Lucha de discursos. La novela antimperialista española contemporánea: “La Barbarie Organizada Novela del Tercio” de Fermín Galán

Lucha de discursos. La novela antimperialista española contemporánea: “La Barbarie Organizada Novela del Tercio” de Fermín Galán

Fernando Limeres Novoa

Año 5, No 35, julio 2019

El Rif no ha combatido a los españoles, sino al partido imperialista que quiso avasallarle.

Abd-el- Krim

El testamento de la Señora Reina católica Doña Isabel, redactado en la villa de Medina del Campo a 12 de octubre de 1504 ordena: “E que no cesen en la conquista de África y de pugnar por la fe contra los ynfieles.” El texto no solo registra las propiedades lingüísicas: léxico, sintaxis y configuración pragmática de la lengua del XVI que ya lleva 14 años de la formalización gramatical de Nebrija sino que expresa la prominencia social e ideológica (integrismo católico) de su lugar de enunciación; el motor enunciativo puede consignarse en un breve sintagma bimembrado sintácticamente y concomitante en el plano semántico: la fe es el imperio y el imperio es la fe. Sobre una legitimación medieval, el imperativo religioso, Isabel acicatea la construcción moderna del imperio; pues la crítica histórica ha señalado la continuidad entre la Reconquista, el dominio del Mediterráneo occidental junto con las Canarias, la exploración de América y el control de enclaves en el norte de África.

La reina dicta el texto desde un atalaya idealizante, como toda enunciación del poder; monológica para Bajtín, autotélica para Foucault; procura la cohesión futura de un imperio que su matrimonio contribuyó a forjar. Atalaya porque la lógica de su discurso se encierra sobre sí mismo: sobre sus razones imperiales, su cultura secular hegemónica, su invocación a un orden espiritual que justifica lo contingente ; cuyo propósito es consolidar la conquista de territorios que asegure la expansión castellana mediante el subterfugio de asumir la función de estado paladín del catolicismo. Además. la asimetría ontológica entre su majestad y el resto del mundo asegura la naturaleza infalible de sus enunciados. Se encuentra en el vértice superior de una rígida sociedad estamental; instancia desde la cual acicatea la maquinaria burocrática que mueve los mecanismos orden social que consagra y consiente la desigualdad como parte de un plan divino.

La asimetría se refuerza a partir del inicio ceremonioso que da lugar al monólogo. Porque el discurso del poder aunque asuma tópicos diversos suele resolverse en monólogo autorreferencial y unidireccional cuyos juicios excluyen la posibilidad de la disidencia o la interdicción; porque van más allá de lo dicho; representan una jerarquía humana y divina que se plasma para producir significados que no se interpretan sino que deben acatarse; Es autorreferencial porque el poder se define como autotélico en su praxis y toda referencia parcial o total; circunstancial o coyuntural tiende tarde o temprano a encontrar los vínculos de sentido que lo determinan en tanto estrategia para obtener, conservar o ampliar el poder. Unidireccional porque en tanto monólogo es inapelable; emparentado con la creencia; se alimenta de la fe que refuerza la capacidad pragmática de sus órdenes; en efecto, la comunicación se limita al acatamiento y el acatamiento no solo tiene que ver con el poder real sino con una determinada formulación textual diseñada para obtener una única respuesta posible en el plano individual y colectivo. Pero en el caso del testamento de Isabel además, la contundencia de sus afirmaciones van más allá de su poder y del cargo que desempeña; otorga a su texto una función vicaria del habla divina; ejerce una portavocía de los designios del Dios de los ejércitos que es la modulación de la divinad preferida; a tal punto que suelen confundirse las dos voces; la ratio divina se convierte en razón de estado; así la reina reactualiza a principios del siglo XVI la confluencia antiquísima entre discurso político y discurso religioso; amabas narrativas se confunden, se fundamentan y se refuerzan mutuamente de aquí el empleo de un léxico sin ambigüedades; en una articulación en la que el enunciado parece perder su condición de sistema de signos; dejando de ser convencional; para designar el devenir de la historia en sí; en consecuencia, el testamento se convierte en una profecía; en un don de Dios al futuro del imperio; cuando verbaliza su discurso por encima incluso de las limitaciones vitales del enunciador; no refiere; sino que crea; en un tono similar a la voz que inaugura el mundo en el Génesis. Fiat lux, fiat imperium. Impele al futuro desde la ideología del presente y en la creencia en que la historia es inmutable; un certamen de premios y castigos en el que el ganador es quien se piensa y actúa desde una posición amoral; de este modo, la potencia de su proceso de designación se manifiesta en tres dimensiones: en lo que nombra, en cómo lo nombra y en el para qué lo nombra. En los términos de su apelación receptiva, Oscila entre la impersonalidad del traslado de sus imperativos a receptores innominados; lo que significa que se refiere a todo el cuerpo funcionarial del estado y el señalamiento de responsabilidad específicas para receptores específicos. En este aspecto, consigna responsabilidades para cada uno y responsabilidades para todos. Por otra parte, el grado de formulación específica de cada mandato en la traslado de la voluntad real a su construcción lingüística desencadena el procedimiento propio de la comunicación de la exhortación que anula con el peso de su auctoritas el espacio de inteligibilidad individual; fuera de este solo es posible el acatamiento riguroso; en un nuevo espacio significante en el que una voluntad individual se transfigura en deseo colectivo; en el lugar de concreción de las finalidades en efectos. Lo anterior solo se realiza porque el lugar de enunciación, punto de partida de la declaración, es un lugar mayestático de tanta densidad simbólica que supera los parámetros discursivos del subgénero testamentario porque no solo el texto es un testamento; su poder circulatorio va más allá pues constituye un ejemplo de cómo el poder enuncia y descarga en los subordinados el peso inhumano de un mandato que en sí mismo semeja a la irracional prueba de Yhavé sobre Abraham en el Génesis. En tanto a escala universal el creador dispone de sus criaturas; en el plano imperial, la reina dispondrá de su súbditos, ( del latín, subditus (sometido), participio del verbo subdere, someter, subyugar). Así en este testamento/profecía/ley es posible interpretar esta densidad tanto en lo que el texto verbaliza, como en aquello que no dice, en su silencio. Y en su silencio se encuentran los otros; los propios y los ajenos; los súbditos actuales y los futuros; previa operación quirúrgica de expoliación; son los demás los implícitos en su elisión discursiva que como toda narrativa del poder se vuelve imperialista al encadenar la recepción de su mensaje al único propósito del acatamiento.

