Fanon y Nosotros: nosotros y Fanon

Fanon y Nosotros: nosotros y Fanon

Fernando Limeres Novoa

Año 5, No. 35, julio 2019

Bien sabemos que el modo más eficiente de interrumpir la naturaleza germinal de un pensamiento; esto es, su fertilidad y la posibilidad de que su profundidad sea proporcional a los frutos que genere es el elogio desmesurado, es decir, su canonización como sinónimo de cercenamiento de su capacidad interpelativa e interpretativa. Con Fanon han ocurrido dos movimientos respecto de figura; ambos esterilizantes y paralizantes: en primer lugar, el histórico ninguneo en los ámbitos académicos latinoamericanos en prolongación de su clásico sueño epistémico eurocéntrico, político reactivo, antes que epistémico, deberíamos decir y en segundo, la más reciente, la oda exagerada que expresa en la abundancia de elogios lo que la responsabilidad del pensamiento rehuye analizar. Ambos perniciosos porque sitúan sus textos en el vacío de un etreparéntesis ainterpretativo. Porque, en rigor, la hipérbole es idealismo y el idealismo, canonización estéril. Al contrario, el calado de la reflexión fanoniana se merece la responsabilidad de un esfuerzo mayor. Con “calado” aludimos a su actualidad dado que otra trampa respecto de su obra es confinarla en su contexto inmediato; el proceso de descolonización cuyo emblema fue la Conferencia de Bandung en 1955. Ubicarla exclusivamente en un contexto ya lejano para nosotros contribuye precisamente a ahogar el llamado de Fanon que nos obliga por sobre los bizantinismos de una excesiva teorización producto del racionalismo mercantil eurocéntrico a sentir antes de pensar y a evaluar nuestra condición presente de neocolonizados; creyentes aún en la grandielocuencia de una narrativa filosófica eurocéntrica que nuestra historia ya ha desmentido con creces. Por lo que el imperativo es comenzar a sacar conclusiones del ahora; conclusiones cuyas referencias seamos nosotros mismos, no ya un sujeto exótico y pretérito. La subestimación de Fanon recontextualiza en el presente una obra cuya fuerza no necesita recontextualización. Y sino ¿por qué la reiteración hasta el hartazgo de diversos títulos como “¿Leer Fanon hoy?”, “Fanon en el siglo XXI”, etc; como si fuera necesario forzar y reiterar la pertinencia contemporánea del autor de “Los condenados de la tierra”; como si fuese necesaria la declaración de anclaje de su pensamiento en lo inmediato. Dicha declaración es ya un prejuicio porque en definitiva, como si fuese necesario suturar su obra al devenir de las sociedades neocolonizadas hoy. En tanto se practica esta redundancia subyace el significado implícito de que sus textos necesitan una actualización; un reordenamiento en relación con el siglo XXI porque se supone que sus referencias a lo actual en algun momento se habían perdido. Nada más ajeno a la actualidad que se impone por sí misma no obstante la política académica la haya obturado. Quizá este modo de enunciación sea uno de los más perniciosos dado que es redundante, pecado mayor en cualquier análisis pues no existe otro autor del sur global que revista una actualidad más ostensible y necesaria. Y porque es evidente que se parte de un espacio enunciativo que considera acríticamente actualizarlo cuando en rigor ya es un clásico de la reflexión decolonial puesto que es su centro genético y en parte, su culminación en diversos aspectos; concibiendo “culminación” como cierre y apertura simultánea de tópicos para la reflexión. En esta dirección, es claro que la envergadura de su obra trasciende su contexto inmediato y prueba de ello son las últimos acontecimientos cuya elocuencia dolorosa nos interpelan y convocan otra vez el diagnóstico del martiniqués: en apretada lista mencionamos el éxodo de miles de africanos que mueren diariamente ahogados a las puertas de Europa y han convertido el Mediterráneo en un cementerio marino que recuerda al mundo la infamia de la UE, eso es, la desmentida cotidiana y sangrienta de su narrativa humanista, así como la constatación de la letra muerta de su universalismo y de su cinismo económico depredador; mientras sus manido discurso grandilocuente se repite una vez más en la falacia mediática sin detractores, blinda su frontera sur y se multiplican y consolidan en una deriva continental peligrosa numerosos proyectos políticos xenófobos y subalternizantes; el sabotaje de su red eléctrica y de agua potable y la amenaza permanente de intervención militar del gobierno de Trump sobre Venezuela cuyos activos en bancos europeos y americanos han sido incautados; el desmesurado endeudamiento del gobierno argentino de Macri y el agobiante monitoreo del FMI que en un bienio ha conseguido ahogar su microeconomía, el ingerencismo de la OTAN en la guerra civil siria, ingerencismo de naturaleza militar y económica ya que gran parte del armamento de sus contendientes ostenta copyright europeo; el ecocidio de multinacionales norteamericanas, canadienses y europeas en las regiones mineras latinoamericanas: amazónicas, andinas y patagónicas; financiadores principales de la hegemonía de gobiernos de la derecha en el continente, de Bolsonario a Piñera y Macri, de Lenin Moreno a Duque; practicando la minería a cielo abierto; así como la depredación ictícola de diversas compañías pesqueras en el Atlántico Sur cuyo caladero es uno de los más importantes del mundo; en el que se emplea la pesca con redes de arrastre prohibida en el norte global décadas atrás; los asesinatos impunes de activistas sociales en Colombia y México resultan en apretada síntesis la confirmación de que el imperialismo no es una configuración históricopsicosocial del pasado; sino por el contrario, por una parte, una construcción transmundial que exige nuevas categorías para analizar su praxis depredatoria y por otra, supone la confirmación violenta y pertinaz de los peores presagios del pensamiento fanoniano en relación a la naturaleza proteica del imperialismo, inherente a la imposición geno y ecocida del capitalismo globalizado.

