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Reconstruir las ciencias sociales: un comentario de la formación universitaria

Octavio Spíndola Zago

Año 1, No. 7, noviembre 2014

Ante los vertiginosos cambios socioeconómicos y culturales en nuestra actualidad neoliberal globalizada los planes de estudio se han visto seriamente afectados en su estructura y en sus objetivos, en su mayoría negativamente -aunque no en todos los sentidos. Uso de TIC’s, herramientas didácticas y fortalecimiento de la formación pedagógica se cuentan entre los cambios afirmativos; pero el adelgazamiento del área teórico-metodológica, la invalidez de asignaturas de preparación básica con miras a una especialización, y el abandono del área de investigación se cuentan entre los contras.
En esta era del vacío (Lipovetsky, 2000), en esta sociedad de riesgo (Beck, 2008), en esta modernidad líquida (Bauman, 2000), donde “la certidumbre del reino de la entropía se traduce en una degradación cualitativa, en la desaparición de las diferencias, en la pérdida de una energía eficaz. La historia de los hombres… es lo simbólico y el rito, el imperio de los signos y las acciones sacrificiales lo que proporciona los medios para mantener el orden” (Balandier, 1989: 25), ¿Cómo debemos reconstruir las ciencias sociales desde dentro? ¿Cómo responder a la guerra declarada a la metodología? ¿Qué nos plantea la interdisciplinaridad en el proyecto de reconstrucción?