Puesto que los otros para el sistema enunciativo del poder son entelequias cuya voluntad es un prologación de la del enunciador. Por tanto la naturaleza imperativa de la declaración supone en sí mismo un acto de gobierno post mortem. La proximidad de la muerte afina las percepciones de quien dicta y de sus postreros lectores cortesanos. No existe plano simbólico; las palabras y las cosas se unen por hálito real, por voluntad imperativa de la soberana que como se ha dicho torna nuevamente al lenguaje humano a su exactitud adánica; ferviente nominalismo de cuño castellano. Y es a partir también del silencio anterior que establece el discurso del poder sobre las consecuencias pedestres de su retórica quijotesca u exhortación que no condesciende a la dialéctica terrena de la historia; sus enunciados terminan por ser autorreferenciales de su voluntad, una voluntad que se extiende más allá de la muerte y del tiempo. Porque el discurso del poder carece de cuerpo; es una condición abstracta para el cuerpo que podrán los otros; si sus designios asumen carnadura para dejar de ser una entelequia burocrática lo harán a través del cuerpo de los otros; quienes asumen solo dos funciones posibles: acatar o padecer; son los efectos transverbales mediante los cuales la ley trasciende el ordenamiento lingüístico para convertirse en actos subjetivos. Sin embargo, el discurso del poder puede desbaratarse, esto es, impugnarse en una vinculación intertextual que opta por dar la voz de los oprimidos que su silencio ha despreciado y cercenada del espacio designativo de la hinchazón retórica de su narrativa que niega en su contenido ideal y en su apelación a los grandes fines las consecuencias de sufrimiento que imponen sus imperativos imperiales. Porque aún expresando magnanimidad; el discurso del poder ingresa en la apariencia, en la dimensión del parecer y no del ser; como recomendaba Maquiavelo en “El príncipe”.

