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Interculturalidad y Decolonización

Julio César Molina

El paradigma de la interculturalidad abre un nuevo horizonte relacional, ante las comunes relaciones de oposición y hegemonía que se entretejen diariamente entre el sistema único de interpretación de las relaciones en el occidente civilizado y las regiones que dependientemente, sortean los efectos de la subalternidad y la colonialidad , las cuales, serán superadas, en este nuevo proyecto.
La negación, el ocultamiento y la minimización de las culturas, es toda una historia de violencia, crisis y cambios profundos para pueblos enteros; es urgente, darle su lugar a la discusión intercultural, por la impronta de la diversidad cultural, sobre todo cuando se confirma que muchos de los conflictos étnicos a nivel mundial, tienen a la base el bloqueo de las relaciones por el poder.
Si se retoman temas como construcción social, relaciones dialécticas, equilibrio, armonía, convivencia, etc., gestionando la transformación y el cambio desde una visión de futuro que deslegitime la colonialidad y la imposición de los sistemas que la sustentan, sobre todo las formas de universalidad de las políticas de la globalización neoliberal, estaremos ante una inminente transformación en las relaciones políticas de los pueblos. Por ejemplo desde el ejercicio de una hermenéutica diatópica que es la propuesta de Boaventura de Sousa Santos.
Mientras se mantengan las asimetrías y las desventajas sociales y económicas orientadas por los fondos internacionales a la consolidación del neoliberalismo y no al desarrollo participativo y autogestionador del progreso de los pueblos, no se avanzará en el tema de la democracia, mientras los pueblos continúen siendo colonizados, la democracia es un discurso demagógico y un instrumental del las grandes potencias que dominan el mundo.
Los llamados esfuerzos multiculturalistas de las potencias capitalistas están enmarcadas en la batalla neutralizadora y el vaciamiento cultural de sus significados efectivos, en realidad el capitalismo global no esta buscando sociedades más igualitarias, más bien quiere llegar a dominar y controlar el conflicto social y lograr la relativa estabilidad, pax, la necesaria para continuar impulsando sus objetivos de acumulación capitalistas, lo cual podemos ejemplificar en los objetivos que determinan la relación de Occidente respecto a Oriente.
Si tomamos en cuenta los procesos de mezcla o mestizaje y de hibridación que han vivido los pueblos latinoamericanos, inmediatamente percibimos que la interculturalidad ha existido desde hace mucho tiempo en Latinoamérica, en el arte, la arquitectura, la música, la medicina y en muchas más de sus prácticas cotidianas.
La construcción cultural de identidad colectiva, no ha sido algo fijo ni natural sino una construcción de carácter político y social, muy distinto al pretendido esencialismo occidental. Desde lo que tradicionalmente se ha entendido como identidad, podemos llegar a una reflexión de lo que ahora en la actualidad significa, ya que en el dinamismo evolutivo también la cultura va tomando nuevas connotaciones que es importante tenerlas presentes a la hora de plantearnos un sentido alternativo al plan homogeneizante del neoliberalismo así, Fernando Ainsa, refiriéndose al tema de la identidad nos ayudará a comprender este tema de forma amplia:
“Tener identidad ha sido tradicionalmente tener un país, una ciudad, o un pueblo y hasta un barrio, donde se comparte una “mismidad” intercambiable. El “territorio identitario”, lo que “enraíza” coincide con los límites de un estado, una lengua, una religión, una etnia, en resumen, con todo lo que puede simbolizarse en una “cédula de identidad” o en el pasaporte necesario para cruzar fronteras, muchas veces cerradas defensivamente sobre sí mismas. Lo propio de una identidad cultural ha sido, pues, el producto del “cultivo” de un territorio que genera comportamientos e imprime “señas” en las que se reconocen los miembros de una comunidad, conciencia de semejanza (lo idéntico compartido) que permite establecer las diferencias con otros, con todos aquellos que no encarnan ni manejan los mismos códigos.”
Pertenencia y creencia son los elementos que determinan la identidad y que en muchas ocasiones le provee de una posición defensiva, respecto de las otras identidades, aunque es evidente que las identidades no son impermeables las unas de las otras. Y eso que distingue una identidad, necesariamente ya es una mezcla; aunque se defienda y reivindique lo distinto, muchas veces de manera confrontativa, su conformación y configuración está en dependencia de otras culturas.
