabar con el neoliberalismo y esta urgencia define a lo que es ser de izquierda en el momento actual. Hoy el denominador común de la izquierda no es el anticapitalismo sino el antineoliberalismo. Este es el saldo de la implosión soviética y del auge del capitalismo neoliberal. Y este saldo hace que hoy personalidades y sectores que nunca nos imaginamos del lado de la izquierda en años pasados, hoy son parte de la izquierda. Esto se debe a que estas personalidades y sectores cambiaron, pero también se debe a que la izquierda desplazó sus parámetros como consecuencia de una nueva correlación de fuerzas en el mundo.
Por ello mismo el instrumento político para canalizar esta voluntad política no está articulado en torno a una ideología en particular sino en torno a un programa político. Esto es lo que hemos visto en los distintos países de América latina y también lo estamos viendo en México. En el pasado la izquierda revolucionaria fue muy ideologizada. Hoy hasta resultan hilarantes los motivos por los cuales la izquierda en el mundo y en América latina se fue fraccionando. Y no puedo dejar de pensar que en muchas ocasiones los argumentos ideológicos que se esgrimían para fundamentar las divisiones en realidad no hacían sino esconder apetitos personales y de secta por el poder.

Si podemos dar un ejemplo de que es tener dos patrias, México y Guatemala, usted podría ser un buen ejemplo, su inquietud académica y preocupación política se centra en estos dos países hermanos. Es también, me parece, una forma de burlar el exilio, de vencer la derrota… Y es también un ejemplo de internacionalismo.

Acaso sea políticamente incorrecto decir que soy hombre de dos patrias. Pero esa es mi realidad. Mis recuerdos más lejanos tienen que ver con la Avenida Cuauhtémoc cuando tenía dos vías y un camellón con palmeras, con mi escuela de párvulos, el Colegio Infantil Andersen, dirigido por una recia mujer de la España republicana. Pero también con el cielo azul de las tardes de noviembre de Guatemala, a la que regresé en 1958 cuando mi padre puso fin a su exilio motivado por la caída de Jacobo Arbenz en 1954. Viví en la Guatemala que en los años sesenta hacía la resistencia armada a la contrarrevolución de 1954 y luego viví la frustración, indignación y rabia que dejó el 68 desde 1970, cuando volví a México y tuve la fortuna de ingresar a la UNAM. En enero de 1971 estando de vacaciones en Guatemala padecí el cateo de toda la ciudad hecho por la dictadura de Arana Osorio (1970-1974) y poco tiempo después presencié con alegría la liberación de los líderes estudiantiles del 68 Pablo Gómez, Gilberto Guevara Niebla, Salvador Martínez Della Roca, Eduardo Valle Espinoza, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Joel Ortega, Romeo González y otros más. Sobreviví entre 1979 y 1980 a una persecución implacable en Guatemala y a una lista de muerte elaborada por el Ejército Secreto Anticomunista que mató a tres de los siete intelectuales que tuvimos el honor de ser puestos en ella. Presencié en México el surgimiento de la izquierda articulada en torno al antineoliberalismo después del fraude electoral de 1988. Al mismo tiempo seguía haciendo lucha clandestina para acabar con la dictadura militar guatemalteca. Mi padre nació en Guatemala y México le salvó la vida en 1954 cuando logró atravesar la frontera disfrazado de campesino huyendo de la cacería anticomunista. Años después yo repetiría la historia cuando logré salir con vida del infierno en que estaba Guatemala en 1980 y en los años que siguieron. En efecto tengo dos patrias, la que me vio nacer en 1954 y la que me salvó la vida en 1980. Y vivo con la cabeza puesta en ambas. Por lo tanto para mí el exilio como dices, hoy sencillamente no existe.

México y Guatemala en la encrucijada neoliberal. ¿En qué lugar se encuentran estos países, que sigue en este proceso de crisis en todos los niveles? ¿Qué nuevos peligros y riesgos se perciben para nuestros pueblos?

