Historia Loquitur Semper (Diálogo fortuito con Yuval Noah Harari)

Historia Loquitur Semper (Diálogo fortuito con Yuval Noah Harari)

Hilario Topete Lara

(ENAH-INAH, México)

La historia siempre habla” y no siempre lo hace de la misma manera, ni siempre es amable ni reverente, porque en su acepción el relato, siempre es incompleto, inacabado. Cada nuevo dato, cada nueva reflexión abre nuevas puertas hacia la comprensión del pasado y del presente. Esa es la incesante tarea de Clío. El asunto es que en su veleidosidad ha mostrado que no tiene palabra de honor: hoy dice una cosa y al tiempo dice otra. Un nuevo dato, una nueva teoría, una nueva interpretación y el relato es diferente, estrena nuevo rostro. Ese es uno de los encantos que seducen de la historia y los historiadores. Esto puede decirse, sin temor a error alguno de

Harari, Yuval Noah (2017). De animales a Dioses. Breve historia de la humanidad, Ciudad de México, Penguin Random House, 492 pp., ISBN: 978-607-312-798-1, 28 fotografías, 6 mapas, 5 cuadros, 8 esquemas, notas capitulares, créditos por imágenes, índice alfabético.

Las historias religiosas siempre inician en el principio, y en el principio hay siempre un acto creativo. La historia de Harari también tiene un principio, pero dista mucho de ser religioso. Veamos: el Génesis de La Biblia lo había establecido. En el principio era la palabra y la palabra era con Dios y la palabra era Dios (Araoz, 2013: 8). En el principio, nos dice Harari, había un relato. Los psicólogos evolucionistas, como Robin Dunbar (2007), no se equivocarían en el futuro, pues la palabra ha jugado un papel primordial en la vida del hombre. La palabra misma, con la que se cifra la realidad le ha permitido transformarse en Dios y crearse a través de él, enajenarse de él y hacer de sí y su imaginado creador, un ser esquizofrénico: hombre-Dios, o Dios-hombre, sostiene Harari. El homo sapiens sin palabras y sin relatos, sería inconcebible. Sin él, y en lugar de él, andaría por allí, sobre la faz del planeta un primate más en su lugar, un primate inteligente, a no dudar; un animal con conciencia, pero incapaz de crear cultura (Damasio, 2010), porque la cultura discurre y se conforma en –y a través de las- palabras, se transmite mediante ellas, aunque se hace posible merced a un entramado neuronal por el que, luego de estímulos de diverso tipo y origen, conduce, transmite –neurotransmite electrobioquímicamente- “paquetes” de información que son percibidos como imágenes, símbolos, sentidos, significados, etcétera.

Cualesquiera que prefieran los orígenes y no los antecedentes, irían más al fondo preguntándose acerca de lo que hizo posible la palabra y llegará a “centros de procesamiento y almacenamiento” ubicuos, aunque más concentrados en áreas, como las de Wernicke, Broca, encéfalo (Burnett, 2017), prefrontales y frontales. O puede ir más al fondo y teorizar sobre la forma en que los elementos químicos orgánicos e inorgánicos se combinan en cadenas infintesimales para producir palabras, relatos, cultura. Se puede ir más lejos, pero los dividendos históricos se tornan más inciertos y exiguos; quizá por eso Harari prefiere colocar en el inicio al relato: siempre hay relatos y los seres humanos han creído en los relatos, como afirmaba León Felipe. A los seres humanos unos relatos nos pueden llevar al mundo de las ansiedades, otros al miedo, unos más a las certezas, algunos al placer o a la alegría. El relato es indispensable en nuestras vidas independientemente de su positividad o su negatividad.

Cuando el relato llegó, cuando se pudo lograr, fue posible dar cuenta de manera diferente –incluso de forma no emocional, ni sentimental, como anteriormente se procesaban las experiencias útiles y las inútiles para la supervivencia- de casi todo cuanto los seres humanos ya éramos. La evolución “se había encargado” de producir esto que los seres humanos somos y que sólo algunos desmesurados antropocéntricos consideran como la obra evolutiva más perfecta. En efecto, ayer como hoy, estábamos muy lejos de ser seres perfectos: éramos –y somos- un soma imperfecto poseedor de un cerebro imperfecto, útil para sobrevivir, pero con múltiples errores como los olvidos, los actos fallidos, los miedos que se transforman en fobias, las asociaciones de seres, hechos o procesos con secreciones hormonales que pueden producir apegos útiles o desastrosos. Pero ese cerebro era también eficiente porque pudo codificar las estrategias de supervivencia útiles a un animal gregario y mediante él crear normas, fundar la sociedad y la cultura.