Esta revalorización cultural, no debe caer en un culto a los orígenes, si bien es cierto hay que volver a ellos para rencontrarnos con el proceso histórico en la vida de los pueblos de modo que puedan hacer perceptibles, su pertenencia y sus creencias, habrá que cuidar, no deslizar en fundamentalismo que promuevan nacionalismos cerrados, que pueden darle vida a nuevos absolutismos culturales, como lo describe, Fernando Ainsa:
“Se habla y se teme la “pérdida de la identidad”, aunque esta no sea otra que la prisionera de las visiones fundamentalistas de etnias y culturas que la reivindican como exclusiva.
Esta preocupación se da particularmente en las sociedades que se sienten amenazadas por la globalización, a la que se tiende a confundir con homogeneización o información. En el caso de América Latina, el sustrato “primitivo” de la búsqueda mítica de la identidad ha llevado a algunos a la reivindicación de la pureza de lo vernacular (lo originario, lo autóctono) frente a lo que se considera el efecto contaminante y enajenante de la modernización extranjera. La defensa de lo “nacional popular” y de la categorías axiológicas de lo pre-moderno y antiindustrial, todo aquello que se representa como lo “propio” y lo auténtico, han llevado a una simbolización arcaizante de la identidad, definida por un origen y que, en algunos casos extremos, se transforma en “culto de los orígenes” para las sociedades indígenas se hace remontar a la pureza de lo prehispánico. Todo lo que ha sucedido después del “encuentro”.-de acuerdo a esta posición extrema- no es más que un largo proceso de contaminación, degradación y destrucción de esa “pureza original”.”
Es pues, desde la globalización neoliberal, que vuelve a renacer la pregunta por la identidad, sobre todo con la implosión del tercer mundo en el primero, debido a las grandes desigualdades creadas y, la necesaria inmigración para muchas personas de diferentes latitudes abarrotando los centros de poder; las metrópolis, se convierten en lugares disolventes de identidades, esfumándose en el anonimato, en la soledad de la multitud, dando lugar, al surgimiento de un nuevo tipo de individuo de fragmentada pluralidad, y haciéndole parte de una masa informe.
Aunque esto lleve una connotación estatista y jurídica, por un lado, por otro el individuo se abre a una diversidad multicultural y a un pluralismo diferenciado, pero dada la complejidad y los conflictivo de ser auténtico y evolucionar al mismo tiempo, ha tendido a diluir su autenticidad en todo aquello que le represente novedad, pervirtiéndose en el consumismo de la globalización económica, aunque esto le provea de una identidad efímera y pasajera.
Si bien es cierto, esto nos plantea grandes desafíos sobre todo en la solidificación de los derroteros culturales locales y regionales, más allá de los límites de la pretendida totalidad occidental , también despierta la posibilidad creadora de nuevos parámetros políticos de interactuación como lo afirma de alguna manera Fernando Ainsa:
“Para hacer frente a este desafío, hay que inventar una mirada sobre nosotros mismos que sea múltiple, polifónica y pluralista, capaz de evacuar los significados aceptados del signo identitario. Lo importante es elaborar estrategias para sobrevivir en la inmersión de símbolos y referentes variados y reconstruir la noción de identidad sobre nuevas bases, superando el rechazo y el miedo monolítico a la “multinacional”, lo que Backmuster llama en forma onomatopéyica el “monstruo Grunch”.”
La caída de muros, como también, la evidente crisis neoliberal, ha conducido hacia nuevos derroteros políticos, llevando la reflexión democrática más allá de un Estado paternalista y más allá de la absolutización del mercado, y a buscar una resignificación de los que políticamente, podría significar la globalización.
Es el momento histórico de vivenciar la tensión entre los círculos identitarios en su apertura y en su dinámica de ampliación o reducción como el camino al equilibrio y armonización intercultural. Así nos lo indica Fernando Ainsa: “Este complejo proceso de apertura, integración y cierre se produce a partir de hibridaciones donde se sintetizan mezclas y donde prima lo intercultural, características de un mundo cada vez más interdependiente”
Esta interculturalidad viene a ser una especie de flujo dialéctico en el que se redimensionan el particularismo y la universalidad, teniendo presente que esta lucha se inmersiona teórica y prácticamente en el repunte neoliberal que al mismo tiempo que se recrudece en sus políticas, también va dejando evidenciado su fracaso en las crisis constante de cohesión que no tiene otro modo de expresarse que por medio de la imposición. Y por lo cual tiene que ser cuestionado, nos dirá Fernando Ainsa:
“Una de las mayores críticas que se hace a la cultura postmoderna y al proceso de globalización en curso, parte del principio de que hay un propósito explícito de homogeneización de los variados símbolos identitarios del planeta en un molde único. La uniformización resultante obedecería a un designio superior, en nombre del cual el enorme potencial tecnológico y económico de la civilización occidental, el individualismo, el bienestar y el progreso tienden a absorber las culturas en una “cultura única”, amorfa y empobrecida.”