No puedo dejar de hacer comparaciones entre lo que sucede en México y en Guatemala. En ambos países se están viviendo los rigores del neoliberalismo en su segunda fase, aquella que David Harvey ha denominado “la acumulación por desposesión”. Guatemala vive además todos estos rigores con los atavismos autoritarios y de terrorismo estatal que provienen del hecho de haber sido el escenario de la implantación de las dictaduras más sanguinaria de América del siglo XX. Como es sabido esas dictaduras dejaron un saldo de 150 mil ejecutados extraoficialmente y aproximadamente 45 mil desaparecidos de manera forzosa. El terror estatal que alcanzó su clímax con la tercera ola de terror entre 1978 y 1984 destruyó buena parte del tejido organizativo y dirigencial que se había venido forjando en los años precedentes. La insurgencia fue derrotada militarmente en el sentido de que la alejó de su objetivo estratégico que era la conquista del poder. Los acuerdos de paz que este año cumplen 20 años de haber sido signados, tuvieron una correlación de fuerzas sumamente desfavorables para que se cumplieran en lo esencial. Hoy vivimos pues un país que perdió dos oportunidades para haber tenido una vida mejor. La primera de esas oportunidades se perdió cuando fue derrocado Arbenz en 1954. La segunda se perdió cuando en un contexto adverso en lo interno (la derrota insurgente) y externo (el auge neoliberal), esos acuerdos de paz se fueron desvirtuando por su incumplimiento. Lo que resulta más descorazonador de Guatemala es que a diferencia de lo que sucede en todos los países que la circundan, no existe una fuerza política y social que desafíe a la descomposición social que está provocando el neoliberalismo.
En el caso de México, no puede sino constatarse también una descomposición social que arranca desde la ruptura del pacto histórico que implicó la revolución mexicana. Como es sabido desde la década de los cuarenta del siglo XX, Jesús Silva Herzog y Daniel Cosío Villegas estuvieron advirtiendo acerca de la agonía de la revolución iniciada en 1910. Sería una agonía prolongada en todo caso, porque lo que la terminó de matar fue el abandono del nacionalismo revolucionario y su sustitución por el neoliberalismo a partir de 1982. En realidad lo que quedaba de la revolución mexicana se fue matando a lo largo de estos últimos 33 años y es el gobierno de Peña Nieto con la reforma energética y las otras reformas, la de la seguridad social por ejemplo, el que ha terminado de enterrar el legado revolucionario. La presencia del narcotráfico, la inoperancia judicial, la existencia de territorios que hegemonizan actores no estatales, el ascenso sin precedentes de las ejecuciones, el aumento de la pobreza, han llevado a México a una situación inimaginable en aquel lejano año de 1970 cuando yo regresé para iniciar mi carrera universitaria. Acaso la diferencia con Guatemala sea que en México existen diversos movimientos políticos y sociales que han logrado desafiar al neoliberalismo. Este tuvo que hacer un fraude en 2006 y comprar las elecciones en 2012 para perpetuarse. El movimiento lopezobradorista articulado en Morena, el zapatismo y diversos movimientos sociales son una realidad que a veces en México desestimamos. En medio de todas las calamidades, estos movimientos políticos y sociales son la esperanza.

El grito de “Fue el Estado” de la lucha por los normalistas de Ayotzinapa, parece reconocer el tamaño del reto, el problemas central, sin embargo, la izquierda se pierde en diversos caminos y estrategias que no logran aglutinar a un bloque suficientemente fuerte para vencer. ¿Dónde encuentra, usted, los principales obstáculos y/o errores para derrotar a este modelo, reconociendo que no es ninguna tarea fácil?

La gran dificultad estriba en que pese a que existe aproximadamente un tercio de la población que se expresa de manera activa en contra del neoliberalismo y sus consecuencias, las otras dos terceras partes siguen creyendo en la derecha neoliberal. Además de esto, una parte importante de la población practica el consenso pasivo del que hablaba Gramsci, la legitimidad por omisión. Todos aquellos que hemos practicado el “casa por casa” hemos podido observar que mucha gente está en el escepticismo (“todos son iguales”), la desinformación (“no lo sabía”) y en el fatalismo (“todo va a seguir igual”). El descontento que provoca el neoliberalismo se expresa sobre todo en el repudio a los partidos políticos por su bien ganada fama de venalidad y además en el repudio a la corrupción gubernamental. El enojo no está dirigido hacia las grandes cúspides empresariales que también son responsables de lo que sucede en el país. El arma fundamental de la dominación neoliberal es la televisión y la radio, medios masivos de comunicación que son hoy el opio del pueblo. Y todo ello se complementa con la compra del voto que hace presa de los sectores más pobres y vulnerables de la población. Aun cuando estamos observando un crecimiento de la represión y del autoritarismo para contener el descontento antineoliberal, no es en el neoliberalismo la violencia del Estado el recurso fundamental de la dominación. Dos errores advierto en el proceso de acumulación de fuerzas: el movimientismo que desestima la lucha por el poder y el electorerismo que desestima a los movimientos sociales.

La urgencia de disputar el poder a los neoliberales parece clara. ¿Cómo lograrlo? ¿Qué camino? ¿Qué sujeto?

