16

El humanismo de Zea en búsqueda de la integración latinoamericana

Diana Milagros Rueda de Aranguren

Año 2, No. 16, mayo 2016

La visión panorámica que se hace de la América Latina arroja una perspectiva con tendencias globalizantes, futuristas y cambiantes que impactan al mundo entero, afectando de diversas formas los contextos económicos, políticos, sociales y culturales. Hoy en día es mucho más evidente, que los procesos globales han desatado fuertes contradicciones, y que lo que debería ser el surgimiento de sociedades más justas y libres se traduce en caos, en trastorno o malestar moral en el comportamiento del hombre; se generan crisis de valores éticos, el ser humano ha perdido su sentido de convivencia y sus valores compartidos.
Concebir la integración latinoamericana supone un entramado de referencias de todo índole social y étnico, basadas en una historia que comparte hechos, momentos y bases propias de la región; abarca un horizonte de esperanza y fluidez de vida, que obliga al pensamiento asociarse con el humanismo en su carácter valioso de integración.
El enfoque humanista de los pueblos, demanda una visión integral de transparencia y de corresponsabilidad, que no escapan por supuesto de los daños y destrucciones por las que han sido sometidas las culturas latinoamericanas en su afán por progresar, avanzar y conseguir un sólido desarrollo que brinde prosperidad y dicha, que es el fin de todo pueblo noble.
Así mismo actúa la ética, elemento fundamental del humanismo, tanto por la integración como por la unión y el desarrollo, caracterizando los problemas comunes y consolidando los saberes, abordando el desafío por la paz de la región, de forma sincera y justa.
El valor ético y humanista fundamenta la trascendencia del individuo en la sociedad, dándole la gran fuerza necesaria para transformar en forma progresiva la visión de la identidad nacional, de la conciencia cívica y ciudadana, orientándose hacia la búsqueda necesaria de un hombre coherente e integral, un nuevo Ser guiado por esos valores éticos que realzan la relación que debe existir de forma coherente en las sociedades de la periferia del Sur.
El humanismo debe ser considerado como parte fundamental de la praxis diaria de los individuos y no demarcarlo como una virtud exclusiva del pensamiento, denotándose como algo abstracto, idealista, fuera del alcance de todos, hasta utópico; más bien, el humanismo debe ser asumido por Latinoamérica como un modo que condiciona el desarrollo integral del ser humano, que apuntale a la felicidad, a la libertad y a los principios morales que valoren la inmensidad de la vida.
La historia Occidental muestra al humanismo desde varios ángulos o modelos, que permiten apreciar o diferenciar las características del humanismo americano, por otro lado, numerosos pensadores latinoamericanos han reflexionado en torno a la identidad del hombre latinoamericano y apreciado el humanismo con un tinte diferente.
Espino (2006), considera que se adoptaron dos grandes modalidades: una, referida a la identidad latinoamericana y, otra, que busca resaltar rasgos fenotípicos, símbolos, raíces lingüísticas, expresiones y manifestaciones culturales que más allá de su diversidad permitieron dilucidar una unidad antropológica de América. El primer camino o modalidad se presenta a través de consideraciones filosóficas propuestas de filósofos como Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Francisco Miró Quesada, Leopoldo Zea, Francisco Romero, Enrique Dussel y Arturo Andrés Roig. Estos célebres pensadores de lo latinoamericano no dudaron en caracterizar y anunciar bases del humanismo latinoamericano.
Otro camino viene a ser como una suerte de análisis epistemológico del humanismo latinoamericano a través de un paneo de diversas manifestaciones culturales, que permitieron vislumbrar la unidad antropológica de América y los rasgos más característicos de su humanismo.
Este humanismo americano habla de la unión de los pueblos, de cooperación, de acercamiento de los pueblos por grandes planes e ideales (unión Latinoamérica, la búsqueda de la paz, por nombrar algunos de ellos). Su historia supone tradiciones culturales comunes que hermanan a sus pueblos, donde se manifiesta una raza cósmica, es decir, un continente de síntesis, como lo reconoció el Maestre Dr. Raynaud de la Ferrière (1975), “América no es ni negra, ni blanca, ni amarilla, una raza de síntesis de todos los pueblos del mundo, propia de pueblos que buscan un horizonte en común, abiertos tanto al cultivo de la ciencia como de la filosofía, que saben inclinarse a la consideración de lo pequeño como de los grandes temas que mueven a la humanidad.”
