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Un viaje crónico o la crónica de un viaje

Juan Carlos Flores Mendoza

Viajar por la ciudad, recorrer sus calles, vagabundear por los laberintos de una realidad contenida dentro de otra realidad –como una suerte de muñeca rusa (mamushka)- , se ha vuelto insufrible. Aquellos que padecemos tan tremendo martirio, sabemos lo necesario que resulta poseer un entrenamiento en materia de movilidad; desplazarse de allá para acá, abordar el gusano naranja (Sistema de Transporte Colectivo-Metro), subirse a un autobús, transbordar en los centros de transferencia modal (CETRAM), sortear los contratiempos y vicisitudes de los recorridos, adaptarse al hacinamiento y a la falta de sensatez, enfrentar sabiamente la ignorancia y la sorprendente vulgaridad de la gentuza, todo ello supone un conocimiento que se adquiere en el día a día; un entrenamiento emanado de las diversas experiencias que acontecen bajo un cielo azul, testigo del bacanal civilizatorio. Quien no viaja por los diversos medios de transporte público, no sabe del jolgorio esquizoide que se vive todos los días, de lunes a domingo, a cualquier hora del día. Claro que también se pueden observar hermosos actos de profunda humanidad: solidaridad con el prójimo, empatía, afabilidad y comprensión. Sin embargo, en el teatro de los horrores –entiéndase por ello cualquier medio de transporte público en el que las identidades se difuminan-, impera el egoísmo, la lascivia y el agandalle. En este sentido, para viajar por la ciudad se requiere pericia, astucia, “barrio”, agudeza e intuición. Si se es mujer, hay que permanecer alerta ante los manoseos, los atracos, las miradas morbosas, la agresividad de algunas “ninfas salvajes”, las malas mañas de los demás; si se es varón, hay que adoptar una actitud de centinela intrépido: anticiparse a los actos gandallas, enfrentarse a los abusivos, esquivar los chantajes y sobornos femeniles, tolerar las aglomeraciones. Ambos bandos deben soportar los apretones, la temperatura asfixiante, la toxicidad de los olores fétidos, los retrasos mortales, las inundaciones en tiempo de lluvias, los atracos, las averías y el abuso de la autoridad. La mayoría asume el “inexistente” riesgo inherente a la acción de desplazarse. Pensamos, inocentemente, que el trasladarse de un lugar a otro es un acto carente de peligrosidad, una especie de aventura exótica; sin embargo, estos espacios se caracterizan por la inminencia del riesgo, de lo contingente, aquello que se resiste a la previsión, al cálculo.

Cierto es que en el viaje subyace una aventura, un principio de imprevisibilidad; quizás sea esta característica la que fascina a los que son ajenos a esta inevitable pesadilla (extranjeros, turistas, gente pija). Ellos, los espectadores del carnaval cotidiano, se solazan ante la ausencia del sentido común; sí. En el transporte público el sentido común es menos que un espectro, un recuerdo envidiable, una añoranza que quema. Con un mínimo de razón –el sentido común tiene que ver con la comprensión de la realidad mediante el pensamiento lógico- las cosas serían muy distintas; no existiría el caos, el desorden, la falta de prudencia, los manoseos, los empujones, los connatos por un asiento libre, las miradas lascivas, el lenguaje florido, los robos, las desgreñadas al cuarto para las ocho.
Ayer, después de la golpiza que recibí a manos de tres primates ataviados al estilo de Maluma –es decir, el look universal de aquella estirpe de negratas que habitan países retrógradas como el nuestro- me fue inevitable reflexionar sobre el estado de cosas que tenemos que padecer. Como era sábado, se me ocurrió asistir a la función de cine que cada fin de semana se proyecta en el cinematógrafo del Chopo. Estaba proyectada a las ocho de la noche, pero decidí salir a medio día de mi casa para disfrutar de un bello atardecer en la Alameda central. Abordé el metro en la estación xola –la más cercana a mi domicilio-. Transbordé en la estación Pino Suárez para dirigirme a la estación Bellas Artes. Al ascender al convoy, pude observar a la agitada multitud que ocupaba todo el interior del gusano naranja. Esperé a que descendieran del vagón para poderme subir; sin embargo, tuve dificultades para hacerme un espacio. Me acomodé junto a una pareja que se encontraba muy cerca de la salida de emergencia. Tratando de evitar los empujones, pude llegar hasta aquel lugar. Conforme el tren emprendía el recorrido, la gente continuaba ascendiendo, afanosamente, distribuyéndose como dios les daba a entender. A mi lado se acomodó otra pareja con dos pequeños críos. Me hice a un lado para que los pequeños se colocaran, lo más cerca posible, de sus padres. Al desplazarme para lograr conseguir un poco de libertad, sentí un tremendo codazo sobre la espalda. Giré mi cabeza en dirección al agresor y cuál fue mi sorpresa al enterarme de la identidad de éste;
era la chica que formaba parte de la primera pareja. La miré fijamente proyectando una rabia difícil de simular. Le pregunté el motivo de la agresión. Guardó silencio unos segundos, después se carcajeó cínicamente, respondiendo con un chaparrón de improperios y majaderías que no me atrevo a mencionar. Al escuchar aquel torrente de vulgares palabras, sentí una mar de fuego recorriéndome el cuerpo. Continué clavándole los ojos y sin quererlo, sin percatarme si quiera del impulso verbal, le grité sobre el rostro: ¡Estúpida! Observé cómo su rostro lívido se fue transfigurando; un infame sudor le escurría de la frente haciendo que ésta le brillara de manera repulsiva. Su novio –y dos acompañantes más que viajaban con ellos (dos varones adolescentes) que se encontraban sentados- reaccionaron con presteza. Pude defenderme de los golpes que dos de ellos me lanzaban sobre el cuerpo, sin embargo el tercer oponente me derribó por la espalda mediante una patada traicionera. En el piso, me tundieron rabiosamente; acompañaban cada golpe con una retahíla de inverosímiles ofensas. Sólo me protegí, lo más que pude, el rostro con mis manos huesudas. Incluso la mujer también me lanzó un par de puntapiés con sus sebosas piernas. Nadie más intervino. Nadie fue capaz de brindarme auxilio. Cientos de ojos observaron, con lujuriosa avidez, el espectáculo simiesco. Ignoro el tiempo que duró aquella memorable paliza. Como pude, me levanté del suelo. Todo me daba vueltas. Mi cuerpo comenzó a temblar por la embriaguez de la adrenalina. La pareja que iba con los críos me ayudó a descender del vagón. Al descender, un oficial de seguridad se me acercó para preguntarme qué me había sucedido. Respiré con dificultad y le conté lo sucedido. Mientras le narraba pormenorizadamente los hechos, el oficial se carcajeó respondiéndome: “eso le pasa por sabroso, por sentirse muy acá”. Me quedé perplejo ante la ofensiva observación del oficial. Esperé algunos minutos y salí de la estación; caminé por la acera experimentando un agudo dolor en las costillas. Me senté sobre la banqueta tratando de ordenar mis pensamientos. Poco a poco me fui tranquilizando pero las palabras del oficial, su “sabia observación” de custodio de la ley, me provocaban, de nueva cuenta, una furia similar a la que se observa en una bestia mal herida.
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