Uno de los grandes cambios que ha provocado el neoliberalismo es que el sujeto revolucionario por excelencia en la tradición de la izquierda –la clase obrera y particularmente la clase obrera industrial-, ha dejado de serlo. Hoy el sujeto transformador es pluriclasista y pluriideológico. La lucha de clases no ha dejado de existir puesto que es el capital el que se enfrenta contra una multitud de sujetos no solamente en el ámbito de la reproducción ampliada sino también en el de la acumulación por desposesión. Ya no es la violencia el camino del poder como lo imaginamos después de la revolución rusa, y en América latina particularmente después de la revolución cubana. El camino consiste en visualizar al Estado y a la sociedad civil como territorios en disputa hegemónica y una lucha equilibrada entre lo político-electoral y lo propiamente social. Las únicas perspectivas claras de cambio en América latina son las que le han dado continuidad en la lucha política y en la lucha electoral a la lucha social.

Centrándonos en México y conociendo su actual militancia. MORENA se percibe por amplios sectores sociales como la esperanza de México, como una posibilidad de trasformación. Sin embargo, aún conviven ahí modos de hacer política viejos (autoritarios, corporativos, etc.), con potencialidades nuevas y alternativas liberadoras. ¿Cómo observa esta coexistencia? ¿Qué tan cerca está la esperanza? ¿Qué características hacen de MORENA el posible instrumento para vencer al partido neoliberal?

En México se construyó una cultura política muy poderosa durante las siete décadas del príato. Y todos los partidos políticos, no solamente el PRI, reproducen dicha cultura política. Y en el único partido de izquierda y de oposición que existe en la actualidad, es decir Morena, no se está exento de la reproducción de dicha cultura política. En Morena existen sectores provenientes de la izquierda que pueden reproducir el sectarismo tan arraigado en algunos sectores de dicha izquierda. Sectarismo expresado en pensar que el propio grupo es el portador de la pureza ideológica y moral y por lo tanto en la intolerancia a la diversidad ideológica que un partido como Morena necesariamente debe tener. Pero también puede reproducirse la cultura del oportunismo transpartidario que se ha expresado de manera clara en el PRD y el famoso Pacto por México. Oportunismo transpartidario que ha provocado que en buena parte de las entidades del país el PRD y los otros partidos de izquierda sean organizaciones políticas colonizadas por el gobierno federal o el gobernador de turno.
He aquí los riesgos que enfrenta en la actualidad Morena. Por fortuna existe una voluntad por hacer una nueva forma de política que empieza por constituir la articulación de la ética y de la política como eje vertebral del partido. Y esa nueva dimensión ética parte de la base de considerar que el poder solamente se vuelve una virtud cuando se pone al servicio de los demás, de considerar también que el poder es solamente un medio. Combate a los efectos perniciosos del poder y del dinero, a la constitución de oligarquías políticas dentro del partido (de allí la importancia fundamental de la no reelección), concebir los cargos partidarios como encargos y pregonar las virtudes de la austeridad republicana forman parte paradójicamente de la lucha ideológica en un partido que en otro sentido no se articula por las ideologías sino por la política.

Un intelectual con una militancia política como la suya, con su experiencia de vida creo puede decirnos mucho sobre la esperanza y la utopía.

Gracias por tus palabras. Una de las lecciones que yo he aprendido a lo largo de mis 43 años de lucha política es que los grandes políticos y los grandes estadistas han sabido combinar de manera equilibrada los principios y el pragmatismo. Esto lo hicieron figuras tan disímiles como Lenin, Mao, Gandhi, Mandela, Fidel. Una acentuación excesiva en los principios (lo que Max Weber llamaba “la ética de las convicciones”) puede conducir a un doctrinarismo inoperante e irresponsable. Un énfasis unilateral en el pragmatismo conduce inevitablemente hacia el oportunismo y la corrupción. Si es cierto que la política es el arte de acumular fuerzas en función de lo posible, la lucha debe estar guiada por la utopía en el mejor sentido de la palabra. Tal como la concebía Adolfo Sánchez Vázquez: como lo que no es posible hoy pero no necesariamente será imposible mañana.

Para cerrar por dónde empezamos, estos tiempos de ignominia, de horrores, hacen necesario pensar el papel del intelectual, más si observamos el campo intelectual donde predomina la comodidad, el aceptar la realidad como un hecho, las ligas con el poder. ¿Qué papel en su opinión debe desempeñar los intelectuales críticos en este nuestro contexto?

En un país como México en el cual el Estado ha operado siempre como un gran leviatán que se traga a los intelectuales y los vuelve funcionales a los intereses dominantes, la primera tarea del intelectual crítico debe ser el permanecer independientes con respecto al Estado. La gran diferencia entre las dictaduras militares de buena parte de los países al sur del Suchiate y el autoritarismo del nacionalismo revolucionario fue que éste último supo manejar muy bien la mediación prebendal con la intelectualidad. Y esta habilidad del Estado desarrollista la ha reciclado de manera muy efectiva el Estado neoliberal. En México los José Revueltas han sido mucho menos que los Aguilar Camín, Castañeda, Casar, y otros como ellos.

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