I. El camino para reconstruir las ciencias sociales

A partir del siglo XIX inicia el camino de la dsiplinarización y profesionalización del conocimiento dentro de universidades, acompañado por la especialización de los estudiosos y el financiamiento de proyectos, con particular énfasis en las ciencias sociales. Se distancian de la filosofía especulativa para aproximarse a la ciencia positiva, empírica y metódica –epistemología que repercutió en la constitución de la filosofía analítica por el Círculo de Viena y la física social por Agust Comte.
Así las nuevas ciencias en consolidación abandonaron toda actividad teorética para ser permeadas por una rigurosidad metodológica con un objeto definido: la historia estudiaría el pasado depositado en los archivos, la economía se especializó en los fenómenos del mercado, la ciencia política se centró en las estructuras del Estado, la sociología se dedicaría al presente de la sociedad y los impactos de la modernidad en los descontentos populares, finalmente la antropología explicaría los pueblos dominados y colonizados por Europa.
A partir de los estudios de la antigüedad europea para entender las dinámicas que sentaron las bases de la modernidad, se percataron que no todos los no-europeos podían ser clasificados como tribus, existían altas civilizaciones que resistieron por algún tiempo el colonialismo, por ello aparecieron los estudios orientalistas, dedicados a India, China y Persia. Otras disciplinas no vieron su auge en este momento histórico por su incapacidad de definirse epistemológicamente: la geografía nació de las ciencias naturales para quedarse junto a la historia, la psicología devino de la medicina sólo para ser clasificada debajo de la sociología, el derecho al carecer de leyes científicas buscó analizar el Estado para trazar leyes racionales viéndose relegado a la política.
La evolución interna de cada disciplina se desarrolló a partir del positivismo hasta Frankfurt: la historia pasó de estudiar individuos e instituciones a procesos y estructuras en la larga duración, para luego centrarse en coyunturas, conflictos y desigualdades de clase, étnica y género en varias universidades, mientras en Estados Unidos se inclinaron más hacia la cuantificación; para el caso de la sociología se pasó de intentar formular leyes a pensar en regles generales que explicasen los fenómenos cambiantes; en la economía la teoría keynesiana reavivó la economía política buscando entender los procesos macroeconómicos en los organismos gubernamentales y estatales, y los no keynesianos reaparecieron los modelos neoclásicos de estudios de economía familiar y desviaciones sociales.
Tras 1945 se establecieron los estudios de área y la multidisciplinariedad para romper el enunciado de pueblos sin historia, en política viene el interés por la teoría de la modernidad y el concepto de “desarrollo”. La pretensión universalista fue cuestionada por las feministas y los disidentes “de abajo” que criticaron las teorías etnocéntricas –machistas-burguesas, los estudios culturales aparecen para dar luz a la otredad, a lo local, a las tecnologías. El escepticismo posmoderno remplazó a la crítica moderna y el lenguaje pasó a ser medular (Wallerstein, 2013: 73), es el momento de auge de la teoría y la reflexión epistemológica.
Las nuevas teorías “destacaban la no linealidad por encima de la linealidad, la complejidad sobre la simplificación, la imposibilidad de eliminar al que mide de la medición, e incluso… la superioridad de una amplitud interpretativa cualitativa por encima de una precisión cuantitativa, cuya exactitud es más limitada” (Ibíd. 67). La realidad compleja demostró los límites de la selección natural para explicar la evolución y de la física newtoniana para explicar las dinámicas de caos, nace la ecología como ciencia de la modernidad industrial y se multiplican las voces de resistencia, para quienes de trata de descolonizar las propias ciencias y trascender el debate entre la inclusión y la separación mediante la universalidad plural.
La crisis de las naciones, “la naturaleza evidente de los estados como contenedores conceptuales… quedó abierta al cuestionamiento serio y al debate” (Ibíd. 90), apareció un boom de los regionalismos y enfoques multi e interculturales. En esta línea se han desarrollado algunos experimentos parauniversitarios como la FLACSO en Latinoamérica, el Centro de Estudios para la Transición en la UAM o diversos posgrados vanguardistas en universidades europeas.
Actualmente la profesionalización de la enseñanza va de la mano con la profesionalización de la investigación a través de centros, departamentos e institutos. Estados Unidos ha realizado varios experimentos estructurales en la materia: la invención de las escuelas de posgrados a fines del siglo XIX, la modificación del sistema alemán de seminarios, la invención del sistema de materias de libre elección, la iniciativa de los consejos de investigación en ciencias sociales y de los requisitos de “cursos centrales” después de la Primera Guerra Mundial, de los estudios por área después de la Segunda Guerra Mundial, así como de los estudios de las mujeres y étnicos a finales del siglo XX (Ibíd. 108).
Desafortunadamente la inversión desde el exterior a las ciencias sociales hoy no va en dirección de abrir vetas y consolidar cuerpos, sino de burocratizar, como lo explica Wallerstein: “el concepto taoísta del ‘camino’ legitimo (tao) entiende la legitimación como una asociación existencial con las realidades caóticas, más allá de la legitimación burocrática del confucianismo” (Ibíd. 62) en la que vivimos. Al interior de las academias la cerrazón es evidente: “los estudiosos tienden a asistir principalmente a las reuniones nacionales (e internacionales) de su propia disciplina. Las estructuras disciplinarias han cubierto a sus miembros con una reja protectora, y no han alentado a nadie a cruzar las líneas” (Ibíd. 77), es urgente una flexibilidad, entender que “el que mide modifica lo medido” (Ibíd. 64).
La apuesta es reintegrar al hombre a la naturaleza: “el concepto de ‘desencantamiento del mundo’ representaba la búsqueda de un conocimiento objetivo no limitado por ninguna sabiduría o ideología y/o aceptada… El llamado al ‘reencantamiento del mundo’… es un llamado a derribar las barreras artificiales entre los seres humanos y la naturaleza, a reconocer que ambas forman parte de un universo único” (Ibíd. 81). Llaman a recuperar la fe en las utopías –que autores de la talla de Traverso han abandonado-, y aceptar que no existe un investigador neutral, y situarlo en un espacio -tiempo como variables socialmente construidas.

