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Tiempos, una ligera aproximación a la teoría del tiempo. De Sarmiento y Koselleck

Octavio Spíndola Zago

Año 1, No. 10, mayo 2015

Recorrer a través de una revisión bibliográfica comparativa entre Sarmiento y Koselleck, la historia del tiempo, el tiempo en la historia y la relación historia-tiempo matizada desde el enfoque científico (un tiempo natural) y desde el historiográfico (tiempo histórico) es una tarea sumamente interesante en la que el historiador debe reparar. Partiendo de saber al tiempo como construcción narrativa susceptible de ser teorizada y deconstruida, para saber qué tan diferentes son los tiempos, sus concepciones y las implicaciones que devienen con ellas nos permite ver en el tiempo el objeto-fenómeno por excelencia de la modernidad, una modernidad basada en el Estado-Nación como administrador de un tiempo abstracto que somete a los sujetos y colectividades a ritmos mecánicos de producción y consumo de valores, capitales y mercancías.
El interés por entender el tiempo es antiguo, muchos se han preocupado y ocupado de esta cuestión. El hombre por antonomasia es observador y racional, lleno de preguntas a las cuales busca responder; en las civilizaciones agrícolas la necesidad llevó al humano a fijarse en su medio con detenimiento y buscar el modo de sacar provecho de él, este espíritu emprendedor se tradujo en momentos tan importantes como la Revolución Neolítica, las revoluciones Industriales, las burguesas, proletarias y liberales, a través de las cuáles se construyeron y reconstruyeron las perspectivas del tiempo para el hombre.
¿Cómo entender el tiempo? Sarmiento propone que sea a través de su naturaleza como fecha e intervalo (entendiendo intervalo como un periodo temporal utilizado como medida) que a lo largo de su obra El fantasma cuyo andar deja huella desglosa magistralmente en las leyes que lo rigen y las concepciones que lo han moldeado partiendo del tiempo como algo dado. Por su parte, Koselleck en Futuro pasado aborda el tiempo más como un constructo problematizante, es decir, para el historiador el tiempo es un producto humano resultado de sus necesidades e intereses, ello lo lleva a cuestionar al tiempo partiendo de las funciones sociales, culturales y académicas que cumple, como su rol en la dinámica epistémica entre el horizonte de expectativas y el espacio de experiencia, o en otras palabras, entre un futuro y un pasado que sólo existen en un presente mecánicamente creado, siguiendo en ésta reflexión a Alfonso Mendiola.
De tiempo y tiempos
El sol, la luna, el tiempo. Aquí inicia la travesía histórica que nos llevará al momento de la discusión actual. De Mesoamérica y la zona andina hasta Mesopotamia, Egipto, y Oriente lejano, se recurrió a observatorios y monumentos, cargados de significado religioso y cultural, para dar un orden terrestre a los fenómenos celestes, el tiempo y la astronomía se funden.
La observación de los movimientos periódicos permite encontrar frecuencias susceptibles de ser estandarizadas, y por tanto, manipuladas por el hombre. En este sentido aparecen los relojes de arena, agua y solares, cuyo uso mantuvo vigencia por su eficiencia y utilidad para responder a las necesidades básicas de medición de ese momento, hasta entrado el siglo XIV, con el desarrollo de los relojes mecánicos.
El primero de ellos fue el péndulo, creación del holandés Christian Huygens en 1656, ofrecía una medición exacta del tiempo, el problema era que en pleno siglo XVII, auge del comercio marítimo y los conflictos navales, se “mareaba” (Sarmiento, 1991: 31-32), para atender este problema el mismo Huygens construyó en 1675 el primer reloj controlado por un resorte que ya no se alteraba por el vaivén del mar.
El hombre se mostró empecinado en someter el tiempo a medida que avanzaba la ciencia y la tecnología: cuestiones como el factor C, es decir, el “número de oscilaciones que un resorte realiza antes de que su energía disminuya” (Sarmiento, 1991: 40), la exactitud, la estabilidad y la fricción llevaron al desarrollo más minucioso de aparatos de medición. Para 1704 Nicholas Facio introdujo los soportes de joyas, hacia 1921 William Hamilton Shortt logró el primer reloj de dos péndulos, ocho años después Warren A. Harrison desarrolló el primer reloj basado en un cristal de cuarzo. En 1949 la Oficina Nacional de Estándares de Estados Unidos apertura la época de los relojes atómicos, ligados al amoniaco, el cesio y el rubidio. Para 1957 aparecen los relojes eléctricos donde se reemplaza el resorte por una batería, y la rueda de balance por un diapson.