Sin embargo este mismo modo de actuar del neoliberalismo ha conducido, como ya se ha aludido, a una rebelión del los particularismos desde la pluralidad existente y al que se le puede atribuir con derecho, su tiempo y sus contextos, en los procesos de apropiación y empoderamiento cultural.
“La prueba es la creciente rebelión de particularismos varios y la notoria eclosión de reivindicación de identidades de todo tipo que caracteriza el discurso de los fines de los años 90, a diferencia de lo que fue durante la década de los 80, cuando el globalismo pudo equipararse al descarnado empuje del neoliberalismo económico. La respuesta de los fundamentalistas, especialmente étnico-nacionalistas y religiosos, se inscribe en esta dirección reactiva que no es tan anacrónica como parece, no está tan “fuera de su tiempo” y no es “sólo pasado” como se reduce esquemáticamente.”
El reto es, nos dice Fernando Ainsa, citando a Raúl Fornet-Betancourt, que: -“la cuestión no es ahora cómo integrar lo propio en el movimiento de lo ‘universal’, sino cómo injertar la diversidad del mundo en lo propio. Con esto se rompe el circulo de la dialéctica del conflicto entre lo ‘universal’ y lo ‘particular’.” Y retomando al mismo autor en su cita Ainsa afirma que: “ahora hay más bien universales. Los troncos propios en cada cultura son universales concretos. No hay ‘particularidades’ y ‘universalidad’ sino universalidades históricas.”
La alternativa histórica está pues en plantearnos desde la fragmentación y globalización que acontece, el redimensionamiento dialéctico de lo particular y lo universal, desde un nuevo paradigma de realización política-identitaria intercultural. Desconociendo las culturas, negándolas, homogeneizándolas, se obstaculiza la profundización y la construcción de reales identidades. Reconociendo las diferencias en la riqueza de la diversidad se aumentan las posibilidades de construir, la unidad en la interculturalidad.
Esta interculturalidad por la que estamos abogando, tiene una fuerte carga simbólica e importancia en la generación de imaginarios y representaciones identitarias diversas, que puede darle fuerza a la lucha práxico ideológica para nuevos horizontes políticos. Aunque la palabra interculturalidad ya está en el foro social discursivo y en el campo del debate político, todavía no se asume como tarea de todos, ni como herramienta para la construcción de la universalidad alternativa y plural a la globalización capitalista neoliberal, en la que se abonaría al terreno democrático, desde el conocimiento, el reconocimiento y la unidad en la diversidad cultural y como forma de confrontar y superar la exclusión, marginación y vasallaje de las culturas subalternizadas. Sobre todo cuando es evidente la importancia que tienen para la vida humana, estas regiones socio-culturales excluidas.
En la interculturalidad, las formas culturales particulares, son modos de reivindicación que pretenden la unidad en la diversidad; como modo ampliado de universalidad que consolide la justicia, la igualdad, la autodeterminación y la reconfiguración del espacio político; que se configura actualmente, en gran medida desde el espacio electrónico.
Interculturalidad es pues, fortalecimiento de la autoestima de los pueblos en su idiosincrasia diferencial, es toma de conciencia de su capacidad de gestión, y construcción democrática; como prácticas de un nuevo paradigma y proyecto social, político, económico y epistemológico incluyente, plural y universal. Como horizonte teórico y de prácticas contra-hegemónicas al liberalismo moderno y el neoliberalismo actual, y como alternativa relacional, para un nuevo mundo posible.
La democracia intercultural, se fortalecerá en la medida que los pueblos como regiones culturales, recuperen el poder de sus conocimientos, sus tierras, sus formas políticas de organización, desaprendan, aprendan y reaprendan su historia, lo propio de sus experiencias, sus luchas y tradiciones. De modo que desinterpreten, interpreten y reinterpreten su memoria histórica desde su propia subjetividad e identidad colectiva y recuperen sus espacios y lugares de sentido, articulando relaciones en la heterogeneidad y la pluralidad cultural.
La democracia tendría que ser la mejor forma de organizar estas condiciones transformadas en un proyecto político-cultural, sin ningún tipo de presiones y restricciones exteriores, más que el respeto a la libertad del proceso mismo de cada región, y la observancia plena de los derechos humanos como consensos internacionales para salvaguardar la vida y la especie humana en toda su riqueza intercultural. De modo que se pueda, como nos hace pensar Raúl Fornet-Betancourt, resignificar la política.