El cerebro idiota, del que nos ha hablado amena y divertidamente Dean Burnett (2017), además de producir palabras era capaz de asociar y atribuir. Con ella hizo relatos para todo cuanto fue necesitando: relatos de los orígenes de sí, de las enfermedades, de la lluvia, la muerte, la vida; relatos en los que las acciones fueron atribuidas a seres creados por el mismo cerebro y estableció relaciones causales entre unos y otros. El creador del relato, luego el detentador del mismo, bien pudieron explotarlo en su favor cuando comprendieron que unos relatos impactaban directamente entre los temores de los otros (el miedo produce una fuerza poderosa, sea para huir o atacar, conformarse o rebelarse). El manipulador del relato adquirió poder porque además del relato incidía sobre los miedos y fue haciéndose del control de cosas y acciones importantes para la supervivencia tanto individual como grupal que parecían disipar las incertidumbres. Los relatos instauraron normas y valores con aquello que era realmente útil para sobrevivir, aunque no siempre fue así: también elaboraron creencias en órdenes sobrehumanos que eran sucedáneos ante las amenazas reales o ficticias que amenazaban la vida, la seguridad. Los seres humanos fueron conformándose grupalmente con ambos y eventualmente combinaron elementos de ambos y dieron origen a los animismos, politeísmos y monoteísmos (aparecidos históricamente en ese orden) que terminaron asimilando normas, valores, prácticas, creencias, conocimientos diversos. Junto a esos “ismos”, aunque parezca chocante y erróneo a muchos, Harari (2017), ha colocado tanto al nazismo como al marxismo (Harari, 2017: 253-263) dada su pretensión de perfección y posesión de la única verdad (científica, si se quiere, pero verdad). (Kuusinen, s/f: 2)

El joven macrohistoriador doctorado en Oxford y catedrático en la Universidad Hebrea de Jerusalem, en De animales a dioses ha mostrado con evidencia histórica lo que Burnett mostraría mediante la neurociencia, que el cerebro actúa frecuentemente como un cerebro idiota: la humanidad ni ha reducido el sufrimiento, ni ha logrado el bienestar. Los esfuerzos por frenar las hambrunas, las enfermedades (sobre todo las de la pobreza) y la guerra, entre otros azotes creados por el propio hombre como el desastre ecológico planetario, han mostrado y expuesto la fragilidad humana como nunca antes en la historia de un hombre que se ha entronizado en la naturaleza para evidenciar que no ha sabido qué hacer al aposentarse en el trono con todo el poder que le da la ciencia y la tecnología (Noah, 2017: 456). ¿Cómo ha sido eso?

Noah Harari es un historiador heterodoxo, no hace historia social, ni historia de bronce, ni lineal. No le interesa el tiempo cronológicamente dispuesto como soporte de una narrativa complaciente, sino la ocasión para tirar de un hilo de una enmarañada madeja compuesta por fragmentos de diversos ovillos entreverados. Cada hilo es una línea argumentativa de un tema que tiene la mácula de un tiempo necesario para el argumento que, lo mismo puede iniciar en la prehistoria que, en el fin de la Edad media o los inicios de la Revolución Industrial; asimismo, puede iniciar en la prueba atómica de El Álamo, el imperio romano o cualquier otro momento de la historia. Importa menos la secuencia cronológica que la lógico-argumentativa. Y esto conlleva riesgos porque el lector bien pudiera extraviarse entre la suposición de que cada línea argumentativa constituye un breve ensayo o de que es una historia ubicua en el tiempo, lo que constituye un reto para un no historiador. Pero no importa. En cualesquiera casos conserva ejes articuladores de cada reflexión: de un lado, el relato que posibilitó la comunicación, la cohesión grupal, la transmisión del conocimiento, los mitos, el poder sobre la naturaleza, las religiones y, entre otros relatos más, la ciencia y la economía; de otro, las creencias, la guerra, el espíritu que explora y conquista porque reconoce que no lo sabe todo (318) y carece de valladares religiosos, militares y políticos.

