22

Entrevista con Aníbal Pineda

Luis Martínez Andrade

Entrevista realizada en la ciudad de Bruselas el 3 de marzo de 2017 con el filósofo colombiano Aníbal Pineda
En esta ocasión tuvimos la fortuna de entrevistar al filósofo colombiano Aníbal Pineda (Cereté, 1983) quien se encuentra redactando una tesis de doctorado en la Universidad Católica de Lovaina sobre el pensamiento de Ernst Bloch.

Luis Martínez Andrade: Usted se encuentra en la fase final de una investigación de doctorado en filosofía en la Universidad Católica de Lovaina sobre el pensamiento de Ernst Bloch ¿Podría hablarnos un poco sobre su investigación? ¿Cuál es la pertinencia de estudiar el pensamiento de Ernst Bloch?

Aníbal Pineda: A lo largo de varios años, he estado en contacto con la obra de Bloch y en el universo conceptual de su obra, decidí enfocar mi investigación en un concepto que el filósofo alemán desarrolla a lo largo de su trabajo. Me refiero a su concepto de no contemporaneidad, disimultaneidad o asincronía social que en alemán se dice Ungleichzeitigkeit es decir, que la experiencia del tiempo, o si se quiere la experiencia de la actualidad, de la no es la misma para todos. Se trata de un concepto que Bloch elabora a partir del encuentro, en su propia persona, entre la filosofía universitaria de su tiempo y su formación filosófica primera (que fue por cierto autodidacta). Los primeros contactos de Bloch con la filosofía se dieron probablemente en la biblioteca del castillo Mannheim que se encontraba cerca de su casa, en Ludwigshafen. Ambas ciudades se sitúan a orillas del Rin, una frente a la otra. Mannheim era residencia de un príncipe, con un palacio y con una biblioteca barroca ricamente decorada. En cambio, Ludwigshafen es una ciudad obrera donde está la empresa química BASF, una zona muy industrial de Alemania. Este contraste tan acentuado entre las dos ciudades va a provocar en él una preocupación acerca de los distintos ritmos que encontramos en la historia.
Luego Bloch se va a Múnich para estudiar con el maestro más importante de la época: Theodor Lipps y, luego, por razones contingentes, decide irse a Wurzburgo donde concluye sus estudios con el profesor Oswald Külpe. Entonces yo veo el origen de la filosofía de Bloch en este cruce de caminos: por un lado, su condición de outsider que no se acomoda mucho a la estructura escolar de su tiempo, que le parece atroz y por otro lado está su infancia intelectual forjada en la filosofía universitaria de la Alemania la época, impregnada de kantismo, en la filosofía clásica alemana y, por último, a partir del contacto con publicaciones de orientación social-demócrata y aun marxista. Todo esto produce por decirlo de algún modo la filosofía de este pensador. Me parece que se ha vuelto un locus communis de quienes estudiamos a Bloch el hecho lamentarnos diciendo que su obra no ha sido estudiada como se debiera. Y siempre empezamos con esa constatación plañidera: ¡qué lástima que nuestro autor no sea lo suficientemente estudiado! Pienso que esa época ya pasó. Creo que estamos en un nuevo amanecer de los estudios blochianos.
Regresando a su pregunta. Estoy trabajando ahora el concepto de “no contemporaneidad”. Este concepto aparece desarrollado de una manera sistemática en el libro Herencia de este tiempo, que infortunadamente no ha sido publicado en castellano. Ya fue traducido, según entiendo pero todavía no se encuentra publicado. Lo tradujo el profesor Miguel Salmerón pero, por una razón u otra, entiendo que no ha encontrado editor. Por cierto, gracias al profesor Salmerón también contamos en castellano con la obra Huellas. Y he oído decir que en Costa Rica están traduciendo El espíritu de la utopía.
En Herencia de este Tiempo dicho concepto es entonces, como le decía, tratado de manera sistemática, pero, en realidad, el concepto aparece ya claramente en la tesis de doctorado de Ernst Bloch que fue escrita en el verano de 1908. En esa tesis de doctorado, Bloch comienza a conversar con la historiografía de la época, la ciencia histórica del siglo XIX que había nacido con una especie de tara profundamente reaccionaria. Era una ciencia al servicio del proyecto militarista y colonialista prusiano. Se pretendía justificar por ejemplo cómo Prusia era el destino teleológico de Alemania toda, y cómo en la historia alemana todos los caminos conducían a Prusia, un poco en el espíritu de un cierto Hegel. Por supuesto, al interior de esa corriente hubo autores que se distanciaron de esa posición dominante, por llamarla así dominante. Es el caso por ejemplo de Karl