El mandato isabelino de expansión castellana en África era recordado, según los historiadores, todavía en las primeras décadas del siglo XX, en las arengas militares en la malhadada aventura miniimperial española en El Rif. Frente a la discursividad que apelaba a los tópicos del patrioterismo fascista surgió una serie literaria que narraba la intrahistoria de los desmanes coloniales; desmanes sufridos no solo por las víctimas rifeñas sino también por la tropa española. Así se fue consolidando entre las décadas del 30 y del 40 una serie literaria novelística que impugnaba el dogmatismo nacionalista desde la perspectiva del sufrimiento de sus víctimas iniciales: los soldados españoles. En general, se trata de novelas que organizan su materia narrativa desde un relato testimonial y crítico mediante narrativas autobiográficas en la mayoría de los casos que potencian su relato con la condición de verosimilitud que le otorga el haber vivido en primera persona la tragedia colonialista. Constituyen el reverso en relación intertextual del “pugnar por la fe contra los infieles” isabelino; impugan el vacío de toda simbólica del poder y su imperativo trágico para el común de los hombres, así como su fatuidad cuyo destino de engrandecimiento se paga con la sangre de los pueblos. Por lo que interpretado desde la intrahistoria de sus víctimas se concluye en la naturaleza genocida de cualquier discurso de poder; en el que el genocidio supone su causa y consecuencia ineluctables. Que recuerda la certera sentencia de Benjamin: “No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie.”

Forman parte de esta serie literaria cuyo interés público El Desastre de Annual (1921) estimuló los siguientes títulos: “El Blocao novela de la guerra marroquí” (1930), de José Díaz Fernández, “Imán”de Ramón J. Sender (1930), “La Barbarie Organizada Novela del Tercio” (1931) de Fermín Galán, “La ruta” (1943) de Arturo Barea, integrante de la trilogía “La Forja de un rebelde”(1940-1945) por citar solo algunos de los títulos más emblemáticos. De entre estos títulos, destaca la novela de Fermín Galán “La Barbarie Organizada Novela del Tercio” por la condición del autor de militar de carrera cuya concepción disidente cercana al anarquismo y al republicanismo lo llevaría finalmente a ser fusilado en 1930 por rebelarse contra la dictadura de Primo de Rivera en la Sanjuanada en 1926.

Su novela fue publicada en Madrid en 1931 por la Editorial Castro; aunque se supone que fue escrita entre 1925 y 1926. Puede leerse como un bildungsroman o novela de apredizaje, subgénero cultivado por autores de la Generación del 98 como Unamuno o Baroja y en boga durante las décadas del 20 y 30 en España como lo demuestran “Escuela de Rebeldía (1923) de Salvador Seguí, “La Victoria” (1925) de Federica Montseny o “Días de Bohemia” (1930) de Julián Gorkin. Ahora bien, en la novela de Galán, el aprendizaje supone un periplo vital que desde la pobreza lo lleva a alistarse en la Legión para pasar luego de una breve instrucción al frente de combate y luego retornar al punto de partida, Madrid. Es un texto híbrido porque la subjetividad del narrador funciona en dos direcciones: por una parte, primero, la narración de las penosas circunstancias personales y después, por otra, la reflexión filosófica que instaura una determinada exégesis crítica sobre las primeras. Su caso intenta enunciarse como representativo, al igual que los de sus compañeros en la milicia, por lo que restringir el texto al subgénero de “novela de aprendizaje” es reducir su mensaje crítico a la expresión de una experiencia individual. De modo que los episodios narrados constituyen la materia para una reflexión heterogénea que en todo caso concluye por criticar la injusticia que promueve una sociedad cuya desigualdad alcanza el paroxismo. De este modo la experiencia colonial expresada desde la perspectiva del narrador se asienta en la exclusión social que intenta trasladarse por medios bélicos al espacio a colonizar; en efecto, el colonialismo español en la novela constituye una guerra realizada por desposeídos españoles para a su vez desposeer a las cabilas del Rif bajo el eufemismo tópico de llevar a la zona los beneficios de la civilización europea. Otro ejemplo de subterfugio idealista del discurso del poder colonial que es refutado por la violencia de los hechos.

Así la trama novelesca en sus efectos de lectura, ficcionaliza las coartadas argumentativas de la narrativa del poder; en efecto, las mismas quedan expuestas en toda su irracionalidad asesina cuya auténtica finalidad es apoderarse de unos recursos; en este caso mineros; bajo la legitimidad de las grandes palabras de la “Civilización” y “El Progreso”. En este aspecto, la novela realiza una operación de contranominación y de establecimiento de las verdaderas significaciones sobre las arquetípicas configuraciones de la mitología imperialista. Su operación crítica radica en operar un régimen de verdad alternativo; la verdad de las víctimas respecto de los grandes enunciados mitificantes de los victimarios metropolitanos. La verdad del narrador opera por desvelamiento de la única verdad posible que legitima o impugna los discursos: el padecimiento del las víctimas. Puesto que lo que enfatiza esta operación es la contradicción entre el discurso de las grandes palabras; el discurso filoimperial y sus consecuencias concretas que desmienten todo su pretendido idealismo; su propia autopercepción como cruzada civilizatoria que encubre los verdaderos finales de la colonialidad: subalternizar la periferia para enriquecer la metrópoli; mediante enunciados que adrede imbrican oportunismo, mendacidad, cinismo y antihumanismo. La añeja asimetría del testamento isabelino se actualiza en la autopercepción de la “superioridad” consignada en un discurso eurocéntrico como el alegato más palmario del filoimperialismo para someter a la otredad.