Retomando luego de la digresión anterior: los anteriores son modos, si se permite la metáfora, de erosionar un terreno de reflexión cuya fertilidad se ha prolongado casi 70 años desde que en 1952 se publicó su primera obra “Peau noire, masques blancs”; sin embargo, pese a los equívocos, las interpretaciones maliciosas y la mercantilización de Fanon tanto en el norte como en el sur; su pensamiento por la acostumbrada manía de procurar cobijo bajo su análisis se organiza precisamente en las antípodas de la autocomplacencia y la victimización porque su terapéutica al modo chamánico no impugna unicamente los excesos imperiales. Lo anterior es reducir los flujos de su reflexión a la unidireccionalidad; y ya sabemos que sus direcciones suelen ser múltiples. De este modo, contra lo que en principio el pensador martiniqués orienta su discurso crítico es por el contrario, la subjetividad colonizada, la alienación del colonizado que ha adquirido una naturalidad pasmosa en el devenir histórico de tres continentes; esto es, la comodidad de creer, en la certidumbre ingenua de las conciencias de quienes confían en las metrópolis como símbolos de civilización, desarrollo y derechos. Por tanto, la radicalidad de su reflexión se dirige primeramente a las conciencias de sus lectores inmediatos. Quienes, hoy como ayer, continúan sucumbiendo a los cantos de sirena que suelen organizarse en una enunciación dogmática en los discursos que el cipayismo institucionalizado por los sátrapas coloniales, políticos e intelectuales suele emplear como coartada para prolongar el subdesarrollo y el autodesprecio. No en vano, Fanon era psiquiatra por lo que se dirige contra el fatalismo, el individualismo, la falsa conciencia que proyecta a nivel social la superstición de pensarse metropóli cuando la inmediatez de las carencias señalan la pertenencia al rol colonial; o frente a la ingenuidad de la esperanza de que la metrópoli asignará otro rol alternativo dentro de su entramado socioeconómico para sus periferias que el colonial, contra el “sentido común” articulado en las excrecencias de los prejuicios más añejos; en definitiva, contra la temeridad de la ignorancia de la propia historia y de la propia identidad que consolidan el inmovilismo de un hoy sin mañana, es decir, un presente sin esperanza ni futuro, esto es, la imposición de una vida infrahumana para más de la mitad de la humanidad para que en los centros globales: Europa y Estados Unidos, la imbecilidad vista a la moda y sus ciudadanos se acostumbren a la molicie de un bienestar (denominado falsamente “Estado del bienestar”) cuyo causa es el vasto holocausto mundial. En contraposición resurge sin la necesidad de intermediarios ni exégetas la disrrupción fanoniana: es un pensamiento disrruptivo y radical; disrruptivo porque ensaya quiebres abruptos en la normalidad del sentido de diversos discursos que legitiman el sinsentido y es radical, dado que de acuerdo con la etimología del término va a la raíz, a lo profundo de la neurosis social; la falsa conciencia del colonizado que introyecta una imagen de sí mismo; caricaturesca y caricaturizada ya que ha sido elaborada por la otredad metropolitana mediante los sistemas sociales de difusión: escuela, instituciones políticas y medios de comunicación. Antigua pese a que hoy la denominamos con el eufemismo de “globalización”. Otra propiedad que dota de legitimidad a los textos fanonianos y no reviste importancia menor es su territorialización. Su discurso parte de la experiencia del colonizado, de un primera persona del singular que convoca y evoca las experiencias históricas de millones. Que