A la par del cronológico, el tiempo calendárico también ha sufrido serias modificaciones y profundizaciones desde el de los egipcios, pasando por el Juliano (46 aC), y llegando al reformado Gregoriano (1582). Ya no se habla simplemente del año solar o tropical, actualmente existen conceptos como año sideral (basado en la observación de una estrella, y no del sol), del tiempo efemérico (partiendo de sucesos astronómicos y no de rotación terrestre), el tiempo bisiesto, el Tiempo Universal Coordenado.
Y es que incluso el tiempo ha sido atravesado por la institucionalización, convirtiéndose en un dispositivo de normalización, ¿quién lo hace funcionar? La Oficina General de Estándares, en Colorado, el Observatorio Nacional, en Washington y Florida, y la Oficina Internacional de la Hora, en París. Básicamente, la realidad temporal, al igual que muchos otros aspectos de la cotidianeidad, son impuestos por elites con una vocación civilizadora, es decir, nos inventan y reinventan, a través de los medios de difusión.
¿Cuáles son esos medios que en este contexto cumplen la función de transmitir la hora? Señales radiofónicas, cuyos antecedentes se encuentran en los primeros intentos de enviar señales por cable realizados por Alexander Bain en 1840, y el sistema telegráfico de Samuel F. Morse en 1844. Las primeras señales radiofónicas se enviaron desde las instalaciones de la Oficina Nacional de Estándares de Colorado, de Hawai y otras oficinas en el mismo Fuerte Collins, Colorado; en frecuencias muy bajas, bajas, intermedias, altas y muy altas. Desde la segunda mitad del siglo pasado se recurrió a señales televisivas y, actualmente, satelitales.
Lo planteado por Sarmiento, desde su postura científica, coincide con un concepto que Koselleck, a partir de la óptica del historiador, denomina tiempo natural. “La cronología responde a preguntas por la datación en la medida en que remite los numerosos calendarios y medidas del tiempo que se han dado en el curso de la historia a un tiempo común: el de nuestro sistema planetario calculado físicoastronómicamente” (Koselleck, 1993: 13), un tiempo regido por leyes naturales inalienables. Sin embargo este no es el único tiempo, existe uno permeado de subjetividad y contextualidad: el tiempo histórico. Éste es hecho por el hombre en sentido que el hombre mismo es la medida de tiempo, no aparatos ni herramientas.
El tiempo histórico está vinculado a “la coacción política en la toma de decisiones bajo la presión de los plazos, la repercusión de la velocidad de los medios de comunicación e información en la economía o en las acciones militares” (Koselleck, 1993: 14-15), en el comportamiento social, en los sistemas ideológicos… básicamente es por inherencia cuantiosamente más complejo que el natural.
Si seguimos a Sarmiento el pasado se queda en el andar del tiempo, que transcurre en el presente hacia el eterno futuro, pero en la lógica de Koselleck no existe tal orden, se rompe la estructura del tiempo, algo ya planteado por Einstein, y el pasado permanece inscrito en el presente como experiencia, del mismo modo el futuro como expectativa. Se rompe la linealidad establecida en el Medioevo desde la óptica providencialista, y recuperada por los decimonónicos para sostener su discurso progresista, finalmente se replantea la espiralidad de la Antigüedad y su sentido preventivo, muy ad hoc a la visión viquiana del tiempo y el devenir histórico.
El tiempo histórico no puede ser lineal ni uniforme, aunque el proyecto cultural occidental ha sido someter el tiempo universal a la lógica geocentrista del capitalismo cristiano. En la actualidad no existe una cultura, una lógica de pensamiento ni mucho menos una cosmogonía, sino una vorágine heterogénea de relaciones humanas y sociales con su entorno, y entendiendo al tiempo como un constructo resultante de dicha correlación como una categoría humana, concluimos que la aseveración “un tiempo” es por más falaz.
Continuando con Koselleck, el tiempo histórico es revestido por la irreversibilidad, que comparte con el tiempo natural; por la repetitividad, esa capacidad de encontrar patrones y establecer pronósticos, de un modo muy parecido a la estandarización y escalamiento que nos explica Sarmiento; y por la simultaneidad de lo anacrónico, y aquí encontramos la gran ruptura, se trata del acontecer en un mismo o distinto momento histórico (intervalo de tiempo) de acontecimientos que repiten patrones sin necesidad de compartir una geografía o temporalidad. Básicamente este último aspecto refiere a la superposición de diferentes tiempos.
