año 1 no 11

La intención cristológica de Vicente Leñero: una introducción a su novelística

Samuel Lagunas

Año 1, No. 11, julio 2015

El novelista de hoy parece invitado a suspender su reflexión intima sobre el mundo y el hombre, para ponerse a dar testimonio de ese mundo y de ese hombre. A decir cómo es y qué le ocurre. A describirlo, no a juzgarlo. A desentrañarlo, no a modificarlo. A amarlo incondicionalmente. Si se puede, un poquito a la manera en que suponemos nos mira y nos ama Dios.
“Artículo de fe”, Vicente Leñero

La metáfora del laberinto es eficaz para describir la novelística de un autor como Vicente Leñero (Guadalajara, 1933 – México, D. F., 2014). Sobre todo si no olvidamos que el laberinto, en el imaginario cretense, remitía a la morada del minotauro, el devorador de hombres. Quien ha estado en alguno de los variados laberintos que hoy existen (de espejos, de cemento, de árboles) sabrá que, a pesar de que no exista ninguna bestia mitológica hambrienta, la intrincada red de caminos es capaz provocarnos una fatiga y una sensación de frustración sumamente agobiante. Los laberintos de Escher, lo mismo que los “senderos que se bifurcan” en el cuento de Borges, recuperan esa dimensión metafísica y esa potencialidad como espejos de las posibilidades infinitas al mismo tiempo que sitúan a los espectadores y lectores en un plano de observadores y testigos del inviolable sino del sacrificado. Es aquí donde el laberinto se entrecruza con el ajedrez, el juego más grato para Leñero: la trama ominosa de ambos, custodiada por un jugador innombrable, es uno de los ejes narrativos del jalisciense.
Hallar la forma de transitar por los dismundos leñerianos puede resultar una tarea infructuosa, agobiante y fútil si se emprenden los movimientos equivocados. Afortunadamente Vicente Leñero, en tanto autor, ha soltado un hilo que facilita el peregrinaje por las ciudades agobiadas y los poderes opresores de sus novelas. En una entrevista con Adela Salinas declaró: “Todo lo que he escrito ha surgido de una pura preocupación religiosa. Pienso que todas mis obras son profundamente religiosas en ese sentido. Busco explicarme a Dios, explicarme la Redención, explicarme a Jesucristo. Entender no es fácil” (1997: 82). Y en un artículo relativo a la película El crimen del padre Amaro expresó que:

el novelista […] se empapa de vida –lo que significa en términos cristianos– llenarse de gracia y ensuciarse de pecado: la principal materia prima con que se trabaja en cualquier obra de ficción. Y sólo reconociéndonos en el pecado de los otros, que es el de nosotros –hablando siempre en términos cristianos–, podemos alcanzar la redención cumplida en Cristo. Eso pienso. No sé” (2003: 120).

Ambas afirmaciones, la primera referida al contenido de los textos y la segunda al oficio del escritor, permiten suponer que hay en toda la novelística de Leñero una intención cristológica (de hablar de Cristo), suposición que, veremos ahora, constituye el hilo invencible que conduce a los lectores de principio a fin en toda su obra narrativa.

Dismundos de vida y juegos de poder

Como ya lo señaló Danny Anderson, cada novela de Leñero “explora las relaciones de poder que surgen de las jerarquías del orden social, en el cual los subordinados continuamente tratan de unirse contra el poder que viene de arriba, y tal plan suele implicar varias formas de violencia, sea potencial o real” (citado en Nigro, 1997: 30). Esta constante polarización se entiende mejor desde el análisis foucaltiano del poder. Para el filósofo francés la dinámica del poder es multidireccional y omnipresente: “no porque tenga el privilegio de reagruparlo todo bajo su invencible unidad sino porque se está produciendo a cada instante en toda relación de un punto con otro” (Foucault, 1997: 113). Toda relación, es posible concluir a partir de Foucault, es una relación de poder e implica estrategias, dispositivos y tácticas que se despliegan en contra del otro. Para Jon Sobrino, el cristólogo de la liberación más destacado y una de las influencias más claras en la obra de Leñero si atendemos el “Prólogo” de El evangelio de Lucas Gavilán, el antagonismo real es el que existe entre el reino y el antirreino. Para el salvadoreño, el reino es “la última voluntad de Dios para este mundo” (1990: 576) y Jesús, en tanto mediador, Hijo de Dios y ser humano “no aparece desde una tabula rasa, sino en medio de una realidad que le hace contra” (1990: 582): el poder opresor.
En la novelística de Leñero la relación entre las instituciones y los sujetos que las conforman son siempre asimétricas y provocan la violencia de unos contra otros: la censura, el despojo, la discriminación, el encierro. Lo mismo ocurre en la familia que en la iglesia, en la burocracia gubernamental y en cualquier gremio de organización piramidal. Las luchas específicas entre superiores y subordinados aparecen en cada una de sus obras, desde las disputas de Enrique con sus tías ancianas en A fuerza de palabras hasta los combates ideológicos en Redil de ovejas; así como en el gremio reporteril lidiando con la censura gubernamental en Los periodistas, la lucha de una familia contra una burocracia ineficiente en La gota de agua, y el drama de un hombre contra todas las caras del plenipotenciario poder judicial en Asesinato. Una perícopa del Evangelio de Lucas Gavilán nos permitirá entender mejor esta opresión que se escalona ad infinitum. Cuando la suegra de Simón enferma, Jesucristo Gómez decide llevarla al Seguro. Allí el médico general los atiende y diagnóstica cálculos biliares que sólo sanarían con operación:

– Pues opérela.
– Ya les dije que no puede ser. Sólo atendemos a los asegurados.
Inconforme con la respuesta, Jesucristo Gómez se las ingenia para llegar con el director de la clínica. El diálogo con él es ilustrativo:
– Esta mujer está grave. Si se muere, la culpa será de usted.
– Mía no, eso sí le digo.
– ¿Entonces de quién?
– No sé, mía no. En todo caso del sistema (1979: 69).

Cuando Jesucristo Gómez enfrenta este “sistema” va del director de la clínica a las trabajadoras sociales de las Oficinas Centrales, luego a funcionarios “secundones” de la Cámara de Diputados hasta llegar a los “importantes”. Cada uno de ellos siempre víctima de su superior.
Como hemos visto, las relaciones de poder trascienden las relaciones interpersonales. El hombre, si consigue emanciparse de todas las instituciones, enfrenta un rival endémico y menos asequible. Estudio Q es el texto que mejor plantea este antagonismo metafísico. Cuando Gladys, la guionista, crea el personaje de Álex lo hace con una meticulosidad pasmosa: durante varias páginas enlista desde su historial clínico hasta sus cartas astrales a fin de poder tener una compresión completa de su personalidad y, por ende, un control absoluto sobre sus acciones. Hacia el final de la novela, Álex descubre que “incluso su propia voluntad le era ajena. No le era permitido existir fuera de un libreto. Más todavía: estaba fuera de su alcance el plantearse con ideas o con palabras su personal conflicto, de tal modo que no era él quien realmente decía o pensaba: incluso su propia voluntad le era ajena” (1965: 350). Esta asfixiante circularidad sintáctica es reflejo del agobiante drama del personaje que busca insaciablemente su auténtica libertad.
La alegoría del estudio de televisión como “teatro del mundo” tiene en otras novelas formas más religiosas. Así ocurre con el velador don Jesús en Los albañiles. El cuarto párrafo de la novela describe sucintamente su infancia y juventud en Salvatierra, misma que remata con esta declaración: “Las casas, los animales, las tierras, los árboles no eran de él ni de nadie. Nada le pertenecía. Sólo era dueño de la rejodida maldición” (1964: 8). Esta mala suerte –destino fatal, violentísimo– es una impronta a lo largo de su vida que nos hace pensar que era imposible que acabara de otra manera. La “rejodida maldición” inherente a la vida de don Jesús se presenta en otros personajes bajo un fatalismo no menos indefenso: la culpa.
La presencia de la culpa en los dismundos leñerianos tiene como fuente la educación religiosa que Leñero recibió en el colegio y que mamó del seno materno. La disciplina de la abstención y de la represión es esencial en casi todos sus personajes. La mucama que entra a asear la habitación de Álex y descubre a una mujer en su cama expresa muy bien esta moral puritana: “¿Qué va a ser después de todas esas muchachitas locas? Su conciencia las atormentará siempre. Muchas no sabrán arrepentirse de su pecado con humildad cristiana” (1965: 368). Esta misma mojigatería provinciana caracteriza a las tías de Enrique en A fuerza de palabras y también a la tía Irene en La vida que se va.
No obstante, el personaje que protagoniza más firmemente la lucha con la culpa es Fernando Moreno en El garabato quien sufre la angustia de la separación y del adulterio. Para él toda su fe se colapsa cuando reflexiona sobre su situación de pareja. Ha dejado a su esposa y ahora vive con Lucy, incluso es feliz –estable psicológicamente– con ella. Pero esa felicidad no puede ser cierta si se asienta sobre el pecado del adulterio. O, de lo contrario la realidad, de la fe se invalidaría si su felicidad fuese cierta. La resolución de esta aporía parece mucho más optimista que en Estudio Q: “Me iba para disfrutar de una libertad absoluta lejos del análisis y la comunión. Que la psicología calificara mi concepto libertad como mecanismo anulatorio y que la religión lo llamara esclavitud al pecado. Podían pensar lo que quisieran, yo me iba y punto”. Sin embargo la ambigüedad vuelve a imponerse en el último párrafo: “El jet despegó de la pista y yo sentí, al ascender en vuelo, que el aparato me raptaba para siempre inventando, anticipando una muerte ante la cual yo podía escribir con su sentido absoluto (puesto que es muy probable que Cristo no sea Dios) la palabra fin” (1967: 187). El ansia (tropezada) de libertad es el rasgo esencial de nuestra humanidad en contraposición a la pasividad de la apatía, el conformismo y la resignación. En este sentido, el Jesús del teólogo belga Schillebeeckx, para quien “la causa de Dios –el reino de Dios como salvación para los hombres– era más importante que su propia vida” (1978: 173), ha dejado en Leñero una huella imposible se soslayar.