II. Reconstruir la metodología

Pierre Bourdieu enunciaba “respecto a las ciencias sociales, cabría imaginar que, al no ser susceptibles de ofrecer unos productos directamente útiles, es decir, comercializables de forma inmediata, están menos expuestas a estas tentaciones” (Bourdieu, 2003:9) refiriéndose al uso de la ciencia que han venido haciendo los poderes religiosos, empresariales, políticos, etc. Desafortunadamente la realidad es completamente inversa: los programas de becas mantienen sometidos a los universitarios, se premian trabajos sin crítica social, se promociona la cultura del académico como status de prestigio cuasi snob, y se declara abiertamente la guerra a carreras como filosofía, letras, historia y artes.
Realmente no es tan nuevo esto, desde la entrada del neoliberalismo se buscó sacar por la puerta trasera a la labor científica comprometida. Corría el año de 1965 cuando se sometió a discusión del Consejo Universitario de la UAP la institucionalización de la Escuela de Filosofía y Letras, aprobada a pesar del amplio margen de rechazo. Al año siguiente los grupos conservadores derechistas que controlaban la universidad buscaron echar atrás la Reforma Universitaria y desaparecer la Escuela de Ciencias Físico Matemáticas (Yáñez, 2000). La tendencia desde entonces ha sido clara: que las universidades mantengan tranquilos a todos si quieren recursos, que los académicos se apeguen a programas si quieren trabajo y que los estudiantes tengan la formación más superficial posible si quieren integrarse a las filas laborales.
La imperiosa necesidad de virar en este sentido y fortalecer el perfil de investigador, o al menos el desarrollo de las capacidades científicas –e integralmente humanistas-, descansa en la búsqueda de egresados capaces de generar nuevo conocimiento, que no sean meros receptores pasivos de la información generada en otros lugares. Se requiere una profesionalización en la investigación, que no es aprehendida por mera ósmosis –es cierto que la práctica es indispensable, pero una sólida formación teórica es igual de importante en materia de actualización-, no sólo para desarrollar complejos trabajos que aporten a la disciplina, sino pequeñas investigaciones que permitan la superación personal e intelectual de un joven que, mediante las asignaturas metodológicas, sea capaz de escribir material académico y ensayos bien fundamentados.
¿Para qué un área metodológica en la licenciatura? Más allá de la tesis y la formación científica la metodología ayuda a razonar por escrito a mantener un sano escepticismo en su campo de trabajo. Una enseñanza de la metodología sólida es aquella en la que el estudiante realiza una revisión bibliográfica-documental o experimental-de campo a consciencia y una producción escrituristica con calidad publicable siguiendo lineamientos formales de revistas y editoriales, pero particularmente en la que el profesor no se limita a pedir trabajos que revisa superficialmente y califica numéricamente, sino en los que se explicitan las estructuras y se procura una rescritura hasta que se logren niveles de calidad adecuados y un proceso de metacognición pragmática.
Una formación metodológica descansada en el ejercicio cotidiano del proceso lectura-escritura-discusión y respaldada con la misma importancia por teoría y práctica hace la diferencia entre el técnico que domina una herramienta y el profesionista capaz de crear conocimiento, siempre que se permita al estudiante reconocerse con la capacidad para lograr investigación de calidad y ambiciosas, pero tangibles y correctamente sustentadas.
Vivimos en un ambiente en el que no se fomenta el análisis crítico y la reflexión interrogante deconstructiva, en el que no se procura la motivación y la gestión de expectativas; es en las universidades donde los jóvenes deben aprehender a “mirar de otra manera la realidad y la complejidad… perciban matices y relaciones… vivan las experiencias con preguntas constantes” (Arreola, 2003: 34-35). En un escenario de aprendizaje participativo con formación disciplinaria, teórico-metodológica y pedagógico-didáctica, donde se fomenten la actitud de compromiso social y ética profesional que promueva el desarrollo con habilidades críticas y creativas como estrategia para transformar productos en algo abierto a nuevos conocimientos en el que las TIC no sirvan únicamente para repetir lo repetido; ahí el estudiante se convertirá en un profesionista sólido y propositivo para su sociedad.
Introduce Jacques Derrida una de sus obras citando a Flaubert: “Puede que desde Sófocles seamos todos unos salvajes tatuados. Pero hay en el Arte otras cosas que líneas rectas y superficies pulidas. La plástica del estilo es tan amplia como la idea completa… Tenemos demasiadas cosas y no suficientes formas” (Derrida, 1989:9). Y esto es, a mi parecer, una de las piezas fundamentales en la enseñanza teórico-metodológica actual y no demasiado valorada: se exige calidad y objetividad, seriedad y técnica, pero ¿qué hay de esa gama de estilos, de formas? No sólo es imperativa una sólida formación técnico-científica, también –y quizá cuanto más- encontrar el tatuaje personal, las figuras narrativas, la voz propia.