Lamprecht, que había propuesto el concepto de diapasón que sería algo así como el tono psicológico y político de una época, el espíritu del tiempo que se expresa de una manera objetiva. Se podría decir en este sentido que en nuestra época existe un diapasón dominante que determina los gustos, ciertas posiciones políticas, etc. Bloch se muestra interesado por esta idea y, por tanto, retoma esta noción porque muestra que la psicología (y no solo los archivos diplomáticos) tiene algo que decir a la historia. Lo interesante de esto es que Bloch intenta mostrar que la causalidad social no se reduce a la causalidad económica, como defendía un cierto marxismo vulgar. Por ejemplo, la Segunda Internacional, impregnada de este materialismo mecanicista, cuando trataba de explicar la Primera Guerra Mundial decía que esta era una guerra imperialista del capitalismo en vías de expansión y punto. Bloch entonces postula que además de la causalidad económica también es posible hablar de otra causalidad, una causalidad libre, de tipo individual, psicológica que precede y acompaña toda acción colectiva. En esa preocupación entonces, Bloch descubre asimismo que, a veces, en ese diapasón social del que le hablaba hay algo así como notas falsas. Es como si en el concierto de lo social hay una especie de tono dominante que deja oír, de vez en cuando, ciertas notas falsas.
Mejor dicho: hay personas, personajes, clases sociales, instituciones que aparecen como disonantes respecto a su tiempo. Surge pues así una primea formulación de la doctrina de la disimultaneidad. En otras palabras, si miramos hacia el pasado, vemos que hay gente en el pasado pareciera contemporánea nuestra. Por ejemplo, algunos textos medievales en donde se defienden con claridad los derechos de las mujeres. También hay sermones del reformador Thomas Münzer en donde este lanza, por ejemplo, invectivas contra los usureros. Cualquier persona que hoy haya perdido su casa por cuenta de un desahucio podría sentirse plenamente identificada con la situación que se denuncia. Al análisis de ese tipo de cosas apunta mi investigación.
Pero me gustaría también destacar un segundo elemento de esta teoría. Es quizá el otro lado de la moneda. Me explico: si por un lado vemos gente que en el pasado pareciera no pertenecer a su época, sino que son adelantados a su tiempo, en el presente podemos observar que hay gente o grupos sociales que parecen anclado a una época anterior. Esto es analizado por Bloch en el libro Herencia de este tiempo que mencionaba hace un momento. Se trata de una serie de pequeños ensayos escritos durante los años veinte que van a tomándole el compás a su época y describiendo al mismo tiempo el surgimiento del fascismo. Bloch hace pues una especie de fenomenología de su época, sobre todo, concentrándose en la descripción de las clases sociales que fueron más proclives al nazismo. Bloch va entonces a caracterizar su época con los términos distracción y borrachera. Primero, hay un periodo de distracción y, el fascismo, viene siendo la borrachera con que este solaz se termina. La sociedad prehitleriana es una sociedad indignada, pero distraída. Distrae la cólera, impide que la cólera se extienda en la sociedad como un océano sin diques. La cólera puede generar excesos y dichos excesos son censurados: son los vidrios rotos, son las pedradas, es la sangre de los manifestantes, etc. Por eso se pone en marcha un dispositivo de distracción: el cine, la televisión, la publicidad, toda una serie de dispositivos culturales de masa que van a funcionar como una fábrica de sueños, es decir, como unos grandes bafles que nos dictan sutilmente y sin que nos demos apenas cuenta lo que debemos soñar, la forma en que debemos ser o comportarnos.
Por ejemplo, alguna vez en un curso en la Universidad Católica de Oriente, en Colombia, les decía a mis alumnos, que yo no he oído a nadie decir que la lengua bemba, que es una lengua africana, le parezca sexy, que es el adjetivo que se suele usar. En cambio, todos dicen que el francés es sexy. Que el italiano es sexy o que es una lengua hermosa. Yo les decía que ese tipo de comentarios no son inocentes, sino que están mediados por una estructura de poder y que responde al modo cómo el poder se ejerce. El francés ha sido por ejemplo una lengua cantada, exaltada durante siglos por la poesía, por la música, por la literatura, por el cine. Quién no quisiera pasearse por París junto al Sena viento la torre Eiffel. En cambio nadie dice: “me quiero pasear tomado de la mano con mi novia por la orilla del río Congo en Kinsasa”.