el punto de partida de su reflexión sea autorreflexivo y autotélico no es menor porque impugna la superstición consolidada en la historia colonial de incorporar categorías foráneas que merced a un prestigio dogmático suponen un nuevo modo colonial, esta vez, de la praxis gnoseológica que formula diagnósticos locales mediante categorías impuestas desde los centros hegemónicos del “conocimiento”. Así la actualidad de Fanon no requiere, dado su carácter pregnante, de enunciados recurrentes que insistan en su pertinacia. Pues ¿qué otra cosa es a globalización transmoderna? que la extensión hasta el paroxismo de las patologías glosadas por Fanon ya que lo improbable a mediados del siglo XX ha devenido en una contundente pesadilla que al decir de Benjamin ha convertido la excepción en cotidianidad. Sin embargo, en un primer movimiento de alienación la naturalidad de la excepción anida en la conciencia abotargada hasta su casi abolición en la narrativa reductora y falaz del individualismo neoliberal/colonial. Y en esa fantasmagoría recurrente cobra actualidad la fantasía del oprimido que anhela convertirse en opresor. Blanqueamiento de la psiquis, disciplinamiento económico: acatamiento normativo-cultural. Colectivamente preocupados, los neocolonizados en todo caso por cuestiones accesorias; distracciones de parvulario y en sueños estereotipados cuyo extrañamiento inicial es el yo convertido en un otro; colonizados por las falacias publicitarias, metadiscurso alienado y alienante, confinados en la ilusión de alcanzar un estatus social ficcional para individuos ya previamente racializados y estereotipados o el ejercicio de un consumismo superfluo en el que lo que se ha extraviado es el análisis crítico de las mediaciones entre subjetividad, otredad, clase y geopolítica según la lógica fanoniana. Puesto que consumir significa en una acto en apariencia nimio y cotidino un sistema de expoliación global de modo que comporta la suspensión alienada de la razón que no inquiere sobre la injusticia inherente al precio lindante con la gratuidad de mercaderías y productos cuyo auténtico valor ha sido la esclavitud de millones en Asia, América y África y la destrucción sistémica de entornos físicos. Pues si hemos de luchar política y culturalmente contra el imperio, parece sugerir Fanon, entonces debemos purgar todo lo que de imperial o neoimperial se haya enquistado en nuestra subjetividad. Por consiguiente, según Fanon, el espacio de disputa por sus consecuencias implícitas es la cosmovisión subjetiva equivocada dado que funciona precisamente contra la autopercepción individual y en una dimensión ulterior, comunitaria de una conciencia distorsionada que ha naturalizado sus patologías como su modo normal de estar en el mundo. En este sentido, el discurso de Fanon es religioso, en su acepción etimológica: “religare”, “religa”, recontextualiza, recompone y reconstituye los lazos cercenados por las múltiples mediaciones que provocan aquel freudiano “malestar de la cultura”, “malestar del neocolonizado”, diríamos con el martiniqués, por tanto, cura; va amortiguando las consecuencias negativas de la patología al reconstruir en un trabajo arduo de avnces y retrocesos una ontología primaria de un ser al que se había confinado al infraser. Esto es lo revolucionario en Fanon y por eso nos sigue interpelando como praxis que es a un tiempo antídoto y revulsivo en el proceso de recuperación de una salud que se expresa antes que en otro lugar en su dimensión colectiva. Pues esa persona enunciativa a la que remite toda su obra ya contenía este “nosotros” desde el que lo mentamos hoy.