La “Breve historia de la humanidad”, como fue subtitulado De animales a dioses, es tan descarnada como catastrofista, a momentos; a momentos, por el contrario, sobre todo cuando se planta en el presente para pergeñar un probable futuro, es muy optimista. El pasado y el presente nos son presentados como una larga cadena de yerros de unos y abusos de otros. La revolución neolítica condenó a los seres humanos a una vida sedentaria y a una alimentación menos variada; los jefes y militares, auxiliados por religiones no lograron hacer mayor felicidad de súbditos y creyentes. La violencia se encargó de sostener cierto orden a través de mitos de origen cuyas intersubjetividad e incrustación en el mundo material pasó a ser reforzada por castigos divinos que entraron al relevo cuando la violencia terrenal fue insuficiente; jefes y sacerdotes hicieron alianzas poderosas y fortalecieron extraterrenalmente el relato de un orden que sólo existía en la imaginación. El hombre quedó atrapado en la idea de un orden del que no era posible salir. “Cuando echamos abajo los muros de nuestra prisión y corremos hacia la libertad, en realidad corremos hacia el patio de recreo más espacioso de una prisión mayor” (137). Las rupturas las operaron, en su momento, no los filósofos, ni los científicos, sino los mercaderes, la burguesía, los empresarios, los imperios. Pero es también optimista en otros temas: la medicina genómica, la robótica y la cibernética prometen aliviar enfermedades de forma específica, prolongar la esperanza de vida, compartir pensamientos mediante ordenadores y producir prótesis ciborg para quienes las necesiten.

Su manera de entender la historia rebasa la perspectiva de solo la mirada al tiempo y los acontecimientos pretéritos. No se circunscribe al pasado, sino que intenta dar pistas para comprender el presente y vislumbrar, aunque con un alto grado de incertidumbre, el futuro. Con esta perspectiva, en la que el movimiento, el cambio son una constante, Yuval Noah Harari nos transporta a través de tres revoluciones “reales” y una posible; las primeras son la cognitiva, la agrícola y la científica; la segunda, la biológica. En cierta forma, hay un tratamiento del cambio a la manera neoevolucionista; incluso, por la categorización nos recuerda un poco a V. G. Childe (1996) y a R. Dunbar (2007). El cambio es permanente, al extremo de que la posibilidad del fin del planeta no es considerado como tal, sino como una posibilidad que permitiría a las ratas y a las cucarachas tomar el lugar de especies extinguidas, la nuestra incluso. El cambio es permanente y ha avanzado a saltos magníficos como los de las revoluciones y gradual y acumulativamente entre revolución y revolución. La estasis, aunque sea una categoría ausente en Harari parece tener lugar y sentido.

El viaje por este perpetuo movimiento que ha llevado a H. sapiens desde su animalidad hasta situarse en los umbrales de su deificación, importa unos 70 000 años y, particularmente desde lo que llamamos “revolución cognitiva”, es decir, desde el momento en que lo que he llamado “la maquinaria infernal” interconectó todas sus piezas: área de Broca, área de Wernicke, frontales y prefrontales. Por su obra desfilan imperios que en lugar de imponer toleran y absorben de los otros e imperios que eliminan culturas y las sustituyen por la propia; religiones monoteístas que se alimentan de otras formas religiosas como el dualismo y el politeísmo; de pueblos de mercaderes que conquistaron a otros pueblos sin contar con ejércitos; de conocimientos que resultaron ser un fiasco; de independencias sin guerra.

En último comentario, hay que reconocer la calidad de la narrativa utilizada: ágil, amena y accesible, lo que, sin demérito de la calidad, devienen en un texto que a nadie indigestará; por el contrario, su carácter ensayístico aunque pudiese no convencer a lector sí le gratificará con una forma diferente de pensar y presentar la historia. Clío seguramente estará complacida.

Bibliografía

ARAOZ, Raydel (2013). Casa de citas, La Habana, Letras Cubanas.

BURNETT, Dean (2017) El cerebro idiota, Ciudad de México, Temas de hoy.

CHILDE, V. Gordon (1996). Los orígenes de la civilización, México, Fondo de Cultura Económica.

DAMASIO (2010). Y el cerebro creó al hombre, Barcelona, Destino.

DUNBAR, Robin (2007). La odisea de la humanidad, Barcelona, Crítica.

HARARI, Yuval Noah (2017). De animales a dioses, Barcelona, Debate.

KUUSINEN, O.V., Y. A. Arbátov Y. A., Beliakov, A. S.,Vigodski, S. I., Makarovski, A. A., Mileikovski, A. G., Sitkovski E. P., y Sheidin L. M.. (s/f). Manual de Marxismo-Leninismo s/l, s/e, en https://nacionandaluza.files.wordpress.com/2015/12/manual_marxismo_leninismo.pdf

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Publicado el:mayo 1, 2019admin
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