Luis Martínez: …o por el río Medellín.

Aníbal Pineda: es que ese está muy contaminado. Mejor por el Sinú, que tiene a sus orillas un parque lineal muy bonito.
(Risas).
Lo que quiero pues decir es que este tipo de dispositivos de poder preparan de cierta manera el surgimiento de algo, es decir, despolitizan la lucha. Ese algo es el caso alemán el nazismo. Este, como en general todos los fascismos, se presentaba como revolucionario, se presentaba incluso como socialista, nacional-socialista. Y mal que nos pese, debemos aceptar que ellos son profundamente performativos en el uso de la palabra. Por ejemplo, en el caso colombiano. Así a mí no me guste, un importante sector de la sociedad colombiana, en algún momento, simpatizó con la forma en que vendió su proyecto político un personaje como Álvaro Uribe. Hoy vi una encuesta que dice que el 50% de la población tiene todavía una imagen favorable de Uribe. El padre Javier Giraldo ha analizado ese incremento de popularidad de ciertos políticos a medida que crecen los escándalos, que en vez de perjudicarlos los fortalece. Pues bien es que tenemos que aceptar que Álvaro Uribe tocó algo en la fibra profunda del alma colombiana y que la izquierda quizá no logró hacerlo. Entonces, regresando a Bloch, su libro es como un ajuste de cuentas con esas fuerzas progresistas, puesto que dice: “el problema no es lo que hicimos sino lo que dejamos de hacer”. ¿Y qué fue eso que dejamos hacer? Bloch pone como ejemplo una historia: un día llamaron a un comunista y a un nazi para que hablaran de la situación alemana. El nazi de manera caballerosa deja hablar primero al comunista: “Adelante, empiece usted”. El comunista pasa y empieza a dar datos duros y fríos sobre la economía, etc. Después, cuando llega el turno del nazi este lo destroza. Empieza a emplear un lenguaje cercano a la gente y dice más o menos algo así: “miren, el comunista dice ser distinto de los políticos tradicionales de la socialdemocracia, pero no ha dicho nada diferente. Su lenguaje es el mismo de la socialdemocracia”. Tal vez haya traicionado un poco lo escrito por Bloch, pero el mensaje es más o menos ese. Muchas de las élites de izquierda desprecian al pueblo. Quieren hacer cosas por el pueblo, pero despreciando al pueblo. Todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Una especie de despotismo ilustrado. Para esta aristocracia espiritual el pueblo es una masa de gente entregada a la superstición, que cree en maleficios y en la Virgen del Carmen (ustedes en México, en la Virgen de Guadalupe). El pueblo cree en patriotismo. El pueblo sale con la camiseta amarilla cuando juega la selección de Colombia y todas esas son estupideces que nosotros, la vanguardia filomarxista ya ha depurado, pues estamos en un grado de consciencia superior, etc. etc. Este tipo de prejuicios antipopulares o antireligiosos solo consiguen que las izquierdas le deje al fascismo una serie de espacios vacíos de los que el fascismo se aprovecha y en los que hace consistir su éxito.

Luis Martínez Andrade: ¿Podría hablarnos sobre la recepción de Ernst Bloch en contextos no europeos? Además, por lo general, se suele interpretar la realidad social a través del pensamiento de un autor o de un pensador particular. Sin embargo, ¿Cómo leer la obra de Bloch a través del contexto Latinoamericano?

