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Una colilla en el mar

Lionel Francou / Trad. Luis Martínez Andrade

Alrededor de las diez de la mañana, un jueves de finales de julio, en un conocido balneario belga en Nieuport. Al final del dique, entre un parque público “Prins Mauritspark” de un lado y, la reserva natural De IJzermonding del otro, se levanta un canal que guía al río Yser hacia el mar. Para alcanzar al río de frente, un barco permite embarcar hasta cincuenta personas en una pequeña travesía que dura menos de tres minutos.
Este servicio es gratuito y es ofrecido por VLOOT, una compañía marítima que depende de la Oficina de Asuntos marítimos y costeros del gobierno flamenco. Cada diez minutos, el capitán del navío y su acompañante efectúan la travesía y aprovechan los momentos más tranquilos para fumar rápidamente unos cigarros antes de lanzarlos … al río Yser, a algunos cuantos metros del mar del Norte, del que sus olas vendrán pronto a “limpiar” su acción.
Mientras que una colilla de cigarro, lanzada al mar, puede tomar muchos años para descomponerse totalmente, emitiendo durante el proceso muchos contaminantes de los que los efectos en la calidad del agua se observan en un periodo largo, podemos sorprendernos de esta ausencia de consciencia ecológica por parte de los marineros (cierto, de agua dulce), de solidaridad para los otros marinos, como los pescadores quienes son las primeras víctimas de la contaminación del mar o por la preocupación del bien común.
Después de décadas de (una lenta) progreso en políticas de reciclaje y de sensibilización hacia el medioambiente, después de muchos llamados en la agenda mediática sobre cuestiones ambientales y de tímidos avances internacionales ¿Cómo comprender la acción de los marineros? De la misma forma que no es suficiente decisiones políticas audaces para cambiar los comportamientos (individuales y colectivos) en la materia, una evolución rápida y radical de las políticas públicas demandan si tales actos muestran una falta de conocimiento sobre los efectos de una colilla lanzada al agua, de un desinterés por este problema, de una solución fácil… ¿Por qué, si la investigación científica despliega mucha energía sobre estas cuestiones (por ejemplo, ya hubo ocho conferencias internacionales sobre la contaminación marítima y la eco-toxicología y trece sobre la modelización, la vigilancia y la gestión de contaminantes de las aguas), los comportamientos tardan en evolucionar?
Asalariados de una organización (pública) que se reclama de valores centrales de su cultura de “empresa”, de “durabilidad” y de “respeto por el ambiente” ¿por qué no se adhieren a esos objetivos? Para acrecentar todavía más esta disyunción, entre esta práctica no-cívica y su ambiente, notamos que, en el embarcadero de este barco, se encuentra un banco que tiene un gran letrero indicando a los usuarios que está fabricado de 100 % de plástico reciclado y precisando que “VLOOT se une así a la iniciativa que vislumbra obtener un mar del Norte sin desechos. Los desechos marítimos que salen del agua son reciclados para fabricar estos bancos”. Nos podemos entonces preguntar si se trata de una estrategia greenwashing o de una verdadera prioridad organizacional que, a pesar de tener buenas intenciones, puede constituir una especialización más que un horizonte de prácticas transversalmente compartidas.
En un sistema social marcado por los procesos de diferenciación y de autonomización (en diferentes esferas política, económica, científica, etc.) como lo sugeriría el sociólogo alemán Niklas Luhmann (produciendo una sociedad compleja que se observa por ejemplo en la dificultad para responder a los problemas sociales identificados y juzgados prioritarios: nivel de enseñanza, tasa de desempleo, gestión del ambiente…) ¿el cuidado dado a la calidad de su ambiente y la preocupación ecológico se han convertido en el patrimonio de especialistas y no tanto una preocupación común?
¿Así, un individuo puede buscar colocar un máximo de acciones eco-responsables sin ser calificado como ecologista de servicio, militar por una causa que le parece justa sin ser categorizado como el militante (radical) o de desarrollar proyectos de “responsabilidad social de las empresas” o de “durabilidad” en su organización sin ser visto como el/la “Señor/Señora social/ecología”? ¿De la misma manera, un representante político puede todavía ejercer un mandato público sin ser inevitablemente considerado como el responsable de la gestión de todos los problemas que se dan en la sociedad y, al hacerlo, de la ausencia de soluciones a esto?
Mientras que la división y la especialización de las funciones en el seno de nuestra sociedad está tan afirmada, el mandato para la responsabilidad de cada uno en las diferentes esferas de su existencia puede llevar a la impresión de no disponer que de un pequeñísimo margen de acción y de una ausencia de consideración sobre el mundo, susceptible de contribuir a un sentimiento de irresponsabilidad.
Como lo observa el sociólogo francés Danilo Martucelli, en su trabajo compilado en la obra “À quoi sert la sociologie?”, actualmente, “el aumento de la reflexibilidad de los actores sociales sobre ellos-mismos aumenta más rápidamente que sus capacidades de acción”, eso puedo llevar a la inacción, a la indiferencia o al fatalismo, que contribuyen tanto los discursos de periodistas como de los científicos o de las ONGs sobre el medioambiente, sobre la temática que nos dicen desde hace años -incluso, décadas- que el peligro se aproxima y que un cambio radical de nuestros hábitos a escala individual es indispensable y urgente pero aun así insuficiente.
El desorden causado por este lanzamiento de colillas al mar puede ser resuelto si se juzga a aquellos que lo hacen como imbéciles. Sin embargo, esto nos dice mucho sobre las dinámicas como funciona nuestra sociedad, pero también sobre su relación al peligro ambiental, por ejemplo. Si Luhmann era poco optimista sobre el futuro de nuestras sociedades (y es un eufemismo), y que el hecho de que tales actos no-cívicos sean cometidos en Bélgica es sorprendente, a pesar de ello, algunos signos positivos pueden ser observados.
En Bruselas, la página Facebook de Leo Not Happy congrega 18 mil personas que se sienten concernidas por la limpieza de la ciudad, se movilizan cuando se juntan decenas o, incluso, centenas de voluntarios de perfiles muy diversos que se sienten concernidos y están determinados a actuar, más allá de la responsabilidad de sus propios actos, decididos a hacer mover las cosas, y orillando a los otros ciudadanos a una evolución de sus prácticas… de suerte que ¿un día podamos no ver más colillas lanzadas al mar? ¿Debería cambiar entonces la forma renovada de la capacidad de acción (limpiar uno mismo para lograr el mundo deseado) en lugar de una responsabilización de los otros?

Lionel Francou

Sociólogo de la Universidad Católica de Lovaina

Luis Martínez Andrade

Traducción

Texto publicado originalmente en:

http://www.levif.be/actualite/environnement/une-cigarette-a-la-mer/article-opinion-710223.html