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Octavio Paz: el credo, la blasfemia, el verdugo

Mehdi Mesmoudi

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Con el estigma de San Agustín, Omar Jayyâm y el Marqués de Sade hemos sido arrojados a esta gran representación que es el mundo. El pecado original, el linchamiento, el qué dirán y los suicidios colectivos han caracterizado nuestra andadura adánica. Educados bajo la fogata de la fidelidad y el coqueteo con la blasfemia, el sacrilegio y la herejía. Sin haberlo vivido ni testimoniado, tenemos muy presente los sigilosos pasos de eclipse de la Santa Inquisición que ha velado durante siglos por el bienestar y la rectitud, ahuyentando los males como la promiscuidad o sólo tender un puente hacia el otro: en un español coloquial “abrirse, rajarse”; y en una lengua malinche: traducir.
En este vaivén de monólogos hemos crecido y madurado, rindiendo culto a uno o a otro ídolo. Dionisio o Zaratustra turbaban la mirada de Apolo y de cualquier claridad civilizacional. Si nos atrevíamos a traspasar lo tradicionalmente establecido, podía resucitar la ira de Huitzilopochtli por la ciudad colmándola de las tanajísticas plagas menos pensadas, provocando un auténtico caos en las almas inocentes e ingenuas de los infantes. De esta manera, sólo nos era posible simpatizar con uno u otro escritor. Sonreír durante la lectura de una obra, era aceptar el destino funesto de esa capilla ardiente y no abrazar otro credo. Los lectores íbamos a compartir el pasado de sus ancestros del maíz, el jaguar y la lluvia, los floridos cantos de una escritura sin espejos, sin destino.
Con el Virreinato y la Independencia, el cielo y la tierra eran dos instancias en pugna, dos pasados que se daban la espalda pero con la memoria palpitando de incertidumbre. La ciudad de México albergaba en sus adentros una voz mítica, atroz, que se dejaba escuchar en los prolegómenos del porfiriato. Tampoco los simpáticos y císnicos colores que exportaba la nueva nación gala iban a augurar un contexto cordial y reconciliatorio. Maximiliano fue confundido por Hernán Cortés y pagó por todas las fechorías pasadas y por hacerse. El sol se había nutrido después de tantos ciclos de ayuno y abstinencia. Los tiempos de espera llegaron a su fin, y empezaba nuevamente otro calendario lleno de dudas y sombras. México volvía a desgarrarse en palabras del nuevo mártir, el propio Maximiliano: “Perdono a todos y pido a todos que me perdonen y que mi sangre, que está a punto de ser vertida, se derrame para el bien de este país; voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”. El Surrealismo premonizaba su geométrico sol por las callejuelas de la ciudad antigua.

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Octavio Paz, hijo de revolucionario, testigo del instante en que México peleaba consigo mismo y con el otro que no está ni existe, continúa con el excelentísimo trabajo académico, enciclopédico y humanístico de Alfonso Reyes, el mejor prosista de lengua castellana del siglo XX según Borges.
Paz nos recuerda memoriosos ensayos como podemos destacar Visión de Anáhuac (1519), donde la reconciliación de dos pasados hace posible el tránsito hacia un horizonte de expectativa, un presente proyecto que está en continua evolución y reconstrucción. Con El laberinto de la soledad (Paz: 2008b), El arco y la lira (Paz, 2008a) y sobre todo con Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (Paz, 1974), Octavio Paz llevó a cabo su auténtico y profundo ejercicio literario e intelectual que reposa en su faceta ensayística. Paz me evoca otras deidades que todavía palpitan como Goethe, Borges y el palestino olvidado, Edward Said.
Paz se nutrió de los Contemporáneos, que continuaron asimismo con la misión del Ateneo de la Juventud, para elaborar su primer texto de índole antropológica donde uno de los temas trascendentales es la muerte. En El laberinto de la soledad, Paz se acuerda de Gorostiza y Villaurrutia (Paz, 2008b: 67-68) como rapsodas del mictlan.
En Francia pudo saborear el apogeo artístico con especial atención a los surrealistas y con su fundador, André Breton, con quien entabló una riquísima relación amistosa y de colaboración artística que lo marcó en su posterior quehacer intelectual y político, reorientándole hacia Richard Dadd y Marcel Duchamp.
En la India y el Japón, Octavio Paz iba a cumplir con el sueño de Villaurrutia que consistía en universalizar el discurso literario mexicano. Su misión diplomática no iba a obstaculizar su genio creador. El impacto cultural de estos dos países no iba a pasar desapercibido lo que le permitió fortalecer y consolidar sus amplios conocimientos sobre la tradición literaria, histórica y cultural de México en relación con lo indígena, dentro de la hispanidad, su apertura hacia la cultura francesa y el actual contexto de poderío estadounidense. Paz llegó a dialogar sobre la relación del Oriente y el Occidente con Raimundo Pániker Alemany, un filósofo y teólogo catalán. Paz –continuando con la maravillosa conferencia de Borges sobre “Las Mil y una noches” (Borges, 2009, 55-74)- re-invoca al oriente e introduce el haikú, el haikai-no-Renga y la tanka en América después de Tablada.
Paz realizó una evolución extendida en la naturaleza teleológica del ensayo. Me parece que superó el versículo de Montaigne (Piña, 2009: 13-22; Bloom, 2010: 9) que versa sobre “el tránsito del yo en torno a un tema”. Ya con El laberinto de la soledad, Paz nos adelantaba lo que él pensaba acerca de lo que tenía que ser el ensayo, disolviendo incluso las fronteras entre el género lírico –en su faceta poética y musical- y el género argumentativo. El ensayo, a partir de las huellas de Paz, no busca establecer la verdad como episteme, sino que su andar teorético es migrante y promiscuo entre lo uno y lo otro, lo que es y lo que no es. El ensayo es la poética de la contradicción que dialoga siempre de manera circular entre el autor y el lector y viceversa.

