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Interpelaciones desde la praxis de una pedagogía crítica

Ismael Cáceres-Correa

Desde el año 2014 me he responsabilizado por un programa de formación dentro de un instituto de oficios para personas jóvenes y adultas en la ciudad de Concepción, Chile. En este espacio hemos construido un plan de estudios centrado en las necesidades que detectamos en cada proceso. A partir de esta experiencia se ha discutido mucho respecto a las típicas problemáticas que te propone discutir la escuela. Nuestro grupo, que debe aclararse lo conformamos personas que vivimos en los barrios populares de esta ciudad, ha ido generando una fuerte crítica a la “normalidad” social que se nos presenta día a día. Sin embargo, siempre hemos ido construyendo un ambiente de crítica y de acción porque ya nos aburrimos de quienes hablan desde escritorios mientras la realidad les ha abandonado desde hace tiempo.
Una de las críticas iniciales es cómo nos reconocemos. Desde que ingresamos a la educación formal nos han enseñado que existe un lugar metafísico al que le debemos todo y por el cual tenemos que dar hasta la vida. Ese lugar se llama “país” y es un espacio fuera de nuestro alcance y que nunca lo podemos ver en nuestras vidas, no porque no sintamos su peso sino porque nos niegan la posibilidad de vivirlo como protagonistas. Existe también una clasificación económica que, por alguna razón absurda, nos es completamente ajena: esta clasificación económica es la que define a las personas pobres. Es curioso que nos cueste tanto reconocernos pobres pues parece como si esto fuese la mácula de nuestro pecado. Esa misma idea absurda es la que habla de “personas vulnerables” sin reparar la carga epistémica de la frase. Siempre me pregunto ¿somos vulnerables? ¿Somos propensos a la vulneración por alguna razón biológica? Nuestra condición es consecuencia de una vulneración en nuestros derechos, no la fatalidad de nuestra composición como seres. Entonces una de las críticas iniciales es hacia nuestra propia idea de la pobreza que hemos incorporado desde hace tantos años.
Le llamamos “tercerizar la condición de pobre” pues siempre se es pobre en tercera persona. Nunca yo o tú somos pobres sino que es una tercera persona que es ajena a mi realidad a pesar de que estamos en el contexto de un instituto que tiene como requisito de ingreso el pertenecer al grupo con menores ingresos monetarios del país. Pero esto no es absurdo sino que lógico. Lo es porque en esa construcción de nuestro ser social se nos enseñó que existe otra persona que “necesita más que tú” y eso es evidente, pero también es una artimaña. Podrían decirte que alguien necesita más ayuda que tú pero en este invierno a nuestra casa se le cuela el agua de la lluvia, se pasa frío porque no tienes para calefacción, quizás tienes problemas con los servicios básicos ¿Qué define que no seamos pobres? Simplemente el miedo al ridículo porque se nos enseña que se es pobre por decisión. Perfecto, vaya mañana y múdese a un barrio más cómodo… Si es cuestión de decisión no tendrá ningún problema en hacerlo mañana mismo. Por el contrario, si no es una decisión entonces no debe sentirse vergüenza al reconocer la pobreza en la que se vive pues en ese reconocerse es que aparece la verdadera comunidad que ve cómo compartimos condiciones similares, se organiza y se ayuda.
Continuando con esta idea se debe advertir que reconocerse pobre no es suficiente para hacer un cambio. Cualquier persona puede aceptarse pobre y simplemente lamentarse o esperar que alguien más resuelva su problema demostrando nulo compromiso con transformar esa realidad. En la escuela hemos fomentado el relevar nuestros barrios, enaltecer sus potenciales, construir un sentimiento de apego a nuestros territorios. A contracorriente de lo enseñado en las escuelas, no oficialmente pero sí como tópico imprescindible del currículo oculto, pensamos y decimos que debemos recuperar nuestros barrios. En la educación que crecimos la mayoría de las personas de esta escuela se nos enseñó que debíamos salir del barrio. Esa fue la lección de la cobardía, porque fácil es huir de la realidad. Lo cierto es que una mayoría superlativa de personas vivimos en los barrios populares y somos quienes movemos la economía, somos quienes construimos países, somos en resumen la fuerza que da vida a los Estados ¿Por qué menospreciarnos? Debemos recuperar los barrios y debemos borrar esa idea que supone a los sectores populares como la “maldad” de la sociedad. En síntesis, nuestra segunda crítica es contra la idea de marginar el lugar en el que vivimos.
Una tercera crítica la hacemos a las políticas de la desmemoria que son las que priman por sobre toda la educación formal en Chile. Se pretende colocar a las personas en un plano aséptico en el que nunca ha habido historia. En un plano donde los barrios populares aparecieron por generación espontánea como si acá no hubiese una fuerte responsabilidad de la especulación inmobiliaria. Esta política de la desmemoria es la que habla de la educación inútil y que promueve todo lo que anteriormente hemos criticado. Comprendemos que recuperar la memoria es aprender quienes somos. Recuperar la memoria es un ejercicio necesario para comprender cómo se ha manipulado la realidad con el fin de que aceptemos como vivimos sin cuestionarnos nada. Para resolver esto es necesario promover la construcción de una nueva historia desde nuestra experiencia sin caer en la parcialidad que estamos criticando.
Estas tres críticas las considero fundamentales y por ello las socialicé en la escuela en la que participo. Como grupo se han considerado adecuadas y por lo mismo es que las comparto acá. Cuando estamos promoviendo una pedagogía crítica debe ser también una pedagogía con acciones concretas y que constantemente exista una relación entre la práctica y la reflexión de la misma. Si no es así sinceramente no me interesa ese tipo de educación porque si queremos transformar la realidad debemos descolonizar también la pedagogía. Quizás sea tiempo de sincerarnos y decir qué es lo que buscamos con la educación. Como veo las cosas o bien estamos a favor de nuestra gente o simplemente somos serviles a quienes nos oprimen. La educación en contexto de personas jóvenes y adultas corre con la ventaja de poder impactar directamente la realidad, pero no es un ejercicio de buenas intenciones sino un compromiso ético y una lucha política.