Los “sujetos crísticos” de Vicente Leñero

Las novelas de Leñero se constituyen como evangelios: buenas noticias, porque escenifican “la aparición de lo bueno esperado en presencia de opresoras y malas realidades” (1990: 591) retomando la terminología de Jon Sobrino. El reino, como lo bueno y lo liberador, requiere ser construido a través de una praxis consecuente con la praxis de Jesucristo. En los dismundos leñerianos los personajes deciden oponerse al antirreino bajo todas sus formas: culpa, maldición, sistema; en busca de una libertad tanto individual como colectiva. Son precisamente estos “héroes” los que siguen la praxis de Jesús, quien es el modelo leñeriano del “hombre verdadero”. Para Leñero, Jesús no es llamado Hijo de Dios por derecho natural, lo es por su praxis de vida comprometida con la liberación. Por ello, varios de sus protagonistas pueden ser calificados como tipos de Cristo o, para intentar un término más adecuado, sujetos crísticos.
Don Jesús es el primer sujeto crístico que encontramos en la novelística de Leñero. Su mesianismo consiste en cargar los pecados del mundo. Cada uno de los narradores que declara ante el detective se construye con relación al velador quien llegó a conocerlos en sus contradicciones más íntimas. El personaje de Sergio García es el paradigma de esta relación ambivalente que tienen los trabajadores con don Jesús. Plomero de la obra y antes estudiante de seminario, Sergio es uno de los personajes típicos de Leñero: un hombre que duda constantemente de cómo vivir su fe en una sociedad cada vez más desbaratada. ¿Qué significa, pues, el asesinato de don Jesús? Que la banalidad de la hipocresía del Nene y de los trabajadores no deja sitio a la congruencia radical –perversa, si se quiere– de un hombre fatídicamente maldito.
El segundo sujeto crístico del universo novelístico de Leñero es Álex. Su heroísmo radica en la valentía de oponerse al “orden” lógico superior personificado por el director del estudio de grabación: su reticencia a resignarse. El móvil de Álex es el amor que desafía a la muerte y que lo lleva a rastrear las grietas que posibiliten la salvación.
La aparente ineficacia de estos tipos de Cristo la encontramos también en Gilberto Flores Alavez, protagonista de Asesinato y presunto culpable del homicidio de sus abuelos. Sobre él también recaen los estigmas del prejuicio. Ni él, junior insoportable, ni la asquerosidad de don Jesús, ni la mala reputación que caracteriza la moral de los actores de telenovela son rasgos atractivos para un Cristo contemporáneo, aunque quizá ése sea un elemento de su mesianismo. En un momento de su inconsistente proceso jurídico Gilberto Flores declaró con lágrimas:

Está bien, me entrego. Acepto el sufrimiento. No será mayor que el de nuestro señor Jesucristo porque él siendo Dios aceptó el suplicio de los azotes, del viacrucis, del escarnio, del calvario y de la crucifixión. A él también lo condenaron siendo inocente y él lo permitió por amor a los hombres, licenciado, para salvarnos del pecado. Jesucristo era Dios y lo soportó. Yo que soy un simple mortal no puedo hacer menos que él. Voy a aceptar este sufrimiento y todos los que vengan por amor a mis abuelitos, para la salvación de su alma y para la salación de la mía, licenciado. Yo me entrego como se entregó el señor Jesucristo a sus verdugos, de la misma forma, en este instante (1985: 269).