Tanto para Pierce como para Barthes el nombre propio ostenta una gran poder designativo. En tanto que Pierce establece que “Su generalidad es de apertura de posibilidad de generación de significación.” Barthes acuerda y postula que: “Un nombre propio siempre debe examinarse cuidadosamente ya que el nombre propio es el príncipe de los significados.” Ahora bien, según la novela, ¿qué significa “La Barbarie Organizada”?. Será el riguroso sistema militar de la legión que entiende que la cosificación de sus tropas hasta abolir todo atisbo de humanidad es condición sine qua non para dotarlas de eficacia bélica. Será la absurdo gesto del rey quien en visita, acompañado de su numeroso séquito, al hospital, donde yacía ciego Arieta, luego de que un disparo enemigo le arrancara sus dos ojos, convida un cigarro al narrador sin pronunciar palabra y retirándose presuroso. La significación del nombre propio que da título a la novela se revela sobre el final del texto. En palabras del narrador, en su retorno a la capital: “Ya estoy otra vez solo. Completamente solo en medio de una civilización exuberante, en la que nada tengo. Ni pan siquiera para sustentarme a mi llegada. En la que nada soy más que un despojo que se reincorpora a los despojos. Con dolor y espanto voy penetrando en ella.

Los ojos de mi experiencia me muestran las manifestaciones brutales de la civilización en su vida interna y externa. Y temo a medida que el tren avanza.

Temo llegar a los centros de la vida civilizada. Temo que el tren se detenga. Temo el momento de apearme. El momento de hallarme solo en esta espléndida barbarie organizada.” (Galán, p. 143).

De modo que la organización social metropolitana constituye el referente de la barbarie organizada; sin embargo, por extensión la organización social se realiza mediante la codificación de los signos ideológico-verbales que la sustentan y que siempre refuerzan en sus significados contextuales la cosmovisión hegemómica. De este modo, la barbarie organizada es la barbarie civilizada cuya organización parte de su formulación ideológico-discursiva oficial, esto es, socialmente admitida que convierte a la lengua en un signo ideológico; según Voloshinov. “Acentuando la verdad de ayer para hacerla aparecer como la de hoy. Y allí reside la responsabilidad por el carácter refractante y deformador del signo ideológico dentro de la ideología dominante.” (Voloshinov, p. 37). De aquí que, en el contexto de la barbarie civilizada no sea posible una auténtica comunicación en tanto ejercicio verbal de una conciencia desalienada; por esta razón el temor del protagonista quien ha comprobado, fuera del espacio físico y mental de sus significados, la endeble naturaleza de los signos que articulan su visión de mundo; su artificialidad y su naturaleza refractaria de todo contradiscurso que lo impugne. Por lo que el protagonista ha sufrido una doble expulsión; al inicio de la novela, la expulsión del sistema productivo capitalista, sobre el final, la expulsión de los valores ideológicos que la lengua promueve al haber comprobado su falsedad. Paradójicamente, la novela se cierra con la asunción de un saber incomunicable en el plano de la ficción pero que potencia su mensaje decolonial en el plano de su efecto de lectura al desvelar el componente de barbarie que subyace bajo toda retórica de expansión colonialista.

REFERENCIAS

Ana, Marcos El colonialismo español en Marruecos (1860-1956). Madrid. Caum

Isabel, la católica, Testamento.

Galán, Fermín (2017) La Barbarie Organizada Novela el Tercio. Stockero.

Oteyza Luis de (2018) Abd-el-Krim y los prisioneros. A Coruña. Ediciones del Viento.

Voloshinov, Valentín (1976) “El signo ideológico y la filosofía del lenguaje” Buenos Aires. Nueva Visión.

Publicado el:julio 1, 2019admin
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