Incluso del tiempo histórico, plantea Koselleck, existen distintos usos teóricos y metodológicos. Para aclarar este punto es posible recurrir a algunos historiadores. Fernand Braudel refiere a una historia de rápidos movimientos (corta duración), una de cambios graduales (mediana duración), y una geográfica atemporal (larga duración); la suya es una obra orientada al estructuralismo y la contextualización del acontecer, el tiempo es marco de referencia más que protagonista.
Mientras Sarmiento habla del avance incontenible del tiempo y el futuro como algo irreversible, Walter Benjamin y los historiadores marxistas piensan el tiempo en manos de la sociedad y como constructo humano (se ha reiterado como postura central de Koselleck), susceptible de cambio y revolución, y por ende, el futuro se muestra en su desnudez tal como es, inexistente.
Desde Dominick LaCapra y Frank Ankersmit, el tiempo histórico ni siquiera existe más allá de la mente de quien lo trabaja, como plantea Koselleck, es un proceso de interiorización de subjetividades. La colectividad como sujeto traumado construye su propio tiempo a partir de mitos, un tiempo en el que el pasado sigue existiendo en cada uno y recurrimos a él precisamente porque no podemos recordarlo. Un tiempo en el que el futuro se desvanece tras la neblina de un presente incomprensible. Un tiempo doloroso y cruel (Ankersmit, 2010).
Un último tratamiento. El tiempo histórico ha sido privativo y diferente en función del género, clase y edad; las mujeres, niños y homosexuales (para la Historia de Género), y los de abajo (para la Escuela de Cambridge) han vivido y experimentado un tiempo muy diferente a los hombre de arriba, un tiempo menos exacto, menos notorio, incluso podría decirse, un tiempo en ocasiones no existente. Sarmiento reconoce un acceso estratificado al tiempo: “el tiempo, como lo conocemos, es en este sentido, sólo las migajas que provienen de las mesas de los pocos ricos gourmet que consumen la información” (Sarmiento, 1991: 81), de quienes controlan los medios de difusión, por ejemplo.
Hemos hablado del tiempo natural e histórico, tratemos breve pero concretamente su sentido cultural. Desde la lógica marxista podría hablarse de un tiempo industrial, el hombre como un engranaje del sistema productivo que debe funcionar de manera cronometrada y coordinada. En contrapartida a éste podemos encontrar el de Huizinga, el Homo Ludens crea su tiempo dentro del “real”, con sus reglas y lógicas de funcionamiento (Huizinga, 1996). Un tercer tiempo es el de Mircea Eliade, el hombre, a través de su cosmogonía, sacraliza el tiempo, lo resignifica respondiendo a necesidades místicas y espirituales (1998).
Se pensaría que la postura de San Agustín de un tiempo finito delimitado por un Juicio Final, ha sido ya superada por la ciencia histórica y astrofísica, pero cabría cuestionarnos la veracidad de ese enunciado. ¿No el calentamiento global y la crisis ambiental han llevado a la ciencia a replantear un tiempo finito ahora en función a la extinción de las especies, el colapso de los recursos naturales, y las catástrofes naturales?
Sea cual sea la perspectiva de abordaje, el tiempo natural y el tiempo histórico se han visto modificados y susceptiblemente alterados por el desarrollo científico y tecnológico, a partir de la Revolución Industrial el tiempo fue demandado en aparatos de medición exacta y precisa, capaces de cronometrar cada segundo a la perfección.
La relativización del tiempo y el espacio mismos en Einstein hacen eco en las ciencias sociales y teóricas que hoy buscamos replantear nuestra relación teorética con el tiempo mismo para lograr decodificar la realidad en la que nos vemos insertos, o flotando a la deriva si se desea recurrir a ideas de modernidad líquida y posmodernidad.
Gracias a la Revolución de las Comunicaciones y la aparición del internet, el Neoliberalismo encuentra el medio para someter, o para ser más “exactos y precisos”, para que el hombre se someta a sí mismo y a los demás sin la menor violencia, un simple reloj en un escritorio o colgado en la pared es más que suficiente para desquiciar.
Vivimos esclavizados al tick tack que nos ha penetrado y se aloja en nuestra mente y subconsciente, vamos a la cama sabiendo que al próximo día no bastarán las horas, no descansamos porque nos hemos atado a las cadenas de la exactitud y precisión.