Es muy probable que esta declaración haya sido clave para que Leñero decidiera reunir la información concerniente a este caso. No se trata de una afirmación propia de un demente, sino, desde la intención cristológica de Leñero, el encierro de Gilberto es un signo martirial.
La cima de su cristología aparece en El evangelio de Lucas Gavilán. Jesucristo Gómez es la encarnación de la esperanza en medio de los dismundos leñerianos. Su misión se dirige a los pepenadores, a los enfermos, a los candidatos, a las prostitutas, a las monjas, a los homosexuales: a todos aquellos que padecen algún tipo de exclusión y discriminación. Su causa es crear conciencia del egoísmo y de la deshumanización y mostrar los caminos de liberación. De aquí se entiende que Jesucristo Gómez sea un profeta en el sentido que lo describe el biblista argentina José Croatto: crítico del presente, concientizador del pueblo e intérprete de la historia. Ya María David, desde antes del nacimiento de Jesucristo Gómez, le había dicho a su tía que: “Jesucristo vino a defender a los pobres y a luchar contra las injusticas. Maldijo a los ricos. Combatió a los explotadores. Dio su vida para cambiar este mundo… Por eso quiero que mi hijo se llame Jesucristo” (1979: 20).
La inclinación hacia esta tarea se deja ver desde las primeras interrogantes que hace en su infancia y en la actitud que asume ante la respuesta que le dan sus padres.

–¿Por qué hay pocos que tienen mucho y muchos que tienen pocos? –preguntaba Jesucristo.
–¿Por qué hay gente pidiendo limosna en la entrada de la iglesia?
–¿Por qué hay cárcel en el pueblo?
–¿Por qué le damos dinero a la señora de la tienda?
–¿Por qué el señor cura es tan rico?
–¿Por qué doña Mercedes les pega a sus hijos?
–¿Por qué se muere la gente? –preguntaba Jesucristo Gómez a su madre.
Y su madre le respondía, le iba respondiendo.
–¿Por qué hay ricos y por qué hay pobres? –volvió a preguntar Jesucristo cuando José Gómez regresó del trabajo.
–Porque así es el mundo –contestó el albañil.
–Pues qué mundo tan pinche –dijo Jesucristo (1979: 37).

La inclinación de Jesucristo Gómez hacia la labor profética se vuelve cumplimiento en su primera aparición en el templo de su pueblo, San Martín el Grande, donde increpa al padre Farías quien hablaba de la resignación cristiana remarcando el deber de los fieles de “aceptar las desgracias y tolerar nuestros sufrimientos confiados siempre en la promesa divina de esa vida perdurable que él nos vino a anunciar” (1979: 59). Jesucristo tacha esta palabrería de mentira y asevera que Dios vino a “proclamar la libertad a los cautivos, a dar la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos” (1979: 60).
Sin embargo, Jesucristo Gómez es “levantado” y golpeado hasta la muerte. Y muere. Igual que a don Jesús, Álex y Gilberto, el “sistema” logra aniquilarlo. Es precisamente esta tarea inacabada de los sujetos crísticos de Leñero la que detona la necesidad de un “lector activo” que atienda las palabras que el sacerdote dirige a los cabizbajos y desgarrados pepenadores en El evangelio de Lucas Gavilán: “El único modo de hacer que Jesucristo no muera es continuando su obra” (1979: 313). La lucha por esa causa, aunque ocurra en medio de la más profunda oscuridad, es una exigencia ética. No hay que olvidar que la muerte, y ésta es quizá la gran lección de Leñero, “es vida, hijo. Más vida. Mucha vida. Toda la vida que se puede alcanzar” (1999: 318).

Fuentes utilizadas

Foucault, Michel (1997). Historia de la sexualidad. México: Siglo XXI Editores. Vol. I.
Leñero, Vicente (1964). Los albañiles, Barcelona: Seix Barral.
————– (1965). Estudio Q, México: Joaquín Mortiz.
————– (1967). El garabato, México: Joaquín Mortiz.
————– (1967b). A fuerza de palabras, Buenos Aires: Centro Editorial América Latina.

————— (1973). Redil de ovejas, México: Joaquín Mortiz.
————– (1978). Los periodistas, México: Joaquín Mortiz.
————– (1979). El evangelio de Lucas Gavilán, Barcelona: Seix Barral.
————– (1983). La gota de agua, México: Plaza & Janés.
————- (1985). Asesinato: el doble crimen de los Flores Muñoz, México: Plaza & Janés.

————– (1999). La vida que se va, México: Alfaguara, 1999.
————– (2003). El padre Amaro, México: Plaza & Janés.
Nigro, Kirsten (comp.) (1997). Lecturas desde afuera: ensayos sobre la obra de Vicente Leñero. México: El Milagro.

Salinas, Adela (1997). Dios y los escritores mexicanos. México: Nueva imagen.
Schillebeeckx, Edward (1983). En torno al problema de Jesús. Madrid: Ediciones Cristiandad

Sobrino, Jon (1990). “Cristología sistemática. Jesucristo. El mediador absoluto del reino de Dios” en Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación. UCA Editores. Tomo I. pp. 575-599

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