Precisando el enfoque de Zea (1912-2004), quien es receptor del pensamiento latinoamericano del siglo XIX, tanto del liberal-nacionalista precursor de las independencias nacionales de México y América Latina, como del post-independentista, e incluso del posterior pensamiento mexicano-latinoamericano, principalmente el generado en la primera mitad del siglo XX; asumiéndose como recuperador de toda esa producción intelectual filosófica, este pensador mexicano empieza su trabajo filosófico desde el campo de la Historia de las Ideas en México, a la que dedica sus primeros y fructíferos esfuerzos en sus estudios sobre el Positivismo en México y en Hispanoamérica, para después extender su filosofar a un contexto más amplio con base en una Filosofía de la Historia.
Labor intelectual que fue enriqueciendo mediante la adquisición de nuevas influencias, como la filosofía hegeliana y la filosofía marxista, nuevos conocimientos, experiencias y diálogos con sus contemporáneos latinoamericanos y de otras partes, como es el caso del historiador británico Arnold Toynbee (1889-1975), con quienes siempre compartió ideas e ideales comunes, hasta culminar con elaboraciones de carácter universal sobre la sociedad global neoliberal, haciendo énfasis en sus problemas, retos y perspectivas para la humanidad frente al nuevo milenio.
Así, a partir de la asimilación de esas líneas teóricas generales mencionadas a las que se van añadiendo concepciones, ideas, vivencias, experiencias y propósitos del pensador latinoamericano, va emergiendo un pensamiento y discurso filosófico de gran trascendencia en la historia en el contexto espacial-temporal-circunstancial latinoamericano, a partir de los años cuarenta del siglo veinte, en que Zea inicia su filosofar, hasta su muerte reciente.
A lo largo de ese período, el pensador va examinando varios temas relacionados de manera estrecha, entre los que destacan: la crisis de la cultura occidental, las relaciones entre el pensamiento europeo e iberoamericano; el fenómeno de la dependencia latinoamericana y del tercer mundo y la alternativa liberadora; la posibilidad, existencia, originalidad y autenticidad de una genuina filosofía latinoamericana y la universalidad de ese pensamiento.
Toda esta rica y amplia producción intelectual se hace posible gracias a que, desde un principio, como observa acertadamente el filósofo latinoamericano Tzvi Medin, Zea se asume como filósofo preocupado por la sociedad humana de su tiempo, fuera de todo tipo de complejo de inferioridad cultural, entendiendo su existencia como libertad, responsabilidad y compromiso, expresada como una negación a vivir como un mero reflejo europeo.
De ahí que, por ejemplo, en alguna ocasión asegure que el americano es el sujeto y no el objeto, y que, en tanto sujeto histórico, él habrá de ser quien instrumente las creaciones y los frutos de la cultura europea de la que es heredero, acorde a sus propios intereses existenciales.
Es por ello que considero, con humildad de analítica critica, que Leopoldo Zea proyecta un quehacer filosófico en donde se visualiza una praxis comprometida con su verbo, permitiendo conocer su pensamiento y posición ante el exclusivismo del humanismo occidental el cual pone en duda la humanidad de los habitantes de la periferia, por lo tanto, proclama el humanismo pleno e inclusivo, con características muy particulares: de carácter liberador, reconocedor de las diferencias, remantizador de los valores éticos, fomentador de la igualdad en las relaciones humanas, y de profunda actitud solidaria.
La integración Latinoamericana debe ser una visión compartida de cada uno de los países que la integran, aunando esfuerzos por concentrarse en un humanismo conformado por virtudes que se traducen en valores morales que apunta al perfeccionamiento del hombre, haciendo culto al amor y al mismo tiempo, apelando a la lucha y al combate para preservarlo. Es por ello que en la reflexión emergen necesidades que inevitablemente deben imponerse para anidar el adecuado contexto de un radical humanismo que arroje: dignidad, humildad, honradez, honestidad, solidaridad, patriotismo, amor y cumplimiento del deber; convirtiéndose así en el esencial significado de la vida.
Latinoamérica avanza vertiginosamente hacia una plena integración, claro está, condicionada por la geopolítica, los factores económicos, sociales y culturales de la región, pero orientado a una integración llena de profundo contenido humano, con “sentido y profundidad humanas”, dicho por el Libertador Simón Bolívar, expresando así su firme convicción acerca de la solidaridad, la unidad y el humanismo exigido para la integración, lo cual consideraba, el destino de América.

Referencias

Espino, Glafira. (2006). Filósofo Humanista Latinoamericano: Leopoldo Zea. México: Universidad Michoacana
Medin, Tzvi (1983). Leopoldo Zea: Ideología, Historia y Filosofía de América Latina. México: U.N.A.M
Raynaud de la Ferrière, Serge (1975). Los Grandes Mensajes. México: Diana

Autora

DIANA MILAGROS RUEDA DE ARANGUREN
Directora General de la Emisora Radial: Frenesí 107.9 FM / Doctoranda en Ciencias de la Educación –ULAC- Magister en Educación Integral / Especialista en Gerencia Educativa /Licenciada en Educación / Psicopedagoga – Mención R.M milyaranguren@hotmail.com @milyaranguren

2223total visits.