Reflexiones temporales

En definitiva éste es un área de investigación rica y amplia, el presente trabajo se ha limitado a ciertos fines y recursos, pero consiente que puede haberse omitido puntos y perspectivas que el lector considere importantes, por ello me disculpo.
Los ejes medulares han sido las obras de Reinhart Koselleck y Antonio Sarmiento, simbólicamente representantes de dos abordajes distintos: el científico y el histórico, el “objetivo” y el “subjetivo”, para utilizar categorías propias de la modernidad. Tras su lectura y el trabajo comparativo aquí planteado, podemos concluir que el perfil teórico del tiempo se ve ineludiblemente ligado a la óptica de abordaje y al proyecto “a futuro” (para jugar con los tiempos) desde el que se gramaticalice al tiempo mismo.
Es innegable que el mío es un interés de especie, podríamos decir, pues, como hemos visto, desde sus orígenes el humano se ha preocupado por dar un sentido al paso de las estaciones, al envejecimiento de su cuerpo, a los cambios de su entorno y a las repeticiones en su medio; así nació el tiempo, sus estándares, su medición. Pero también se ha preocupado por problematizar teóricamente el tiempo, por entenderlo como un constructo humano y social que obedece a demandas económicas y personales, incluso culturales y espirituales.
Es claro que no hay un tiempo, y por tanto no se le puede definir, los tiempos son dependientes de cada grupo y cultura, de cada fin ontológico y proyecto epistemológico. A pesar de ello, sin embargo, resulta proporcionalmente cierto, que en todo momento y toda circunstancia, el hombre necesita, incluso biológicamente, saberse inmerso en un tiempo. Tan fundamental es este tema para el humano en sí mismo que Stephen Hawking en su Breve historia del tiempo atribuye al tiempo (como categoría metahistórica, para los historiadores, como realidad física para los estudiosos del universo, como primicia de producción y vida para los humanos en general) la clave de la vida y el universo mismo, y ve en el tiempo la clave para aproximarnos a la mente de Dios…

Bibliografía

Ankersmit, F. (2010). La experiencia histórica sublime. México: Universidad Iberoamericana.
Elíade, M. (1998). Tratado de Historia de las religiones. México: Ediciones Era.
Huizinga, J. (1996). Homo ludens. Madrid: Alianza Editorial-Emecé.
Koselleck, Reinhart. (1993). Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. España: Ediciones Paidós.
Sarmiento, A. (1991). El fantasma cuyo andar deja huella. La evolución del tiempo. México: FCE-CONACYT-SEP.

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