En este aspecto, constituye una alianza de sentido en un discurso que en sus mismos encadenamientos significantes ya contiene empáticamente a la otredad en su enunciación; así su primera persona del singular es también disrruptiva; enuncia y funciona en las antípodas del sujeto burgués que crea y produce sentido en una voz autoral individual, individualista en individualizada por las fuerzas del mercado y de la cultura: lo terpéutico de la voz de Fanon por el contrario, es su carácter plurivocal, dialógico y por tanto irreductible y tan actual como si se hubiese escrito hace cinco minutos. Empero tal fuerza lingüística reviste un imperativo: su multiplicidad supone que parte de su obra no ha sido escrita; parte de su obra esta inconclusa, incompleta y nos corresponde a “nosotros”; los colonizados en proceso decolonial, en proceso terapéutico, reescribir su prolongación; su continuidad en el tiempo a contrapelo de los intentos de confinamiento: académicos, ideológicos, mercantiles puesto que si algo determina la escritura fanoniana es el constituirse en un acto de consecuencias morales, esto es, convertirse desde su creación hasta su comunicación con sus lectores en una escritura de la vida y para la vida. Adogmática, antiinstitucional, contra toda glosa que tergiverse sus fugitivos y por tanto pregnantes para reelaborar y reconducir la praxis vital fuera del espacio de la alienación. Porque en efecto, el colonialismo ha sido un fenómeno de diversas dimensiones: histórico, militar, económico, cultural, etc. De todos estos aspectos, para nosotros, siguiendo a Fanon, el cultural ha sido uno de los más nefastos al generalizar una ignorancia colectiva que esconde su carácter artificial y se ha normalizado en el lenguaje; dado que la cultura, según Fanon, ostenta entre otras, hechura lingüística. De este modo, el lenguaje se ha configura históricamente como la principal herramienta de dominación y hegemonía de la metrópoli y por tanto funciona como factor de alienación al asumir como propia la ideología codificada en el uso lingüístico del dominador. De aquí que en la deconstrucción de los significantes alienantes esté la clave para renombrar y renombrar(nos); en efecto, encontrar nuestras palabras es encontrar nuestra escritura y rescatar nuestra voz del silencio en el que había sido históricamente confinada. De modo que una nueva ontología se basa y encuentra su legitimidad en una nueva praxis lingüística que restituya un saber colectivo mediante la elaboración de un nuevo lexicon: así la praxis de la liberación no puede ser otra cosa que restituir la politicidad del vocabulario como punto de partida para construir una cosmovisión nueva, propia, liberadora que ponga de cabeza los modos hegemónicos de nombrar el mundo de la metrópoli y sea quien de disputarle a los centros de poder la capacidad de representar y referir al mundo desde la propia perspectiva socio-histórica. En este aspecto, se pueden trazar coincidencias significativas entre Fanon y el José Martí de “Nuestra América” concernientes tanto al tópico abordado como a los objetivos ulteriores perseguidos. Esto es, el fondo reivindicativo de la necesidad de asumir valientemente los efectos negativos de lo que se es colectivamente tanto en su aciertos pero además en sus limitaciones para construir un transformación social superadora; genuinamente transformadora de la sociedad. Ambos autores se vinculan positivamente con la “falta” , es decir, con la naturaleza en perpetua carencia del colonizado y en la obturación exógena de raigambre metropolitana de los bríos necesarios para atreverse a ser. La represión imaginaria y psíquica del colonizado asume entidad práctica en la patología de la mímesis del lenguaje, los modos de sociabilidad y las instituciones metropolitanas, por citar algunos ejemplos de un fenómeno mucho mayor y de gran complejidad. Producto de una reflexión antitética que fluctúa en una lógica de alienación entre el autodesprecio de lo autóctono y la idealización ingenua de lo exótico. Esta superstición infantil que funciona de manera prerracional es uno de los prejuicios principales contra el cual se dirige Fanon. En consecuencia, la lucha antiimperialista debe desplegarse en la interioridad individual como un esfuerzo vehemente por reformular la propia subjetividad para que se reconcilie con su contexto inmediato y asuma el significado auténtico de su identidad. Construir identidad entonces es renombrar, recategorizar, reformular, desalienar, encontrar nuevas palabras para nombrar viejas y nuevas realidades. En efecto, para Fanon, la cura y el fortalecimiento psíquico individual eran el cimiento indispensable en la construcción de un sujeto político colectivo. Sin embargo, este tratamiento no es tarea sencilla puesto que uno de los aspecto más importantes de la patología del colonizado es pensarse descontextualizado, es decir, escindido de su realidad inmediata que rechaza en pos de una quimera, de una creencia utópica sobre el único modo posible de la civilización es el otorgado por la metrópoli. Así esta se convierte en un utopía contrahecha de los propios miedos y aversiones la que no obstante las injurias del sistema administrativo colonial resulta indemne en una evaluación acrítica y sobre todo, imaginaria. Por consiguiente, en Fanon el mismo dignóstico prescribe la cura. En este aspecto, podría pensarse que su criticismo es mero psicologismo. Nada más ajeno a su terapéutica analítica: en sus obras existe una descripción pormenorizada del colonizado pero además de su sociología, de su historia; así como un análisis minucioso del funcionamiento histórico de la institucionalidad colonial en su falso discurso humanista y universalista y por supuesto de las consecuencias sociales, económicas y culturales del desastre de su hegemonía de absoluta vigencia hoy. De modo que su discurso resulta difícilmente reducible a una determinada categoría que sea lo suficientemente exhaustiva para dar cuenta de toda su riqueza y de los complejos matices de su análisis. No solo sus estudios constituyen el discurso liminar del Giro decolonial sino además su primera obra anticipa el análisis de discurso y los estudios culturales e ideológicos de la literatura ubicándonos no como objetos de esos discursos sino precisamente en el espacio de una subjetividad crítica que lea la ideología y los vacíos de explicación que esa misma ideología produce en la narrativa histórica. Es en conclusión, uno de los planteos más lúcidos sobre uno de los modos posibles para la autoliberación subjetiva y comunitaria. ¿Estamos a la altura?.

Referencias

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Publicado el:julio 1, 2019admin
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