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Octavio Paz fue capaz de brindar un mejor destino a lo que según él era la mujer más importante de México: Sor Juana Inés de la Cruz. Un destino que no le preocupaba bastante a Paz porque tal vez pensaba que sólo los escritores salvarían a los propios escritores. Me imagino que se refería a los buenos escritores que no necesitan de la Crítica Literaria para ser santiguados. Paz fue antes que nada un lector de Sor Juana, un lector pulcro y sobre todo agradecido. Alguna vez hemos sido injustos e ingratos con nuestros autores como lo fui, como lo soy, con Cervantes y su Quijote. Pero ése es otro tema.
Otro de los pecados de Octavio Paz fue que en una entrevista afirmara que se tenía que comprender en primera instancia a Hernán Cortés antes de criticarle. Con esa declaración había superado la moderación y la línea de lo políticamente correcto porque como reza el sabio refrán: “La ropa sucia se lava en casa”. Sólo de esta manera podemos comprender la ingenuidad y el ambiguo atrevimiento de Duverger (Duverger, 2012).
No sólo hemos heredado una tradición inquisitorial de los sacerdotes y los dogmas de cierta crítica literaria, sino también hemos sido un blanco fácil para aquellos lectores amargados y frustrados –me incluyo-. Con la opinión de una desafortunada y apresurada experiencia de un lector nos basta y sobra para lapidar al autor y excomulgarlo de la comunidad de los escritores beatos y pusilánimes. Habría que ver la posibilidad de que en Estocolmo retiren a Don Octavio el Nobel porque no es suficiente o porque no era candidato a ello, o bien no se portó bien porque se atrevió en lavar la ropa sucia en casa ajena e incluso lo compartió con propios y extraños. Paz no era aficionado a las clases sociales. Al igual que Malintzin, Paz pensaba que traducir era un acto de comunión, un rito ceremonial dedicado al otro.

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Octavio Paz, un hombre adelantado a su época pero a la inversa, devoto del pasado prehispánico y como visualización y reconstrucción de un presente-futuro distinto, no se cansó –como aquel pobre Schliemann- de hurgar y excavar en la mexicanidad, como lo realizó, de cierta manera, Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México (Ramos, 2008), o Carlos Fuentes en El espejo enterrado (Fuentes, 2008) y sobre todo Los días enmascarados (Fuentes, 2011). Sin la identificación de nuestro pasado es imposible forjar un porvenir. El poeta palestino Mahmûd Darwîsh exclamaba en su poemario Once Astros: “Tendremos que habitar los espejos / para poder salir de ellos” (Darwîsh, 2000).
Un tema que ha perseguido en toda su vida a Paz fue la muerte que no es otra cosa que la otra cara de la vida (Paz, 2008b: 59), su rostro nocturno. La muerte encuentra sus mejores aposentos en las fiestas donde los muertos comparten butaca con los vivos: “Nuestro calendario está poblado de fechas” (Ibíd.: 51). Durante estos cíclicos y dionisiacos festejos, el tiempo –como idea del hombre racional- se niega a sí mismo y se duplica en pasado y futuro: “El tiempo deja de ser sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, originariamente: un presente en donde pasado y futuro al fin se reconcilian” (Ibíd.: 52). Guillermo Zermeño asegura que “las fiestas del centenario de 1910 pueden revelarnos una especie de congelamiento de la historia envuelta en un conjunto de rituales y conmemoraciones” (2005: 41).
Como aquellos posesos de la luna, desorientados, vagaban por los esquivos laberintos de Eleusis, y en silencio se ausentaban. La fiesta según Octavio Paz es una conversación solemne y brusca con lo sagrado: “En esas ceremonias (…) el mexicano se abre al exterior. Todas ellas le dan ocasión de revelarse y dialogar con la divinidad (…)” (Paz, 2008b: 53). La fiesta es el instante de la rebelión, una disidencia domesticada y adormecida:

La fiesta es una revuelta en el sentido literal de la palabra. En la confusión que engendra. La sociedad se disuelve, se ahoga en tanto que organismo regido conforme a ciertas reglas y principios. Pero se ahoga en sí misma, en su caos o libertad original. Todo se comunica; se mezcla el bien con el mal, el día con la noche, lo santo con lo maldito, todo cohabita, pierde forma, singularidad y vuelve al amasijo primordial. La fiesta es una operación cósmica: la experiencia del Desorden, la reunión de los elementos y principios contrarios para provocar el reconocimiento de la vida. La muerte ritual suscita el renacer, el vómito, el apetito; la orgía, estéril en sí misma, la fecundidad de las madres o de la tierra. La Fiesta es un regreso a un estado remoto e indiferenciado, prenatal o presocial, por decirlo así. Regreso que es también un comienzo [Ibíd.: 56].

La muerte se convirtió en el Evangelio Apócrifo de la modernidad. El nuevo discurso del poder industrial y tecnológico, con la ayuda de las nuevas técnicas de rejuvenecimiento, clonaje y felicidad impuesta por el mercado, ha suprimido del imaginario popular y urbanístico esta idea de la muerte. Para eso está Supermán, proyección estadounidense (Eco, 2011: 210-56) del superhombre nitzscheano, para ahuyentar la muerte de las calles de Nueva York aunque mueran en Nueva Orleans, en Harlem o en el Bronx. La muerte siempre es algo trágico no porque suceda de manera trágica o nos asuste, sino porque es inesperada. Lo inesperado es aquello que no está en nuestros planes ni en las agendas del mercado.

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Nuestra fiesta es imponer la longevidad y el infinito, es desafiar la incertidumbre del purgatorio, es atreverse a coquetear con el vacío y los nuevos custodiadores del dogma de la literatura. Nuestros tiempos se aglutinan entre el efluvio de las tecnologías que cual musa posmoderna domeñan al pobre individuo que huye del polvo y la ceniza de los libros, y los mismos libros que dejaron de ser extensiones del alma como afirmó Borges.
Hoy son los pdfs, las copias y las wikis que evocan unos tiempos gloriosos y acaso exóticos pero no invocan al libro, sino nada más unos fragmentos, algunos pedazos donde reposa deformado e impaciente el autor.
Octavio Paz, el “Montaigne mexicano” (Piña, 2002: 73), en su solitaria fiesta y con sus muy fieles feligreses, sigue trotando, continúa conversando con el otro, con los otros, desafiando a la masa, a la musa mercantil, atreviéndose a ser en estos tiempos nuestros que “se liquidan” (Bauman, 1999) y se disuelven.

REFERENCIAS

Bauman, Z. (1999). Modernidad líquida, Buenos Aires: FCE.
Bloom, H. (2010). Ensayistas y profetas. El canon del ensayo (1ª. ed., trad. Amelia Pérez de Villar), México: Páginas de espuma.
Borges, J. L. (2009). Siete noches (3ª. reimp., epílogo de Roy Bartholomew), México: FCE.
Darwish, M. (2000). Once Astros (trad. María Luisa Prieto), Madrid: Agencia Española de Cooperación Internacional.
Duverger, C. (2012). Crónica de la eternidad, México: Taurus.
Eco, U. (2011). Apocalípticos e integrados (3ª. ed., trad. Andrés Boglar), Barcelona: Tusquets.
Fuentes, C. (2011). Los días enmascarados (17ª. reimp.), México: Biblioteca Era.
Fuentes, C. (2008). El espejo enterrado (3ª. ed.), México: FCE y SEP.
Piña, M. & Salgado, D. (2011). El surrealismo en la idea de amor de Octavio Paz, Revista de Estudios Hispánicos, 45: 459-72.
Piña, M. (2009). “De Demócrito y Heráclito”: ejemplo de metaensayo. En Piña, M. & Salgado, D. y Zavala, L. Artificio de la metamorfosis. Ensayos sobre el ensayo (1ª. ed.), México: Praxis, pp. 13-22.
Piña Zentella, M. (2002). Modelos geométricos en el ensayo de Octavio Paz (1ª. ed.), México: UNAM y Praxis.
Paz, O. (2014) Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (21ª. reimp.), México: FCE.
Paz, O. (2008a). El arco y la lira. El poema. La revelación poética. Poesía e historia (16ª. reimp.), México: FCE.
Paz, O. (2008b). El laberinto de la soledad. Posdata. Vuelta a El laberinto de la soledad (6ª. reimp.), México: FCE.
Ramos, S. (2008). El perfil del hombre y la cultura en México (50ª. ed.), México: Espasa-Calpe.
Salgado, D. (2004). Ensayística de Octavio Paz, México: UABCS & Praxis.
Salgado, D. (2002). Camino de ecos. Introducción a las ideas políticas de Octavio Paz, México: Praxis.
Zermeño, G. (2005). La historiografía moderna en México: algunas hipótesis, Takwá, 8: 37-46.