Aníbal Pineda: La recepción de Bloch es un poco problemática. Fue tal vez a Gerardo Cunico, profesor italiano, a quien le leí que sobre Bloch pesa aquella maldición, si se quiere, que le lanzó Max Weber (o tal vez su mujer): este tipo es un judío todo lleno de su Dios y yo soy un hombre serio. Un exaltado, en suma, al que no hay que prestarle mucha atención. En efecto, en filosofía, Bloch ha sido un autor al que se le ha prestado poca atención. ¿Ve usted? He vuelto al locus communis del que hablaba.
Lo cierto es que quienes primero tomaron en serio a Bloch fueron los teólogos. La recepción de Bloch es pues hasta cierto punto eminentemente teológica. Allí está la obra de Jürgen Moltmann, de Johann Baptist Metz, de Wolfhart Pannenberg y, a través de esa recepción teológica, los primeros latinoamericanos que leen a Bloch son los teólogos de la liberación que postulaban un cristianismo desde abajo, lejos del cristianismo de los señores. Así, me parece a mí que entró Bloch en América Latina. Allí están las obras de los teólogos de la liberación en donde se puede encontrar la influencia de Bloch. Por ejemplo, Leonardo Boff que leía el alemán, pudo acercarse a las obras de este pensador. También están las obras de Jon Sobrino, de Franz Hinkelammert o de Enrique Dussel, quienes han leído y han estudiado a Bloch. Enrique Dussel, por ejemplo, en su Ética de la liberación propone pasar del Principio Esperanza al Principio Liberación. Una propuesta que vale la pena seguir estudiando. Básicamente esa ha sido la recepción de Bloch en América Latina. No es el filósofo que más se estudia. Hay otros que han contado con mejor suerte, por ejemplo, la obra de su amigo Walter Benjamin que ha sido largamente traducida o las obras de Teodoro Adorno. En el caso de Bloch no ha sido así, quizá porque era filósofo de la Alemania del Este en algún momento, porque fue stalinista en otro momento. Quizá las dificultades de la recepción vienen de su condición de outsider, de pensador heterodoxo. Para los marxistas era demasiado religioso o “religionizante” y para los cristianos era demasiado marxista. Para los de Alemania del Este era demasiado heterodoxo, para los de Alemania del Oeste era demasiado soviético. Y la recepción de los años cincuenta a setenta se encontró con este dilema (a pesar de que por ejemplo, D. Wenceslao Roces tradujo y publicó en castellano antes de que saliera en alemán el libro Sujeto-Objeto que es un estudio de Bloch sobre Hegel). La recepción pues ha girado en torno en los grandes temas: la Esperanza, la utopía, etc. Mi trabajo es novedoso, al menos en castellano, en el sentido en que no ha habido un análisis del origen de ciertos conceptos y, concretamente, del concepto de “no-contemporaneidad”. Ya he dicho que no tenemos todavía en español la obra donde ese concepto es desarrollado, que es Herencia de este Tiempo. Ya fue traducido, pero no ha sido publicado. Para saber al respecto tendríamos que consultar algunos textos del suizo Beat Dietschy disponibles en nuestra lengua, por ejemplo. Pero en general hay poco material.
En otros contextos no europeos conozco menos. No sé de qué va la recepción de Bloch en Asia. Vi hace poco un texto en alemán sobre la obra de Bloch en el Japón, publicado en el Bloch Almanach, una revista de los Archivos Bloch de Ludwigshafen. En África, solo conozco los trabajos del profesor Azoumana Ouattara quien trabaja en Burkina Faso y que ha escrito un bello comentario sobre la noción de no-contemporaneidad.
Mi trabajo de investigación surge también del contexto en el que me he desarrollado ya que, al ser colombiano, sé que en Colombia hay luchas populares. Pero también hay mucho de indignación no revolucionaria sino por el contrario terriblemente reaccionaria. Cuando veía a las masas que salían para detener los acuerdos de paz o para luchar contra este demonio que se inventaron la cato-reacción y el pentecostalismo y que se llama la ideología de género eso necesariamente motiva mi curiosidad filosófica. Cuando veo que se organizan marchas multitudinarias de gente que sale indignada “porque a los niños se les está imponiendo una orientación sexual determinada” o “porque nosotros no queremos aquí socialismo” yo veo allí mucha tela para cortar desde la filosofía o la sociología. Ese tipo de discursos atraen profundamente mi atención. Yo he dicho por ejemplo que en Colombia tenemos, el “uribismo bueno” y el “uribismo malo”. El “uribismo bueno” es el del señor terrateniente que acumula hectáreas en sus fincas de Córdoba. Me parece normal que un terrateniente defienda sus intereses. Ese uribismo es natural, “bueno” para decirlo con sorna. El problema es cuando ya no es el patrón sino el capataz el que defiende los intereses de su señor, que tal vez le esté pagando mal. El problema para mí no es que el dueño del cultivo apoye una política retardataria. El problema es que quien recoge algodón en este pueblo, quien vende maíz en el mercado de este otro, está apoyando un proyecto político cuyo objetivo es mantenerlo en esa situación. Ese es el problema de mi filosofía. En ese sentido, pienso que la obra de Bloch guarda toda su actualidad en estos momentos. En otras partes del globo somos testigos de un crecimiento de los “populismos de derecha”, una amenaza de un desbordamiento del fascismo. La obra de Bloch tiene pues todavía mucho que decirnos.