III. Contra las fronteras

Tanto Foucault como Bourdieu hacen evidente su rechazo al intelectual total así como al intelectual orgánico; aquél que ayer se dedicaba a imponer a los dominados el discurso que debían tener de su propia condición ante su incapacidad de autodefinición, hoy “trata de ofrecer herramientas que permitan desarmar los mecanismos de dominación que funcionan como divisiones naturales, normales, ancestrales” (Chartier, 2011: 37) y entender que las personas poseen sistemas de defensa que no podemos subestimar. El problema es cómo oponerse al intelectualismo total sin caer en el populismo ni en el radicalismo corrosivo, sin hacer del metadiscurso un fin. ¿Cómo podemos promover un cambio sin caer en la esperanza mesiánica tan dañina? Recurriendo a la que Foucault denomina la microfísica del poder, en palabras de Bourdieu: “lo que hay que ver es lo que depende de nosotros” (Ibíd. 52).
Es claro que la ruptura entre ciencia e ideología es puramente mística para validar la división sagrado-profano, el único modo, al menos por ahora, ha sido recurrir al campo de lo conceptual y “destruir los autonomismos verbales y mentales, es decir, volver problemático lo que antes se daba por sentado en el mundo social” (Ibíd. 27) –lo que algunos han venido a tildar de un simple ejercicio de invención terminológica vaga es en realidad una compleja deconstrucción del nominalismo que enmascara con categorías universales, la construcción y variaciones históricas del sujeto -, en términos más concretos: “volver hacia la ciencia la mirada científica” (Ibíd. 28) e interrogarse los propios sistemas de interrogación.
Ese fue el gran aporte de los posmodernos, posestructuralistas y académicos afines a los Giros, evidenciar el paradigma de la complejidad moriniano, las redes y sistemas multinodales, además de introducir al debate teorizaciones tan magistrales como las de Jörn Rüsen con sus análisis de la intersubjetividad y la cultura histórica, Hans Georg Gadamer con sus reflexiones del archivo y las dimensiones del fenómeno histórico, o Frank Ankersmit y su nueva epistemología de la historia. El inconsciente freudiano, la narrativa subjetiva lacaniana, la teoría del poder y el individuo foucaultiana, la relatividad einsteniana, la hermenéutica ricoeuriana, todas estas tesis apuntan en una misma dirección: romper fronteras que en realidad nunca existieron epistémicamente, pero que fueron construidas teóricamente por ciencias recelosas de su quehacer.
Bourdieu desdibuja las fronteras entre el pasado y el presente violando la visión temporalista y entendiendo lo presente como “lo que está aun suficientemente vivo para ser objeto de luchas” (Chartier. 33), pero ¿por qué, ante tan magistrales propuestas, al igual que otros académicos franceses, ha sido duramente criticado? Porque “la cultura, en nuestras sociedades, es uno de los lugares de lo sagrado” (Ibíd. 40) y los doxósofos (productores profesionales de discursos al servicio del Estado y sus medios de violencia simbólica) mantienen el monopolio de los medios y la academia. En suma, los sociólogos y los historiadores permeados por estos pensadores “intenta[n] decir cosas que no quiere saber nadie, en particular quienes le leen” (Ibíd. 42).
Otras de las fronteras imaginarias es la de la certeza científica. Hay que desconfiar. La dicotomía objetividad-subjetividad es para Bourdieu un tema más de contextualidad que de textualidad, es decir, cuando somos ajenos a una realidad la objetivamos, pero cuando nos comprendemos como parte de ella inevitablemente la subjetivamos. La historia ya es más esa ciencia estática e inamovible que Chartier y Bourdieu creían está en un estado de prueba permanente que permiten su fluidez y autocrítica saludable.
El poder es otro tema fundamental: ya no en términos de macropolítica económica, sino de economía psicológica del individuo, como “el proceso a través del cual el individuo interioriza las estructuras del mundo social y las transforma en esquemas de clasificación que guían su comportamiento, su conducta, sus elecciones y sus gustos” (Ibíd. 69), el sujeto no es espíritu instantáneo sino definición de una dialéctica permanente que integra su hábitus, no como factum sino como sistema de disposiciones abierto.
En suma, la labor de las ciencias sociales para el siglo XXI es evidenciar el proceso de construcción de subjetividades que –en términos foucaultianos- inicia cuando el Estado monopoliza primero la violencia física –siguiendo tanto a Elías como a Weber- y simbólica –como lo señalan Benjamin y Schopenhauer- para luego controlar todas las formas de autoridad y replicar el modelo en todos los niveles.
Deconstruir el aparato estatal solo puede plantearse como ejercicio analítico que parta de las voluntades a las representaciones, de lo micro a lo macro, este es el desafío de las ciencias sociales y de quienes se forman en esa área, construir una realidad en formato más humano haciendo uso de todas las herramientas teórico-metodológicas disponibles. Que los académicos se entiendan como ciudadanos con compromiso social (Aróstegui, 2001).

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